Incursión de tribus externas debilitó al PAN

Coinciden en que ambición de poder engrosó las filas de oportunistas; militantes y fundadores urgen a retomar los principios que le dieron origen al partido para contrarrestar los escándalos de corrupción, la crisis y la pérdida de valores

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12/05/2014 05:47 Wilbert Torre

CIUDAD DE MÉXICO, 12 de mayo.- “¿Por qué me tomas el pulso?”

Los labios pálidos de Luis H. Álvarez forman una media luna que se refleja en los ojos de una panista joven que le acaricia las palmas de las manos. Con los pulgares como flechas apuntándole al pecho parece registrar el ritmo de la sangre que corre por sus venas.

“¿Quieres saber si aún estoy vivo? ¡Estoy feliz de estar aquí, en el partido!”, dice Álvarez con una voz clara y firme de 94 años.

Entonces resulta inevitable preguntar al panista más viejo sobre la Tierra:

—¿Qué necesita el partido para seguir vivo, don Luis?

Álvarez posa erguido para la octava fotografía desde que llegó hace cinco minutos al edificio nacional del PAN. Es una efigie alba y sólida, la estampa de un torero envejecido y aún fuerte, realzada por un saco holgado que lo hace lucir más grande de lo que es.

“El PAN necesita voltear a sus principios”, dice elevando el dedo índice, como cuando dirigía los destinos del partido hace dos décadas. “Los principios que le dieron nacimiento. No hay mejores principios partidistas en México. Debemos mantenerlos y seguirlos, desde luego”.

Las palabras del político chihuahuense parecen más que una casualidad. Es el líder moral de su partido y el PAN sobrevive entre las cenizas de unos principios, una disciplina y una doctrina que en décadas pasadas le dieron fama de partido íntegro y cimentado en valores de honestidad y rectitud que lo diferenciaron un mar del PRI. Álvarez parece el emisario extraviado de otra época, en momentos en que el partido fundado por Manuel Gómez Morin enfrenta la crisis más intensa de sus 75 años de existencia.

Son las 19:00 horas de un lunes de abril y la figura gallarda de Luis H. Álvarez concita la atención de decenas de panistas que llegaron a escuchar a Ernesto Cordero, uno de los candidatos a la dirigencia del partido. Dos bocinas trepidan con los compases de una canción compuesta para la campaña del exsecretario de Hacienda, una interpretación cursi de la advertencia que Álvarez acaba de proclamar:

Juntos podemos recuperar el camino/Con esperanza y alegría/Recuperar juntos los valores del PAN.

Excélsior conversó con la primera académica que se interesó en estudiar a profundidad al Partido Acción Nacional (PAN), así como con una decena de panistas de distintas generaciones, en un intento por comprender más a fondo los orígenes de la crisis de los últimos años, y debatir ideas que podrían llevar al partido a encontrar una salida de emergencia.

De grupos y divisiones.

Los últimos días de marzo, después de pensarlo varias semanas, María Marván, entonces presidenta consejera del Instituto Federal Electora (IFE), decidió rectificar su decisión de no aceptar un asiento en el nuevo Instituto Nacional Electoral (INE) y finalmente dijo sí a la propuesta que le había hecho con insistencia la dirigencia del PAN. Pero la tarde del 3 de abril, Marván y sus colaboradores se vieron inmersos en una tormenta inesperada que los hizo volver a toda prisa a sus oficinas para depositar sus objetos personales en cajas y sacarlas de ahí lo antes posible.

El presidente del PAN, Gustavo Madero, había confirmado la víspera que Marván sería consejera del INE. Era una decisión en firme, hasta los minutos finales de la negociación, cuando Luis Alberto Villarreal, líder panista en la Cámara de Diputados, colocó sobre la mesa una baraja que nadie tenía considerada. Contra la voluntad del jefe nacional de su partido, anunció que no sería Marván, sino Roberto Ruiz quien ocuparía un espacio en el instituto que sustituyó al IFE.

Ese episodio es una muestra, aislada y diminuta, de las profundas divisiones y las disputas internas en el partido, una de las circunstancias más comunes en el PAN de los años recientes.

“La política se hace con grupos, eso no debe asustar a nadie”, dice Alberto Cárdenas Jiménez, exgobernador panista de Jalisco entre 1995 y 2001, “pero es tiempo de marcar en el PAN una distinción entre grupos que persiguen fines superiores y los que van tras puestos e intereses. La doctrina contra la lucha descarada por el control del partido”.

Está convencido de que en los últimos años el PAN perdió el rumbo y la idea de un proyecto de nación. No es que todo fuera lineal, advierte, pero prevalecía una visión de país integrada por todos.

“No eran comunes las divisiones internas que no obedecieran a doctrina, razones y principios. Diputados que votan de manera (distinta) son una señal inequívoca de la ausencia de un proyecto unificado. Mientras no exista un acuerdo del país que queremos, el partido seguirá dando tumbos.”

Cárdenas tiene 56 años y podría ser la versión panista de Luis Donaldo Colosio o Ernesto Zedillo, un hombre surgido de una familia sencilla —hijo de padres agricultores— que ingresó joven al partido y escaló posiciones hasta ocupar la gubernatura y varias secretarías de Estado. Ahora forma parte de un grupo que Ernesto Ruffo ha bautizado como “los jinetes del Apocalipsis”, un núcleo integrado por ellos dos y los exgobernadores Carlos Medina Plascencia, de Guanajuato, y Francisco Barrio, de Chihuahua, en un intento desesperado por frenar la decadencia de la institución.

El exgobernador está sentado en un pequeño salón de la sede de Acción Nacional y ha permanecido algunos segundos en silencio, ordenando las ideas para explicar en qué momento algo sucedió dentro del partido y en la siquis de los panistas que terminaron pareciéndose al PRI que tanto criticaban.

“Cuando empezamos a gobernar jalamos al gobierno a los pocos panistas registrados. En Jalisco, los panistas activos del comité estatal y de los municipios nutrieron mi gobierno”, dice Cárdenas, alto y corpulento, metido en un traje negro. “Sin darnos cuenta, vaciamos al partido. Con el tiempo se debilitaron los comités municipales y estatales, y hoy estamos pagando muy caro todo eso”.

Reflexiona que quienes se sumaron al ejercicio del poder se dieron cuenta de que del partido surgían las candidaturas. Muchos panistas comenzaron a extender sus tentáculos a los comités estatales para asegurarse posiciones que les permitieran obtener candidaturas.

“Se descubrió que una nómina significaba sumar gente. Si uno tenía detrás a 500, otro aparecía apoyado por 800. La capacidad de movilizar se tradujo en peso y poder. Ahí se pervirtió todo y se pasó sobre los principios de respeto a la dignidad de la persona, y las libertades fueron sustituidas por un número o por la imposición de una línea. Se violentó lo que antes se respetó tanto, cuando en el partido había orden y disciplina. Con la nómina, como activo, el PAN empezó a crujir.”

La verdadera política ha muerto

Acción Nacional debe una parte vital de lo que ha sido tres cuartos de siglo a cinco ideólogos que robustecieron sus doctrinas y principios: Manuel Gómez Morin, Efraín González Luna, Efraín González Morfín, Adolfo Christlieb Ibarrola y Carlos Castillo Peraza. No son muchos los panistas que en estos días se dedican al estudio hondo y reposado de la trinchera ideológica. Luis Felipe Bravo Mena es uno de los que se ha entregado con más tiempo y profundidad a hacerlo.

Secretario particular de Felipe Calderón en Los Pinos, varias veces diputado federal y excandidato a la gubernatura del Estado de México, dice que en la medida en la que el PAN avanzó como alternativa de poder y canal de acceso a los puestos públicos, atrajo a personas con apetito de poder y no de servicio. Fue un efecto colateral no deseado al propio éxito del PAN.

Sostiene que para entender la circunstancia del partido albiazul es preciso distinguir entre la sana aspiración al poder, connatural a la vocación política que se inspira en valores y principios doctrinaros e ideológicos, y el apetito de poder por el poder mismo que no reconoce límites éticos y se vale de cualquier medio para alcanzarlo.

“¿Para qué se quiere el poder? Desde hace 75 años, los panistas luchamos por alcanzarlo para realizar un proyecto de nación, pero ahora entre esos panistas se mezclan quienes sólo buscan satisfacer intereses personales. En el deseo de ganar descuidamos el control de calidad. No verificamos la vocación política de quienes lanzamos como candidatos y llegaron a puestos públicos personas que no tardaron en avergonzar al PAN y denigrar su imagen. Los más perversos tratan de controlar al partido para su uso personal.”

Explica que entraron al partido de la manera más fácil. El PAN siempre fue una institución abierta que llamó a la gente a unirse. En la oposición —subraya— se arriesgaba todo: vida, libertad, propiedades. El filtro era natural. Quienes buscaban beneficios se iban al PRI.

“Cuando el PAN llegó al poder le sucedió lo mismo. Los logreros entraron en tropel y comenzaron a descomponer la vida institucional y a convertir al partido en una mala copia del PRI.”

Para Bravo Mena, el abandono de la conciencia política y su desplazamiento por números —la masa como instrumento de poder—, la sustitución del trabajo político por la mercadotecnia y de la acción política por la política-espectáculo sin sustancia, llevó al partido al acarreo de multitudes, al montaje de estructuras pagadas, a la militancia clientelar y la compra de votos.

“Para todo esto se necesita mucho dinero. Esa maquinaria no se mueve con almas, se mueve con montañas de efectivo. Llegados a este punto, la verdadera política ha muerto y se coloca en el umbral de la delincuencia electoral organizada.”

Formación cívica,
un hoyo negro

María Elena Álvarez de Vicencio nació en Zamora, Michoacán, en 1930. Se afilió al PAN a los 27 años, cuando un dirigente de la Juventud Católica le sugirió a ella y su novio, Abel Vicencio Tovar —presidente del partido entre 1978 y 1984— elegir el camino de la política. Entonces, recuerda, la política era considerada un apostolado. “Teníamos una gran conciencia social”.

Menuda y vital, a los 84 años considera que la crisis que enfrenta el partido tiene raíces en la educación y la pérdida de valores y principios cívicos y éticos. Cuando el PAN llegó al poder —señala— entraron los que antes nos veían como algo despreciable. Ruiz Cortines nos llamó místicos del voto porque decíamos que a golpe de votos cambiaríamos México. Los priistas se reían de nosotros.

“Vicente Fox reeditó los textos de formación ética y cívica, pero me pregunto qué maestro es capaz de transmitir esos valores. Tres generaciones de mexicanos no oyeron hablar de derechos y deberes ciudadanos, y sí de filosofía priista, que no se rechaza. Tengo amigos panistas convencidos de que si en México no burlas la ley, no llegas a ninguna parte.”

Álvarez advierte un gran desplazamiento de panistas de generaciones previas que ingresaron movidos por la convicción de hacer de la política un apostolado. Compañeros suyos que leían listas ilegibles de electores que el gobierno les entregaba y tocaban puertas para actualizar el padrón —escribían a mano cientos de miles de direcciones y los nombres correctos, las recortaban y pegaban con engrudo— atestado de muertos que votaban por el PRI. De noche colocaban carteles que repudiaban la falta de democracia y terminaban en la cárcel.

“Ahora todo es la rebatinga por poder y dinero”; los ojos de Álvarez languidecen. “Las nuevas generaciones no crecieron en esa formación. Ahora se pagan salarios altísimos en el partido. No se rinden cuentas. Los diputados ya no aportan el 30 por ciento de sus ingresos, como antes. Hoy rige la atracción que domina al hombre: el poder y el dinero”.

Advierte que la avalancha de ilícitos pequeños y grandes en el PAN es importante.

“El partido ha dejado pasar eso. Hay bastante impunidad.”

Fernando Rodríguez Doval tiene poco más de treinta años y de niño asistió a sus primeros mítines en la campaña del 94. Hoy, desde la presidencia de la Comisión de Doctrina del PAN, asume que una parte esencial de la crisis es consecuencia de la pérdida de formación doctrinaria y la conciliación de presente y pasado.

“Los líderes del pasado tenían muy claro cómo asimilar en la doctrina a quienes llegaban de fuera, como los bárbaros del Norte —Ruffo, Clouthier, Barrio y Fox—. Don Luis H. Álvarez dijo que era preciso armonizar pasado y presente para tener futuro y responder a las transformaciones. Había una preocupación por formar a los nuevos panistas en la identidad del PAN, un conjunto mínimo de pensamientos sobre cómo gobernar. No era decir: éntrenle nomás, como ha sucedido con Malova y Gabino Cué, que se conducen bajo las formas del viejo PRI.”

Ernesto Ruffo escarba en sus memorias de alcalde y primer gobernador no priista para intentar una comprensión honda de la crisis del PAN.

Don José, un barrendero al que había ascendido a jefe de estacionamiento, lo encaró un día para decirle que no había esperado tanto tiempo para cuidar autos. “Quiero una oficina allá dentro”, le dijo, señalando al Ayuntamiento de Ensenada. Dos años después, cuando se instalaba en el Palacio de Gobierno de Baja California, se presentaron miles de “Josés” exigiendo lo mismo. El primer síntoma de una epidemia.

Para Ruffo la historia del PAN entre 1939 y 1989 se esculpió con las influencias de la Iglesia católica, de los cristerios y los sinarquistas. Durante décadas no brilló con la misma fuerza vital en la doctrina de Manuel Gómez Morin: la razón ciudadana, hasta que a finales de los 80 una ola inabarcable y decidida de ciudadanos llevó al partido a ganar más municipios y gubernaturas que nunca.

Unos años después —Ruffo abre con desmesura sus ojos azules— la disputa por poder y posiciones socavó el peso y la presencia de la ciudadanía dentro del partido.

“La onda grupera por los puestos y la lucha de intereses desvirtuó al PAN ciudadano y místico al mismo tiempo”, subraya.

Carlos Medina Plascencia cree que la pérdida de valores y los escándalos de corrupción tienen al partido sumergido en la crisis política más grave de su historia. Lo peor, advierte, es que la disputa por la dirigencia entre Gustavo Madero y Ernesto Cordero es una confrontación de grupos que, pronostica, terminará por debilitar aún más al partido.

¿Qué entender por crisis?

Julio Castillo tiene 33 años y ha dividido los últimos entre la escritura de discursos para Gustavo Madero, Santiago Creel y Germán Martínez, y 500 conferencias sobre doctrina que ha pronunciado ante jóvenes panistas. Las palabras en ráfagas y una risa repetitiva hacen recodar a su padre, el último de los grandes ideólogos del PAN, Carlos Castillo Peraza.

Ve tres crisis: ausencia de orden y disciplina, incapacidad para comunicar pensamiento y doctrina, y empequeñecimiento de la militancia.

“La mayor crisis es que haya panistas difamando panistas y que no los expulsen, que puedan comprar planas de periódicos para destruir. No existe el menor orden institucional. Nuestras campañas internas se especializan en ver a qué hora el adversario abre la boca para caerle encima. Eso le pasó a mi papá, pero hacia fuera del partido. En un discurso en 1997, Diego (Fernández de Cevallos) dijo: ‘hoy estamos todos unidos porque sabemos que vamos a ganar’. Desconozco qué elemento genera unidad por excelencia, si la expectativa de victoria, la disciplina o la conciencia de unidad, pero lo cierto es que antes había todo eso y hoy casi no queda nada.”

El número de militantes cayó de un millón 865 mil afiliados a 400 mil. Ésa es otra crisis, advierte Castillo. “Muchos llegaron con la coyuntura y se fueron. Hoy son menos militantes, pero somos más panistas”.

El desdibujamiento de la doctrina que logró diferenciar al PAN es para Castillo quizá la crisis más significativa.

“El PAN se caracterizó por una comunicación profunda. No era entender la coyuntura sino un concepto a profundidad: por qué pensamos así y por qué vamos detrás de esto. Eso no ha pasado en los últimos años. Podemos verlo en las reformas de los dos gobiernos panistas y las que ahora hemos votado en favor. Deberíamos estar preocupados por explicar droctinariamente por qué se votaron, pero no ha sido así.”

Para Castillo la doctrina no es un cartucho descartable. Sin ella, la política pierde sentido y razón.

“Cuando el PAN lanzó la campaña de no al IVA fue el momento de popularidad más bajo del presidente Peña Nieto”, recuerda. “Todo el partido en una voz, en un mensaje. Nos fuimos para arriba. Cuando son grupitos la cosa no funciona. A la gente no le importa qué es el corderismo, el calderonismo, el maderismo”.

¿Cómo salvar al PAN?

—La nueva dirigencia debe poner los ojos en unas normas sólidas y que nadie las viole”, dice María Elena Álvarez. “Y hablar y recuperar lo que fuimos. En el país hay liderazgos en otros lados, porque el PAN no es opción. Ojalá y la pérdida del poder ayude a volver a los principios.

Julio Castillo coincide en la urgencia de mano dura en las comisiones de orden. No desde la presidencia del partido, advierte. No cree que el presidente deba tener facultades para expulsar. La identidad debe dar disciplina, pero si no la da que la dé el pragmatismo.

Para Alberto Cárdenas Jiménez debe haber un correctivo inmediato en la tolerancia a la corrupción, en cualquiera de sus expresiones. “El partido ha dejado pasar denuncias sin hacer nada”, sostiene. “Que se investigue y se expulse a los corruptos. El país requiere un PAN unido, visionario y atrevido, con gente de una pieza, que no robe, manipule ni engañe”.

“La única manera de revertir el deterioro es la formación de valores en la militancia para debilitar al grupismo y recuperar las causas ciudadanas”, dice Bravo Mena. “Enfrentar los abusos del poder, vengan de donde vengan y aplicar sanciones. La impunidad y la tolerancia es una invitación a reclutar lo peor, no lo mejor de la comunidad.

“Si el PAN no recobra sus principios e identidad —advierte Fernando Rodríguez Doval— se convertirá en un partido prescindible. Lo que el partido aportó fue una identidad humanista y demócrata. Como decía Alonso Lujambio, civilizó la política. La gran derrota cultural del partido es cuando empieza a parecerse al PRI.”

Ernesto Ruffo cree que recuperar al partido hace necesario rescatar dos rieles que corren paralelos: el PAN de la doctrina y el PAN ciudadano y ético, el de los principios que definió Gómez Morin.

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