Colosio tejió red política plural; supuestos amigos sacaron ventaja luego de su muerte

Tanto al frente de la Sedesol como en su paso por el poder Legislativo, el priista se dedicó a establecer negociaciones y acuerdos con las distintas fracciones

COMPARTIR 
24/03/2014 05:40 Wilbert Torre/ Especial

CIUDAD DE MÉXICO, 24 de marzo.- Tres días antes de morir, un domingo por la noche, Luis Donaldo Colosio llamó por teléfono a uno de sus mejores amigos. Había asistido a una reunión con obispos y viajaba en una camioneta acompañado por el mayor Germán González Castillo, jefe de ayudantes, y José Luis Soberanes, su compadre.

Cuando llegaron a una casa en las Lomas, un sitio familiar para su escolta, salió del vehículo y detrás de él, Soberanes.

—Aquí me quedo—, dijo Colosio extendiéndole la mano, con esa parquedad suya tan norteña. Soberanes se despidió, abordó otro vehículo y se fue.

El candidato entró a la casa donde lo esperaba su amigo, un hombre diez años mayor que él. La suya era una amistad de apenas cuatro años, pero llena de intensidad: se había mantenido muy cerca de él, ocupando altos cargos en el Comité Ejecutivo Nacional del PRI y en la Secretaría de Desarrollo Social.

No formaba parte del equipo de campaña. Era su consejero e influía en decisiones importantes, incluido el siempre complicado reparto de cargos alrededor del candidato. Unas semanas antes habían desayunado. El hombre se percató de que Colosio llevaba un reloj Casio en la muñeca.

—Ya estuvo de salinismos, Donaldo, quítate ese reloj.

—¿Y qué quieres que me ponga?

—Ponte éste –se llevó la mano a la muñeca, liberó la correa y le extendió un Patek Philippe–.

El hombre recuerda que el domingo previo al atentado, Colosio entró a su casa y no se sentó: se desplomó en un sillón. Respiró con fuerza y dijo:

—¿Por qué me hace esto el presidente Salinas?

Colosio no dijo nada más y él no se atrevió a preguntarle a qué se refería.

Conversaron un rato y se despidieron.

Fue la última vez que lo vio.

Tres días más tarde, cuando rodó en el fango de Lomas Taurinas, Colosio llevaba en la muñeca el reloj que le había regalado.

Veinte años después del asesinato, el viejo amigo y colaborador de Colosio está más delgado que entonces; ahora en su cabeza hay un remolino de cabellos blancos. Lo que Colosio le dijo aquella noche lo declaró meses después del asesinato ante el fiscal Pablo Chapa Bezanilla.

Prefiere que su nombre no sea citado, y no por precaución o por temor: no tolera a la multitud de amigos que le crecieron a Colosio después de muerto. Los que declaran todo el tiempo su cercanía y revelan que les hizo confidencias, cuando era un hombre, dice, al que había que sacarle las palabras con tirabuzón, un norteño que no confiaba en casi nadie.

Al fondo de su casa, en una sala, hay cuadros de pintores famosos y dos fotografías. En una de ellas, en una actitud que contrasta con la seriedad que transmite su imagen en la mayoría de fotografías, Colosio ríe a carcajadas con un brazo de su amigo enroscado al cuello, como si le aplicara una llave china.

Muerto el candidato, tuvo varios ofrecimientos. El hombre prefirió la lealtad.

—Cuando Colosio terminó, yo terminé. Muchos que se decían sus amigos han rodado de aquí para allá, de una chamba a otra—, dice y se levanta de la silla, ante una mesa provenzal del siglo XIX.

Puentes con la izquierda

Era el año 1985. Colosio tenía 35 años, había ganado una diputación de mayoría por su tierra, Magdalena de Kino, Sonora, y presidía la Comisión de Programación y presupuesto, una de las más protagónicas de la LIII Legislatura por la incidencia que tenía sobre otras comisiones en la distribución del dinero.

Se vivían los últimos años del PRI como una aplanadora electoral. La Cámara tenía 400 diputados: 300 electos de manera directa, de los cuales 296 pertenecían al Revolucionario Institucional y cuatro al PAN. Los 100 restantes eran diputados plurinominales.

Una noche, Eduardo Valle, El Búho, quien falleció en 2012 y en ese entonces se desempeñaba como diputado por el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), llegó hasta la curul de Colosio, que había comenzado a acercarse a los diputados que formaban parte de la comisión que presidía. Lo invitaba a escuchar a su hermano tocar música tropical, en un cabaret de la colonia Doctores.

Dos diputados llegaron temprano: Colosio y Alejandro Encinas, del Partido Socialista Unificado de México (PSUM). Recuerdan que Colosio no bebía mucho y era sencillo. Solía prepararse cubas de la botella de Bacardí Blanco en el centro de la mesa.

“Trató de crear un vínculo de confianza con diputados de todos los partidos”, recuerda Jorge Alcocer, entonces diputado del PSUM. “Apenas llegó, empezó a implementar con un plan de trabajo y, sobre todo, ofreciendo apertura para discutir propuestas de reforma legal de la oposición”.

Por parte del PSUM se incorporaron Alcocer, Pablo Pascual Moncayo y Arturo Whaley. Colosio también se acercó a los panistas Ricardo García Cervantes, Gonzalo Altamirano Dimas y Gabriel Jiménez Remus.

La relación de trabajo se transformó en un lazo de amistad con los integrantes de la comisión y otros diputados: los priistas Santiago Oñate, José Ángel Pescador, Beatriz Paredes y María Esther Sherman, y un robusto grupo de diputados de izquierda: Ricardo Pascoe Pierce, Pedro Peñaloza, Eraclio Zepeda, José Luis Díaz Moll, Alejandro Encinas y Eduardo Valle.

Colosio y su esposa, Diana Laura, solían invitarlos a su casa en Avenida de Las Águilas, a un asado de carne de Sonora.

“Teníamos diferencias políticas y debates fuertes a un muy buen nivel”, recuerda Encinas. Con frecuencia el grupo se reunía con Heberto Castillo y Arnoldo Martínez Verdugo para discutir sobre el país, democracia, política, sus familias.

“La creación de este singular grupo plural —en tiempos del PRI todopoderoso— dio lugar a una versión novelesca”, recuerda Alcocer. Un día, un diputado del Partido del Trabajo subió a tribuna a decir que en la Cámara había una criatura rara, un grupo que no era propiamente partidista, sino una extraña fusión, un animal extraño.

“Aquí se creó el PRI-SUM”, dijo el diputado petista, aludiendo a los vínculos de amistad entre diputados del PRI y del PSUM, convocados por Colosio. Los diputados de aquella legislatura lo recuerdan como un hombre sencillo y de buen trato, aunque por su procedencia norteña podía ser parco y hablar golpeado.

Nombrado secretario de Desarrollo Social, eventualmente se veía con algunos de sus compañeros de legislatura. Encinas y Colosio se habían hecho muy amigos, pero se distanciaron después de las controvertidas elecciones de 1988. Se reencontraron tres años después y juntos negociaron la Ley de Asentamientos Humanos, aprobada por 407 votos en la Cámara de Diputados.

Todos los diputados de la izquierda, algunos de ellos veteranos del “PRI–SUM”, votaron en favor de la propuesta presentada por la Sedesol, encabezada por Colosio. La primera ley aprobada por unanimidad en un clima político de dura competencia.

El dilema de Colosio

Una carta escrita por Raúl Salinas, padre del expresidente, recomendó a Agustín Basave con Colosio. Norteños los dos, hubo química y fueron amigos tres años. Jugaban squash en Altavista los miércoles a las 11 de la noche, después de que el entonces presidente del PRI terminaba unas larguísimas jornadas de trabajo.

En las elecciones de 1991 el PRI recobraba la condición de aplanadora electoral tras las elecciones del 88. Colosio, cuenta Basave, se sentía atrapado en un dilema: su partido o la democracia.

“Como presidente del PRI —narra Basave que le contó Colosio en alguna ocasión— tengo que ganar todo lo posible, pero sé bien que tarde o temprano el partido va a perder y eso será bueno para la democracia.”

Dos años más tarde, Colosio era ungido candidato a la Presidencia. Sus recorridos en campaña eran parecidos a los viajes que había hecho durante su gestión en la Sedesol. En la secretaría, como en la LIII Legislatura, Colosio había construido una red plural de contactos políticos, económicos y sociales en todos los estados. Obsesivo de tender puentes, creó un programa especial de relación con las organizaciones no gubernamentales.

“Era un apasionado del desarrollo regional”, recuerda el diputado Javier Treviño, pues incluso, en 1993, tras una llamada de Colosio, regresó de Washington para integrarse al equipo de trabajo del priista. En campaña, recuerda el legislador, pudo percatarse que había muchísimos problemas no resueltos y era hora de resolverlos. “Quería una verdadera reforma del poder”, dice Treviño. Ésa fue la génesis del discurso del 6 de marzo.

Treviño, Samuel Palma y Cesáreo Morales escribían los discursos del candidato en una casa en el Pedregal. Preparaban una nota inicial sobre cada texto y su estructura. Veían a Colosio en su oficina privada o en su casa, y le transmitían las ideas centrales.

“Siempre tenía claras las ideas y los mensajes que deseaba comunicar”, dice Treviño. Los tres escritores debatían y comenzaban a trabajar. Treviño, el más rápido con los dedos, se sentaba ante una computadora. Una vez lista esa versión veían otra vez a Colosio, quien la revisaba con cuidado, hacía anotaciones y corregía.

Colosio diseñó la estructura del discurso del 6 de marzo. La primera parte era un llamado al priismo (aquí está el PRI). La segunda, un diagnóstico de lo que había visto en el país en los últimos años y en su primera etapa de gira (veo un México). La tercera, la propuesta de la reforma del poder (es la hora de). La cuarta parte, el cierre y un llamado a la fuerza del priismo y a la sociedad a apoyar su proyecto de país.

Designación del suplente

Unos días después del asesinato de Colosio, los gobernadores priistas salieron en un autobús de la casa de Manlio Fabio Beltrones. Se dirigían a Los Pinos, donde los recibió el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari.

En un salón de la residencia tuvo lugar el famoso videodestape: Beltrones mostró a sus colegas un video en el que Colosio hacía comentarios muy elogiosos sobre Ernesto Zedillo, coordinador de su campaña.

Beltrones dijo que era el hombre ideal para relevar a Colosio como candidato, pese a que entre los colaboradores del sonorense se sabía que transcurridos dos meses de campaña, el sonorense ya no se expresaba muy bien de Zedillo y su gente.

En el salón se hizo un breve silencio. Los gobernadores asintieron. Todos respaldaron la propuesta de Beltrones. Todos excepto uno: Jesús Murillo Karam, de Hidalgo.

—Señor presidente, con todo respeto, creo que esta situación merece un ejercicio de reflexión mucho más profundo que esto, antes de alcanzar una decisión tan grave, dijo Murillo.

Ese momento marcó un punto de quiebre en la historia del PRI. Zedillo se convirtió en el presidente de la “sana distancia” y en su gobierno el partido perdió la Presidencia. Colosio, que había sido diputado, senador, oficial mayor y Presidente del tricolor, hubiera sido el primer presidente formado y surgido de su partido.

Excepto Díaz Ordaz, que había sido diputado y senador, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y después Zedillo no habían competido por un cargo de elección antes de contender por la Presidencia.

“La fuerza del PRI surge de su capacidad para el cambio”. “Cambiemos con responsabilidad. Debemos admitir que hoy necesitamos transformar la política”. “Yo veo un México con hambre y sed de justicia. Un México de gente agraviada”, dijo Colosio el 6 de marzo.

Unos días después caía herido de muerte en el fango de Lomas Taurinas.

Relacionadas

Comentarios