El código secreto de la política

Las reglas no escritas para acceder a los más altos círculos del poder incluyen ser una persona reconocida, respetuosa y leal, hasta normas de vestimenta

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12/05/2014 05:52 José Elías Romero Apis*

Segunda de dos partes

Las de otras dependencias

CIUDAD DE MÉXICO, 12 de mayo.- Desde luego que todas las dependencias tienen su muy amplio catálogo de normas inéditas. Pero esta nota pretende sólo referir algunas muestras.

Así, veamos la Secretaría de Relaciones Exteriores. Una de sus reglas decía que el canciller debería ser un mexicano muy importante y no un mero burócrata del servicio exterior, normalmente desconocidos en el ámbito nacional. La razón de esto es muy clara: atiende al imperativo de que los gobiernos extranjeros, comenzando por sus embajadores, así como todas las fuerzas del exterior reconozcan y respeten la presencia de ese mexicano de primera, para lo que quieran arreglar en México y con mexicanos.

Por eso, el actual canciller de México cuenta con la historia personal de ya haber sido secretario de Energía y secretario de Hacienda. De lo contrario, cualquier embajador lo rebasaría y se entendería directamente con el Presidente, si no es que con su secretario particular. Lo mismo haría un banquero suizo, un dirigente de la ONU o un comunicador norteamericano. Vamos, hasta el presidente de la FIFA podría caer en indebidas tentaciones.

No siempre hay mexicanos de primera para sentarlos, antes en Tlatelolco y ahora en La Alameda. Entonces, el gobierno tiene que “designar” a cancilleres alternos. Durante muchas décadas los expresidentes Miguel Alemán y Lázaro Cárdenas se prestaron para ser cancilleres sin paga y servir a México con patriotismo y con silencio. Transmitir mensajes de altura, explicar posiciones políticas, representar advertencias y, muchas veces, hasta ultimátums que no podrían ser depositados en un diplomático de carrera, aunque tuviera la charola más grande de la cancillería.

Por eso es permitido servirse de uno o varios mexicanos que puedan cuidar nuestros intereses diplomáticos de acuerdo con sus conexiones, a sus especialidades y a sus posicionamientos.

La Secretaría de Hacienda tiene un cúmulo grande de normas no escritas. Algunas son similares a las de otras dependencias como la de que su titular debe ser un hombre conocido y respetado medios mexicanos y en muchos otros del extranjero. Otras normas son concurrentes como aquella de que en Hacienda, en Gobernación, en la Defensa Nacional y en la Procuraduría no puede meter ni sus narices la Secretaría de la Contraloría, hoy de la Función Pública.

Pero hay algunas muy exclusivas que le brindan atribuciones más allá de las leyes escritas. Una de las más importantes es que el secretario de Hacienda puede objetar, en corto y en discreto, los impulsos gastalones de su patrón. Es decir, tiene permiso para advertirle al Presidente  lo que pretende gastar de más, de indebido o de inoportuno. Alguna vez esta norma se ha transgredido, sobre todo con aquello de que “las finanzas públicas se manejan desde Los Pinos”, pero las consecuencias todavía no acaban de pagarse.

También es muy sabido que, en México, el secretario de Energía es el secretario de Hacienda. Él es quien determina los precios, la expansión, la inversión, el gasto y la producción de las empresas energéticas del Estado. Si tenemos una dizque “Secretaría de Energía” es para taparle el ojo al macho y que no nos critiquen los extranjeros pero, en realidad, esta no resuelve nada que no haya resuelto el titular hacendario.

Se dice, incluso, que todo secretario de Energía que pretende serlo de verdad, así como todo director de Pemex o de CFE que no reconozcan la autoridad suprema de Hacienda, tienen contados sus días. Se dice que el último titular de Energía que quiso cumplir fue Francisco Labastida pero, en l986, el alto mando financiero del gobierno logró conducirlo a la gubernatura de Sinaloa.

Quizá la más importante de las atribuciones no escritas del secretario de Hacienda es su potestad para convertirse en el auténtico jefe de la economía mexicana. Desde luego que muchos de ellos han rehuido tan enorme responsabilidad, pero los que la han asumido se han convertido en ultrapoderosos y supereficientes. Comentaré alguna de las ocasiones más notables.

Se cuenta que corría agosto de 1958 cuando el ilustre presidente Adolfo López Mateos, entonces electo, le hizo saber a Antonio Ortiz Mena que sería su secretario de Hacienda. A partir de entonces, el futuro secretario compartía jornadas vespertinas con algunos miembros de su inner circle. Se cuenta, y debe ser cierto, que un día les hizo un planteamiento muy trascendente. “La situación está más complicada de lo que pensábamos. Sólo tenemos una solución. Para tener una buena hacienda es imprescindible tener una buena economía. Por lo tanto ayúdenme con el manejo de la Secretaría que yo, con la autorización presidencial, me encargaré del manejo de la economía”.

Digo que debe ser cierto porque así sucedió durante dos sexenios. Ortiz Mena se convirtió en el coordinador general de la economía mexicana. Todas las áreas económicas del gobierno actuaban bajo su supervisión y última palabra. Así, el país pudo crecer, durante década y media a 8% anual casi sin inflación. Lo llamaron en todo el mundo “el milagro mexicano”. Economistas y políticos de todo el orbe venían a aprender del “desarrollo estabilizador” y a pedir sus recetas sobre crecimiento, distribución y estabilidad a una generación de gobernantes mexicanos.

  La Procuraduría General de la República, ésta una de las dependencias que tiene también muchas consejas en forma de regulación no escrita. Pero, de entre todas ellas, son interesantes aquellas que tienen que ver con la conducción de sus más altos funcionarios. Hay cuatro referentes normativos no escritos que el funcionario de la procuración no debe perder de vista: la lealtad, el poder, la valentía y la pericia.

Sobre esto hay una importante y sintética enseñanza anecdótica. Corría octubre de 1958. Adolfo López Mateos, entonces Presidente electo, la había informado a Gustavo Díaz Ordaz que sería secretario de Gobernación y que le pondría al tanto de las demás designaciones.

Una tarde, muy lleno de contento porque ya había resuelto una designación tan difícil le dijo, con gran entusiasmo: “Gustavo: ya tengo procurador General de la República. Será Fernando López Arias”.

Díaz Ordaz, que no sentía aprecio por López Arias, permaneció en silencio. López Mateos, que era muy caballeroso, lo motivó a expresarse. Le preguntó si sabía algo que él ignoraba o cuál era su personal opinión. El poblano simplemente dijo que le parecía acertada la decisión, como todas las de su patrón.

El ilustre mexiquense, con amplia generosidad, le brindó la siguiente explicación a su subalterno. “Mira Gustavo, para ser procurador General de la República se requiere llenar cuatro requisitos. El primero, ser un hombre de lealtades a prueba de todo. El segundo, tener un conocimiento perfecto del funcionamiento del sistema político mexicano. El tercero, tener el valor suficiente para tomar, oportunamente, las más graves decisiones. Y el cuarto… se me olvida… ya lo recordé (riéndose). Ser abogado, porque lo ordena la Constitución”.

Esta anécdota-lección no deja lugar a dudas. La Procuraduría General de la República es la institución gubernamental, dependiente del Poder Ejecutivo, con mayor rango constitucional jurídico. A pesar de que casi toda la ciudadanía la ve como una simple agencia antinarcóticos, esta función es insignificante en comparación con la majestuosidad que tiene atribuida como la verdadera abogacía de la nación.

No todos los Presidentes de la República la han visto ni considerado de la misma manera. Han sido muy diferentes y, en ocasiones, hasta contrastantes la PGR de Adolfo López Mateos, la de Ernesto Zedillo o la de Felipe Calderón, por no mencionar más que a tres de los 21 presidentes que hemos tenido desde que existe constitucionalmente esta procuraduría.  

Pero este referente me parece ineludible para descifrar el futuro que le puede esperar a esta institución en la próximas décadas. Porque así como hay Presidentes que la han concebido como una comisaría policiaca, otros la han considerado como una consejería jurídica, algunos como un brazo de represión política, otros más como una dependencia maloliente y no ha faltado el que la utilizado como un empleo tan solo útil para acomodar a un amigo desempleado. 

La parte secreta es el perfil de procurador general que le gustaría al Presidente en turno. El del bufete o el de la comisaría. El que sabe meterles a los criminales 50 golpes o el que sabe meterles 50 años. Es bien sabido que a todos los Presidentes les gustaría un procurador valiente que no le tuviera miedo a las delincuentes, pero no a todos los Presidentes les gustaría un procurador tan valiente que tampoco le tuviera miedo al Presidente.

 La Regencia Capitalina o Gobierno del Distrito Federal es una institución que ha cambiado su dependencia jerárquica desde 1997 y ya no depende del Ejecutivo federal ni este designa a su titular, hoy electo por voto ciudadano directo. Por eso, muchas de sus reglas no escritas han perdido vigencia. Pero nada garantiza que no vuelvan a cobrar vida propia en un futuro.

Una de ellas deviene de que, durante las siete décadas de gobierno priista, siempre se buscaron y se encontraron fórmulas de equilibrio político, como instinto de sobrevivencia. Todas ellas fueron consuetudinarias y ninguna llegó a formar parte de un manual escrito pero, eso sí, puntualmente observado.

El regente soportó una limitación, dado su enorme y privilegiado poder. Era el único funcionario que, al mismo tiempo, fungía como ministro y como gobernador. Trabajaba como anfitrión de los poderes federales. Sus policías, sus recaudadores y sus agentes del Ministerio Público atendían a los miembros del gabinete, del Congreso y de la Suprema Corte. A los empresarios y a los comunicadores. A los embajadores y a los líderes.

Además manejaba uno de los presupuestos formales más cuantiosos. Pero, por encima de ello, manejaba un presupuesto informal que superaba en diez o veinte veces el formal.

Ese hombre todopoderoso debía tener una limitación o no podría con él ni su propio jefe. Una de las más notorias fue que al procurador capitalino lo designaba el Presidente. Esto estaba en la ley. La otra, no escrita, fue que a los magistrados y jueces tampoco los ponía el regente sino el secretario de Gobernación. Pero, además, el sistema encontró dos poderosos candados. Uno de ellos es que no tuviera futuro político. Ni la Presidencia ni nada. El otro es que, debido a sus encomiendas informales, a sus patrocinios y a su operación, siempre quedara con “un pie en la cárcel”.

Hoy, decíamos, este hombre ya no es del Presidente. Los cuatro que han sido electos desde el 97 y los dos que han sido sustitutos, han pertenecido a un partido distinto que el de los cuatro presidentes mexicanos en ese mismo  periodo. Pero ¿qué sucederá si en un mañana las identidades se alinean? Muy pronto el gobernante capitalino le robaría los reflectores, la clientela y las posibilidades que brinda el tiempo futuro.

Otras reflexiones finales

Habrá quienes duden que estas reglas no escritas tienen que ver hasta con el vestuario, el traje, la camisa, la corbata, el reloj y los accesorios. O de otra manera, ¿cómo saber cuál es el reloj apropiado sin caer en la farsa insincera de usar un “reloj-patito” de 60 dólares ni, tampoco, en la insolencia ostentosa de portar un “reloj-joya” de 60 mil euros? Podría decirse que el reloj-oficial tiene marca determinada y debe costar lo que entre una semana y una quincena del sueldo del funcionario.

Pero, también tienen que ver con los colaboradores, los discursos, las crisis, la familia y las debilidades. Por ejemplo, el buen político no se viste con la misma ropa que su jefe para no parecer un “copión” y para no competir con él. Desde luego, no acudir al mismo restaurante que su jefe eligió ese día, para no incomodarlo. No adquirir una casa mejor que la de su jefe aunque tampoco vender la que ya tenía, aunque resulte superior.

Sobra decir que debe preguntar al Presidente si en tal fecha puede renovar el automóvil de su hijo, puede celebrarse la boda de su hija o puede cambiar de amante informando, también, el nombre de la nueva agraciada para certificar que la superioridad no tiene objeciones de sus antecedentes, de sus amistades ni de sus motivaciones.

Tienen que ver desde temas que parecen frívolos como la oficina y su decoración. Veamos esto. La primera zona la del escritorio está diseñada para que funcione la autoridad; allí recibe y atiende el gobernante. Allí lo acompañan solamente su poder y su deber. Allí no hay concesiones ni sentimientos. La ley y la obligación de cada quien. La del ciudadano y la del funcionario. Al hombre de Estado que recibe en el escritorio no puede pedírsele nada que la ley no conceda. No se le puede ofrecer nada que la ley no permita.

Más aún, a su lado y hacia el frente de su interlocutor, siempre está deliberadamente colocada una bandera nacional y a sus espaldas el retrato de su superior o de algún héroe. En esa zona de la oficina no hay retratos de su familia ni de sus amigos. Ningún recuerdo personal ni diploma alguno. Cuando mucho, su nombramiento o algún emblema de su jerarquía.

Una segunda zona es el área de juntas. La gran mesa donde se desarrollan las sesiones de trabajo, principalmente con los colaboradores. Allí el funcionario medio se humaniza en algo. Allí afloran sus dudas, sus ignorancias, sus precauciones. Allí se puede preguntar lo que no se sabe. Se puede opinar lo que se cree. Allí se puede disentir y hasta discutir. Sin embargo, allí hay límites. Cuando el que debe decidir decide que ya decidió o cuando decide que no va a decidir la ecuación de los equilibrios cambia de súbito. En ese instante la mesa se convierte en escritorio y el conductor en jefe.

Una tercera zona es la que algunos llaman el área de cortesía, otros la conocen como el recibidor y nuestros padres o abuelos le llamaban el terno. Esa es la pequeña salita en la que el anfitrión nos recibe como si fuera nuestro amigo o porque de verdad es nuestro amigo. Allí reina la distensión. Los retratos son personales. Los adornos casi siempre son propios. Allí se trata de simular el ambiente hogareño. Como si el anfitrión nos recibiera en su casa. Eso no significa que allí se va a sincerar con nosotros. Simplemente que allí podemos sincerarnos si queremos. Ya él sabrá qué hacer con nuestra sinceridad.

Así, hasta temas tan graves como cuando hay necesidad de invitar a un alto y superior jefe a comprender que ha llegado el momento de ingresar al doloroso terreno en el que, para funcionar, la política tiene que apartarse un poco de la ley o de los valores.

El código no escrito del verdadero oficio político dice que ese tipo de propuestas tienen que germinar en el jefe, sobre todo si se trata del Presidente y, cuando más, sólo se le pueden acercar si se acatan tres imperativos.

El primero, que no se utilicen palabras precisas y concretas sino aquellas meras insinuaciones que permitan al jefe tener el mayor espacio de maniobra. El segundo, que se haga en la más absoluta privacidad, discreción y secrecía. El tercero, que se incline la cabeza y se baje la mirada para subrayar el respeto, para desterrar la insolencia y para no espiar hacia el interior de las reacciones del jefe del Estado mexicano. Vamos, que quede en ambos la certificación de que no son un par de cínicos y que lo que van a hacer, por obligación, lo sufren y no lo gozan.

No está por demás decir que el buen político sabe disentir de su jefe, porque es una obligación básica alejarlo del error o de la equivocación. Pero debe hacerlo observando las siguientes reglas. La primera, que utilice palabras comedidas. La segunda, que planteé su posicionamiento como teorema y no como axioma. La tercera, que lo haga una sola vez por cada tema y no esté repitiéndolo. La cuarta, que lo haga en privacidad.

Una regla muy importante consiste en que nunca debe mentírsele al jefe. Pero, por encima de todo, jamás mentirle si ese jefe es el Presidente. Las consecuencias del engaño pueden resultar catastróficas y no me refiero a las personales para el embustero, que bien merecido se las tendría. Me refiero a las consecuencias nacionales que habríamos de pagar todos los que no hicimos nada para merecerlas.

Para no ejemplificar indiscretamente con lo de otras personas lo haré conmigo mismo, compartiendo lo que me sucedió en diversas ocasiones, todas con diversos presidentes. Una de ellas, el Presidente me convocó para consulta jurídica. Me recibió con otros de sus colaboradores y de inmediato me planteó su problema y su posición frente al mismo, la cual era contraria a la de los otros funcionarios. Cuando me invitó a opinar, tuve que decirle que ellos tenían la razón y no el Mandatario. Para mi fortuna, fue entonces cuando se sinceró y me reveló que había invertido las posiciones para que, si yo le concedía la razón, no pareciera una vulgar cortesanía. Fue entonces cuando, como se dice, me volvió el alma al cuerpo.

La segunda se dio cuando fui llamado para una opinión política. Antes que nada, me preguntó que si seguía siendo tan sincero como siempre. Le contesté que yo decía verdades y mentiras como todos los hombres. Que recordara, de nuestra juventud, cuando les mentía a mis padres, a mis maestros o a mis novias. Pero, al no mentirles jamás a los Presidentes, ya se había olvidado de cómo fui. Se rió y entró en materia.

Me preguntó si consideraba que se había equivocado en la designación de un cargo del gabinete, ocurrido años antes. Le contesté que si el Presidente de México me honraba al permitirme ver su valentía en confesarme sus dudas sin ninguna vergüenza, yo sólo podría tratar de corresponder mostrándole mi sinceridad y reconocerle que me parecía un error la designación de ese ministro.

Me dijo: “¿Lo consideras muy pendejo?”. Le respondí que no tenía nada de tonto sino, al contrario, que era muy inteligente. Pero también, que era muy ambicioso y que había sido instalado en una dependencia que lo hacía muy poderoso. Que esa triple combinación podría desequilibrar el poder presidencial sobre todo en las grandes decisiones sucesorias. Me dijo que pondría pronto remedio y así lo hizo, unas semanas después.

Por mi parte, cuando esa noche llegué a casa, me encontré con que me había enviado una caja de su presidencial y costoso vino. Era toda una deferencia porque no era “un” vino sino que era “su” vino. Pero, en el código secreto, eso significaba que estaban pagados mis servicios de consultoría. Aclaro que yo no esperaba nada, ni siquiera un regalo.

Esta sinceridad también alcanza a los presidentes que no son nuestros jefes. Las dos siguientes las viví con mandatarios de los sólo amigo. La primera es chusca. Cierto día me preguntó si me gustaron y utilizaba las mancuernillas que me había enviado en mi más reciente cumpleaños. Con toda vergüenza le confesé que había perdido una de ellas. Se rió y me dijo: “La tiraste aquí en tu anterior visita, la recogieron y me la entregaron. La identifiqué por tus iniciales. Tuviste mucha suerte en recuperarla”. A ello le contesté: “No, señor Presidente. Mi suerte no fue recuperarla. Mi gran suerte fue no haberle mentido”. Su carcajada me complació mucho.

La otra fue dramática. El Presidente anunciaría una importante medida gubernamental y fui invitado a escucharlo. Cuando terminó, me preguntó mi opinión. Le dije que mi opinión era buena siempre y cuando él estuviera consciente de que no era la solución del problema sino tan sólo su paliativo. Me dijo que sabía que esa no era la verdadera solución. Le expresé que su realismo me dejaba tranquilo. Pero, al final de cuentas, nunca buscó la solución definitiva. Por eso, nunca he sabido si me mintió o si, contra su voluntad, tan solo fracasó.

La última que narraré fue con el candidato presidencial de mi partido a quien, desde la campaña, le había prometido mi franqueza y mi lealtad, como si ya fuera Presidente en funciones. Cuando terminó un evento al que lo acompañé, ya junto a su vehículo, en tono muy ufano y triunfalista, me preguntó: “¿Cómo estuve?”. Mi respuesta muy seca fue: “Estuviste de la chingada”. Me creyó y se preocupó. Me dijo: “Vámonos juntos y platicamos en el camino. Súbete adelante y yo manejo”.  

En fin, toda esta nota ha sido el intento de un mínimo acercamiento con esas leyes políticas inéditas con las que cuentan todas las sociedades civilizadas. No está por demás aclarar que muchos políticos niegan su existencia y fingen que todo se aprende por generación espontánea. Es imposible creer que un sistema ha funcionado con alta eficiencia, durante casi un siglo, a través de miles o millones de individuos que hacen y piensan lo que les viene en gana.

Por eso resultaría conveniente una propuesta de funcionalidad que permita la operación de la gobernabilidad a partir del conocimiento perfecto del funcionamiento del sistema político mexicano. Sin embargo, este sólo se logra a través del ejercicio profesional de la política toda vez que las reglas mexicanas, como las de muchos otros países, son complejas, consuetudinarias y sumamente crípticas. Ello obliga al diseño de los mejores sistemas que permitan la incorporación de políticos de recambio sin la remisión integral de los ya tecnificados.

Porque, como le hemos dicho, no existe ningún libro donde se encuentren editadas las reglas del sistema político mexicano. Por ello, sólo experimentando el ejercicio de la política puede despejar cada quien las dos o tres mil respuestas de su funcionamiento.

De que otra manera podría alguien resolver este cuestionario de mero ejemplo. ¿Con cuáles miembros del gabinete le conviene al Presidente que tenga amistad el secretario de Gobernación? ¿Con cuáles no le conviene que la tenga? ¿Por qué los congresistas del PRI usan distinto método en la Cámara de Diputados o en la de Senadores? ¿Quién debe decidir y bajo qué criterio la cámara de origen de cada iniciativa presidencial? ¿Cómo se integra el gabinete alterno? ¿Cómo se designa un gobernador adjunto? ¿Qué grupos tienen derecho a colocar por lo menos un miembro del gabinete?

Estas preguntas y miles más tienen que ver con el gobierno, el Congreso, los estados, los partidos, la empresa, las fuerzas armadas, la banca, las universidades, los tribunales, los sindicatos, los gremios, la prensa, la televisión, la radio, la diplomacia, el campo, la fábrica, las iglesias, las potencias, los financieros, los profesionistas y los cárteles.

De allí la conveniencia de tomarse en serio la propuesta de funcionalidad de los expertos. Porque, en palabras simples, los motivos y propósitos del perfeccionamiento político mexicano no son estéticos ni éticos sino cinéticos. Es decir, no deberá lograrse para que el Estado se vea mejor ni para que sea mejor sino para que funcione mejor.

También debe quedar en claro que muchos políticos mexicanos no las conocen a plenitud. Independientemente de su jerarquía quizá sólo una décima parte de los políticos mexicanos son los que conocen y practican el manual completo. Ellos son la alta clase política, la aristocracia política mexicana. Sin duda la más importante y reconocida escuela política de todo un siglo latinoamericano.

Es esa la clase política que creó los partidos gobernantes y los partidos opositores más sólidos y vigorosos del subcontinente. La que evitó revoluciones sin usar la fuerza armada. La que transformó sus estructuras vitales sin sobresaltos y sin retrocesos.

En ese linaje político ha sido notable la aparente facilidad con la que hacen sus realizaciones. Se creería que nada les cuesta trabajo. Saben para lo que es el poder y cómo debe llevarse. Y lo llevan muy bien. Se mueven con él como si fuera un traje a la medida o, más aún, como se lleva la piel. Hacia donde se mueve el poder va con ellos. Estos hombres pueden ser comparados con aquellos patinadores, bailarines o acróbatas que realizan sus rutinas como si fuera muy sencillo. Provocan el deseo de imitarlos suponiendo que cualquiera podrá hacerlo igual.

En algunas ocasiones esos artistas de magistral destreza hacen necesario que el público ingenuo quede advertido de no intentar ninguna emulación porque podría resultar en una fatalidad. Quizá la política debiera disponer de cautelas similares. Explicar a todos los tarugos que quieren meterse a gobernar, suponiendo que ello es muy fácil, que en el intento pueden llegar al desastre o pueden llevar a sus pueblos a los terrenos de la catástrofe.

Por encima de ideologías, de partidos, de poderes, de generaciones, de facciones, de clases y de intereses, el código secreto de la política ha regido a plenitud de vigencia.

*Político y abogado. Presidente de la Academia Nacional, A.C.

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Twitter: @jeromeroapis

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