Excélsior vigila con GPS un trayecto de ayuda a damnificados

Dona comida en centro de acopio del Zócalo el 21 de septiembre y es entregada el 1 de octubre en Guerrero

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CUAJINICUILAPA, Gro. 6 de octubre .— Allá en la Costa Chica de Guerrero, en Cuajinicuilapa, región conocida como la perla negra de México, porque habita la comunidad más extensa de esa población, apareció un dispositivo GPS junto con una nota de Excélsior, que 11 días atrás este periódico había escondido en una caja de cereal instantes antes de entregarla en el macrocentro de acopio del Zócalo capitalino, para seguir la ruta satelital de las despensas distribuidas a los damnificados por las inundaciones.

María Martina Anastasio se encontró la nota después de repartir un puño de cereal a cada uno de sus siete hijos y reclamar a su familia que ella también se merecía un poco de comida, porque había cargado solita la despensa de más de diez kilos que los guachos (militares) repartieron en las canchas de la comunidad de Cuajinicuilapa. Y aunque el papel escondido en la caja del cereal especificaba que era parte de una investigación periodística sobre ayuda a damnificados y tenía un número de teléfono para que quien lo encontrara se comunicara a la redacción de Excélsior, Martina no pudo responder en ese momento, porque además de que su comunidad carece de señal de telefonía móvil, tampoco entendió el mensaje: es analfabeta.

Martina y la mayoría de los 566 pobladores del Cerro del Indio son campesinos dedicados a cosechar maíz, ajonjolí, papaya, jitomate, sorgo, entre otros productos. Sin embargo, la tormenta tropical Manuel arrastró o inundó sus siembras, el único sustento laboral y alimenticio para muchos habitantes de la comunidad.

Nosotros no nos morimos con el agua, pero ahorita siento que vamos a sufrir en la seca, pues no vamos a sacar nada de nuestras siembras”, lamentó don Antonio Marín, campesino y poblador del Cerro del Indio.

Entrega

El sábado 21 de septiembre, a las 18:04 horas, Excélsior entregó el cereal en uno de los seis centros de acopio que operan en la Plaza de la Constitución. La señorita que recibió la caja sacó una hoja para que el donante anotara su nombre, teléfono, dirección y correo electrónico.

Entonces, después de cruzar el primer filtro del centro de acopio del GDF, el cereal pasó a manos de los voluntarios que separan los artículos en varias hileras: la de productos de limpieza, la de leche en polvo, la de cereales, los granos, sopas, etc; para que así, con mayor facilidad, otro grupo pudiera armar las despensas.

Cada caja de despensa para una familia pesa en promedio diez kilos. Y los productos que por lo general la integran son dos latas de sardina, un kilo de arroz, un litro de aceite, cuatro latas de frijol o una bolsa de un kilo, paquete de papel higiénico, rollo o caja de galletas, bolsa de lentejas, un kilo de azúcar, sal, latas de atún, un frasco o bolsa de café, tres purés de tomate, tres bolsas de sopa, una lata de chiles, una mayonesa, una mermelada y una lata de verduras.

Cada que están listos los grupos de 60 o 40 cajas de despensas, se arman contenedores con plástico para emplayar y se les pega una etiqueta en la que se lee: “Apoyo Humanitario. Prohibida su venta”.

De acuerdo con el monitoreo del GPS, el cereal estuvo estacionado una semana sobre la plancha del Zócalo: del sábado 21 al sábado 28 de septiembre.

El general brigadier José Roberto Muñoz, coordinador de los centros de acopio, explicó que la ayuda permanece por algún tiempo debido a la falta de transporte: “Si los tráilers están disponibles, pues podemos enviar hasta ocho por día, pero si esos mismos vehículos se desplazan fuera el DF, nos quedamos sin transporte”.

Por fin, el sábado 28 de septiembre, a media tarde, arrancó el tráiler que transportaría la despensa que tres días después, María Martina llevaría a su casa a 572 kilómetros de DF.

Horas antes de la salida del tráiler, Muñoz expidió un documento para amparar el número el despensas transportadas y el peso, entre diez y 12 toneladas.

La ruta fue la siguiente: carretera federal México-Cuernavaca hacia Guerrero. Una vez en Acapulco, el vehículo pasó casi un día en el centro de acopio de la Policía Bancaria del estado, en el aeropuerto internacional.

Hasta el domingo 29 de septiembre, por la tarde, la despensa siguió su camino hacia Cruz Grande y permaneció ahí.

Eran las 18:27 horas del lunes 30 de septiembre cuando el cereal llegó a Cuajinicuilapa, donde el martes a las 07:19 horas  Martina la recogió y llevó a casi 11 kilómetros en el Cerro del Indio.

Hallazgo

Martina, después de pelear con sus hijos para alcanzar un plato de cereal, observó que hasta abajo de la caja había un aparato negro (el dispositivo GPS) y una nota, pero como no podía leerla se la enseñó a sus dos hijas, que sí van a la escuela, para que le descifraran el mensaje.

Su hija mayor, Paty, de inmediato, al revisarlo, le dijo a su mamá que se llevaría el papel al bachillerato, donde estudia, a lado de la alcaldía de Cuajicuinicuilapa, donde sí hay señal de celular y una de sus amigas, Emma Quintero, tiene teléfono.

“Yo traía un celular y le dije a Paty, deja ver si me alcanza el saldo y marcamos, para saber si esto es cierto”, contó Emma Quintero, sobre cómo establecieron contacto con Excélsior.

Después de la llamada, el periódico comprobó que las despensas donadas por miles de capitalinos sí estaban llegando a manos de los damnificados por las inundaciones.

Aunque sea por unos días, María Martina Anastasio, con la ayuda de los capitalinos, calmó el hambre de sus pequeños hijos, porque el maíz que solía recolectar para comer si no está negro, está hinchado por el agua, agusanado o apestoso. La mayor parte de los cultivos se volvieron incomibles hasta para los marranos.

Y aunque las despensas para muchas familias del Cerro del Indio han significado no quedarse unos días con el estómago vacío, todavía necesitan mucha ayuda, debido a que persiste la inundación en la zona.

El agua estancada y verdosa que dejó Manuel ahora se convirtió en un riesgo sanitario para los pequeños hijos de Martina que corren y saltan sobre el líquido podrido sin zapatos.

“¿Cómo vamos a sacar esa agua? Estamos dejando que se consuma, porque no tenemos bomba y le llamamos a los de las maquinarias para que vengan y nos dicen que mañana y mañana, pero ese mañana nunca llega. Es peligroso, porque de ahí salen enfermedades y muchos zancudos. De noche no dormimos por estar matando moscos”, comentó don Bolustano, mientras manoteaba ahuyentando zancudos.

Antes de que Excélsior saliera de la comunidad del Cerro del Indio, la familia de Martina y los pobladores no dejaron de pedir desesperados más ayuda.

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