El paraíso perdido: la vida después de Los Pinos (segunda parte)

Adolfo López Mateos invitó a siete expresidentes a ocupar posiciones de gobierno

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10/02/2014 09:12 José Elías Romero Apis*

Segunda de dos partes

Las expresidencias tranquilas y las insufribles

CIUDAD DE MÉXICO, 10 de febrero.- Mi padre me platicaba de la atención que Miguel Alemán prestaba al expresidente Manuel Ávila Camacho. En ese entonces, mi padre era líder de la Cámara de Diputados y uno de los amigos más cercanos del entonces Presidente. A éste le complacía que uno de sus mejores asociados políticos mantuviera cercanía con el expresidente, a quien Alemán le debía la gratitud de múltiples apoyos políticos durante su carrera.

El diputado alemanista y don Manuel tenían un tema común: su pasión por los caballos. Con ello solían, por lo menos una vez al mes, tener un desayuno en su Hacienda de La Herradura, visitar las caballerizas y realizar una cabalgata por aquellas bellas colinas, hoy convertidas en fraccionamiento.

No requerían de temas políticos, mismos que no deberían ser tratados. No hablaban de historia, terreno complicado entre un expresidente y un confidente del presidente en turno. No abordaban el futuro, cuestión siempre vedada para quien ya concluyó su mandato. Caballos y nada más. Con ello disfrutaban desde la hora muy temprana a la que suele desayunar un militar, hasta cerca de la hora de la comida, descontando que, en ocasiones, también se le invitaba a proseguir: “Quédese a comer, diputado, o ¿tiene algo importante que hacer?”, —“Nada más importante que disfrutar con usted, señor Presidente”.

Así repetían la misma rutina: la mesa, las caballerizas y otra breve cabalgata, para bajar la comida.

De esa manera cumplían un cometido con alta finura política. Ávila Camacho se sentía atendido por un alemanista íntimo, portador de mensajes presidenciales tan discretos como un buen libro o un buen vino, y Alemán cumplía con los deberes de amistad sin contaminar los deberes de la investidura.

Ávila Camacho era un auténtico hombre de a caballo y en ello encontró no un refugio sino un gozo en su post imperium. Ya desde que era Presidente se mandó construir una cabaña-palco privado en la zona entonces boscosa donde hoy se encuentra el Centro Banamex, frente a las tribunas del Hipódromo de las Américas. Como expresidente siguió disfrutándolo. Su hacienda privada era vecina del hipódromo. Discretamente ingresaba por la puerta de caballerizas en la avenida del Conscripto la cual, por cierto, y “extraña coincidencia”, conduce y termina en La Herradura.

Lo mismo que hacía para disfrutar de las carreras de caballos lo hacía para ver partidos de polo en el Campo Marte, donde también tenía palco privado. En fin, se dice que todavía montó el último día de su vida. Murió habiendo cumplido tan solo nueve años de expresidencia, pero todos ellos en la tranquilidad y en la paz que se fue construyendo con la debida anticipación. La existencia de este expresidente es la que más se parece a un proyecto de vida y no a una circunstancia imprevista del destino.

Por el contrario, una expresidencia atroz recayó en otro poblano. Gustavo Díaz Ordaz inició esa etapa casi en un escondite político al que fue confinado por el régimen de su sucesor. En el subsecuente fue sacado de allí por López Portillo quien lo designó como nuestro primer embajador ante la España reencontrada. Pero siempre fue un expresidente muy atormentado. El odio de su pueblo, el juicio de la historia y los fantasmas de su mente siempre lo persiguieron hasta en los sueños. Se dice que mucho se acercó a las fronteras de la locura. No sé si esto sea cierto, pero no dudo que vivió en los terrenos de la infelicidad. Creo que vio a su propia muerte, muy anunciada por el cáncer, como un alivio.

Hay un caso que dejé para el final: Vicente Fox. Creo que es el expresidente más feliz que hemos conocido. Ello le da algo de razón a mis teoremas. Fox fue el presidente que ha tenido México con menos consciencia de lo que detentaba. No sabía lo que era y, por eso, nunca sufrió al dejar de serlo. Hoy, goza su vida personal y creo que no la cambiaría por nada. Es una expresidencia verdaderamente tranquila.

Pero, al igual que con Ávila Camacho, tengo la impresión de que fue preparada con toda previsión. Incluso, desde varios años antes de concluir su mandato, declaraba abiertamente lo que haría de su futuro. Acondicionó su rancho, instaló su fundación, abrazó la serenidad.

Por cierto, realmente fue el único que regresó a su pueblo de origen. Los demás conservaron alguna hacienda o casa en sus localidades natales pero no para vivirlas sino para referirlas. No cuento en esto a Echeverría, López Portillo y Salinas porque ellos fueron capitalinos de nacimiento y aquí permanecieron. El Distrito Federal era su “terruño” y no lo cambiaron.

Pero Cárdenas prefirió Las Lomas que Jiquilpan. Alemán eligió Polanco y no Sayula. De la Madrid optó por Coyoacán, no por Colima. López Mateos escogió San Jerónimo y no Atizapán. Ávila Camacho seleccionó La Herradura antes que Teziu-
tlán. Zedillo antepuso Connecticut a Mexicali. Y Díaz Ordaz se quedó en El Pedregal y no volvió a Chalchicomula. Desde luego, para todos queda en claro que ninguno fue tonto.

Las “horas extra” en servicio de la nación

Hay algo, en todos nuestros expresidentes, que es muy justo reconocer. Su buena disposición para seguir ayudando a las causas de México en aquellas ocasiones excepcionales en que han sido requeridos para ello. Muchas veces han sido utilizados tan sólo como símbolo pero, subrayo, que como símbolos importantes y verdaderos.

Quizá una de las dos comisiones más importantes se dio en 1942, con la entrada de México a la Segunda Guerra Mundial y la consecuente suspensión de garantías constitucionales. El Presidente Ávila Camacho resolvió convocar a un pacto de unidad política a todos los expresidentes, incluyendo a los enemistados entre sí, Calles y Cárdenas.

La decisión fue muy inteligente. La fotografía en el balcón central del Palacio Nacional con los mencionados mostraba unión y reconciliación, aunque fuera “de dientes para afuera”. Pero hubo algo más agudo. En momentos bélicos y subconstitucionales, las fuerzas armadas se volvían una posición estratégica y hasta peligrosa. Pero Ávila Camacho designó a Cárdenas como secretario de la Defensa Nacional. Un expresidente, por lo tanto impedido de aspiraciones presidenciales, sería el único que garantizaría  institucionalidad en ese poderoso mando.

Hasta allí, todo bueno. Pero, como suele suceder en la alta política, con el encuentro de una solución se abre un nuevo problema. ¿Qué hacer con Calles para no parecer parcial en el pleito histórico? ¿Qué darle para compensar los repartos? La idea brillante apareció en la mente presidencial. Hay quienes dicen que la sugirió el secretario de Gobernación, Miguel Alemán: regalarle Sonora al general Calles, convirtiendo en gobernador a su incondicional Abelardo L. Rodríguez, también expresidente. Desde luego, un muy buen regalo.     

Otra amplia disposición de servicio la tuvieron Lázaro Cárdenas y Miguel Alemán, ya como expresidentes. Ellos jugaron un papel muy interesante en el concierto internacional en el que México participaba.

Cárdenas había sido identificado como un hombre de creencias socialistas y emparentadas con el comunismo. Amigo de Rusia y de Cuba. Simpatizante de las izquierdas radicales de México. Protector de los obreros y campesinos. En fin, el símbolo mexicano de la política de izquierda. Así, cuando era necesario advertir de algo a las potencias occidentales, Cárdenas tomaba un avión y se iba a retratar con Castro, con Kruschev o con algún líder del mundo “no alineado”.

A su vez, Alemán había sido identificado como un hombre de creencias liberales y emparentadas con el capitalismo. Amigo de Estados Unidos y de Europa Occidental. Simpatizante de las derechas mexicanas. Protector de empresarios y banqueros. En fin, el símbolo mexicano de la política de derecha. Así que, cuando era necesario advertir algo a las izquierdas radicales, Alemán tomaba un avión y se iba a retratar con Rockefeller, con Adenauer o con cualquier líder del “mundo libre”.

Tanto Cárdenas como Alemán conocían muy bien su juego y lo seguían a la perfección. En realidad, ninguno era tan amigo de los comunistas o de los capitalistas como muchos lo creían. Pero era bueno que lo creyeran. Era útil para la nación y para el presidente en turno quien, a través de ellos, podía hablar sin decir una sola palabra.

Todo esto lo hicieron durante largos años para seguir sirviendo a México. Lo hicieron sin fatiga, sin fastidio y, desde luego, sin factura.

Otros expresidentes realizaron tareas quizá más simbólicas que reales pero, no por eso, menos valiosas. Portes Gil, ya lo decíamos, después de ser Presidente, fue secretario de Relaciones Exteriores, procurador General de la República, presidente del PRI, embajador en Francia y en India, y presidente de la Comisión Nacional de Seguros. Él representaba a Calles, el Maximato, la fundación del PRI.

Ya comentamos que López Mateos invitó a siete expresidentes a ocupar posiciones de gobierno, desde luego todas ellas muy bien escogidas y con límites muy precisos. En ese entonces había tres expresidentes muy emblemáticos y los incorporó pero con “bardas muy altas”. Cárdenas, a presidir la Comisión del Balsas, y Ruiz Cortines la del Papaloapan. Es decir, a su tierra y nada fuera de ella. Alemán, a la Comisión de Turismo. Todo fuera de México, nada aquí.

Otros expresidentes, menos emblemáticos, también fueron incorporados. Portes Gil a la Comisión Nacional de Seguros; Abelardo L. Rodríguez a la Comisión de Pesca y Pascual Ortiz Rubio a algo muy extraño llamado representante del Gobierno ante el Patronato de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos de México. También se incorporó a Roque González Garza, uno de los llamados “presidentes convencionistas”, es decir, amigo de Pancho Villa y enemigo de los que serían los “presidentes constitucionalistas”, más tarde llamados priistas. Pero todo sea por la unión revolucionaria.

En el mismo tenor, ya dijimos que Díaz Ordaz fue embajador ante España. Echeverría lo fue ante Australia. López Mateos fue muy brevemente presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos y Miguel de la Madrid fue director del Fondo de Cultura Económica.

No recuerdo comisión oficial alguna de Ávila Camacho, López Portillo, Salinas, Zedillo y Fox.

A manera de epílogo

Algo que la vida me ha mostrado es que lo que más nos enseña de un expresidente es el trato directo con él. Por su aislamiento y su silencio, no podemos saber mucho de ellos a larga distancia. No están en los medios. No declaran. Casi no aparecen. Sólo platicar con ellos nos dice algo de su interior.

Pero, además, es un ejercicio interesante. El menos lúcido que podamos imaginar, es un hombre inteligente y experimentado. Ha vivido mucho y sabe mucho. Tienen un atributo que los distingue de los demás seres humanos: su unicidad. Son únicos, incomparables e irrepetibles. No hay dos iguales, así como no hay dos presidentes iguales.

Conversar con ellos siempre aporta algo, aunque tan sólo sea anecdótico. Nos regalan su tiempo, aunque sabemos que les sobra y que ellos sienten que somos nosotros los que les regalamos el nuestro. Nos surten consejos, aunque no siempre sean de los que podemos aplicar. Nos cuentan sus hazañas, aunque nos demos cuenta que están salpicadas de mentiras. Pero nunca nos vamos con las manos vacías. La ocasión siempre es para comentarla y compartirla.

Yo, desde luego, no he tratado más que sólo a algunos cuantos. Pero atesoro haberlo hecho. De los que gobernaron en el tiempo que he vivido nunca platiqué con López Mateos como expresidente. Yo era un jovencito preparatoriano cuando él cayó en un coma irreversible. A pesar de su fuerte amistad con mi padre, las circunstancias impidieron tratarlo después de su mandato. Sin embargo, tengo una sólida amistad con su hija y con su nieta. Esta última, acompaña a mi hijo en la organización de jóvenes, López Mateos Siglo XXI, que él preside.

A Díaz Ordaz tampoco lo traté como expresidente. Nunca tuve el impulso de hacerlo ni, tampoco, se dio la coincidencia. A Ernesto Zedillo no lo he visto desde que concluyó su mandato. Yo no he ido a Connecticut desde que mi hija terminó sus estudios realizados allá.

Pero, por el contrario, mucho traté a Miguel Alemán, siempre con afecto y con respeto. La fraterna amistad que el inteligente político sostenía con mi padre, desde los años preparatorianos, lo inducía y le permitía tratarme patriarcalmente. De esa manera y gracias a ello, siempre me dio muy buenos consejos y enseñanzas. Tuve, incluso, la distinción que me hizo su familia para pronunciar sus elegías de “cuerpo presente”.

A Luis Echeverría lo visité mucho, sobre todo antes de los acosos judiciales a los que lo han sometido y que lo han retraído. Por intercesión de su secretario particular y hombre de confianza, el general Jorge Nuño, casi siempre era yo invitado a desayunar o comer en su mansión de San Jerónimo, donde reina el estilo mexicano más puro, no sólo en la arquitectura y la decoración sino también, en el arte, la comida y el ambiente.

Sin embargo, algunas veces logré lo que muy pocos han logrado. Sacarlo de casa e invitarlo a un restaurante. Casi siempre hacía que nos acompañara algún amigo interesante. Recuerdo una ocasión que fue conmigo el exitoso e ingenioso empresario Pablo Funtanet, creador de negocios muy sorprendentes. Otra me acompañó el magistrado y político chiapaneco Juan Lara. Y otra más fue con nosotros el inteligente estratega comercial Isaac Chertorivsky, entonces presidente de Bacardí.

Con Miguel de la Madrid estuve en su biblioteca, en el restaurante y en muchos eventos. Con él se platicaba largo y apacible. Me dolió ver su salud decaída como también me dolió ver las dolencias progresivas de José López Portillo. Con éste nunca salí y sólo nos reuníamos en la imponente biblioteca de su casa de Bosques de Las Lomas. Casi siempre le gustaba platicarme de los clásicos griegos, sobre todo de Aristóteles. Aquí anoto lo sobresaliente. En Echeverría siempre afloraba el político. En De la Madrid, el financiero. Y en López Portillo, el maestro.

Por último, con Carlos Salinas la plática suele ser más cómoda. Nos hicimos amigos en la adolescencia. Compartíamos el gusto por la oratoria y juntos tomábamos clase particular con José Muñoz Cota, mexicano que fue campeón internacional. Me gusta platicar con él. Es agudo, es rápido, es profundo. No desperdicia frase y lo entiendo sin muchas palabras.

Todo esto muchas veces se acompañó de las delicias de lo anecdótico. Durante mis tiempos de servicio público cumplí el protocolo de solicitar la autorización presidencial correspondiente para visitar a un expresidente. Invariablemente, siempre la obtuve de inmediato. Ninguno de los presidentes que fueron mis jefes me impidió visitar a sus antecesores. Alguna ocasión, un presidente me corrió la broma de permitirme la visita “con la condición de que luego le platicara lo conversado”. Obviamente, a ningún Presidente le interesa en lo mínimo lo que piense o diga un expresidente.

Ya mencioné el tiempo sobrante de los expresidentes. Para ello narré  las jornadas ecuestres de mi padre con Ávila Camacho. A mí, en cierta ocasión, un expresidente me invitó al restaurante. Llegamos a las 14:30 y salimos … ¡a las 20:30!

A todos les gusta el “apapacho”. Será porque todos han sufrido la ingratitud, la soledad, el menosprecio, la crítica, la burla, la calumnia y la amenaza. Algunos, incluso, han sufrido la acometida de sus sucesores. Y es que nos queda en claro que a Ruiz Cortines no le gustaba Alemán como a Echeverría no le gustaba Díaz Ordaz, a De la Madrid no le gustaba López Portillo y a Zedillo no le gustaba Salinas.

Lo primero que se nos ocurre es que esas fueron ingratitudes para con quien los cobijó, los impulsó y los coronó. Pero creo que no siempre esta explicación sea tan simple. A veces he pensado si no sería ingratitud sino rencor por haber recibido, de su antiguo jefe, los malos tratos o las humillaciones que, en ocasiones, los jefes propinan a sus subalternos.

Eso me explicaría la repugnancia de Echeverría hacia Díaz Ordaz. Se dice que el poblano era mordaz, cruel y hasta lépero con sus colaboradores. Pero no me explica los otros casos porque Alemán, López Portillo y Salinas fueron todo un ejemplo de caballerosidad con sus empleados y con todo el mundo.

Luego, entonces, al descartar la ingratitud y el rencor sólo me queda una hipótesis pavorosa: la envidia. Que, con su enorme inteligencia, se hayan sabido inferiores a sus predecesores y esa inferioridad les resultare insoportable. Algo de razón puede haber en esto. En fin, sea ingratitud, rencor o envidia, lo cierto es que caras vemos y corazones no sabemos.

Luis Echeverría ha vivido en la soledad y hasta perseguido judicialmente. Creo que muy injustamente perseguido, pero muy acosado. López Portillo, ya lo dijimos, sufrió el encarcelamiento de sus amigos y Carlos Salinas el de su hermano Raúl.

Todos esos y muchos más, son casos resueltos y cerrados por la historia. Pero hay uno que llama mucho mi extrañeza. Ernesto Zedillo sigue enfrentando un proceso histórico que no ha terminado y al que no se le adivina fin.

La historia ha resuelto su veredicto, condenatorio o laudatorio, sobre todos los expresidentes. Los mexicanos han ratificado su admiración por López Mateos y, con la misma firmeza, han emitido su desprecio por Díaz Ordaz. Todos los demás han recibido sentencia firme, buena o mala. Pero Zedillo sigue con la causa abierta. Para algunos, un paladín de la democracia. Para otros un traidor a su partido y a sus amigos.

Si de infidelidad al partido se trata, pregúntesele a los priistas. Si de deslealtad amistosa es el asunto, pregúnteseles de esto a Carlos Salinas y a Francisco Labastida. Ellos podrían decirnos quién es Ernesto Zedillo. 

En fin, a pesar de todo, quizá Luis Spota no tenía toda la razón. Los expresidentes no están tan solos, sino acompañados en algo. Obregón terminó acompañado por sus ambiciones. Calles, por su poder y su exilio. Portes Gil, Ortiz Rubio, De la Huerta y Rodríguez, por el olvido. Cárdenas, por sus creencias. Ávila Camacho, por sus caballos. Alemán terminó acompañado por sus amigos. Ruiz Cortines, por sus rencores. López Mateos, por sus afectos. Díaz Ordaz, por sus fantasmas. Echeverría, por sus abogados. López Portillo, por sus amores. De la Madrid, por sus recuerdos. Salinas, por sus ilusiones. Zedillo, por sus intereses. Y Fox, por su esposa.

*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, AC

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twitter: @jeromeroapis

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