Bicentenario del Congreso de Anáhuac: Legislar “a salto de mata”

Hace doscientos años, los primeros diputados huyeron para salvar su vida, tras el acecho de tropas virreinales

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 (PRIMERA DE DOS PARTES)

CHILPANCINGO, 14 de septiembre.— Los maestros de la CNTE no son los únicos personajes de la historia que han sitiado las instalaciones del Congreso, ni los primeros que han obligado a los legisladores a huir hacia una sede alterna, forzándolos a trabajar en condiciones precarias.

Hace 200 años, otra Legislatura mexicana, convocada por José María Morelos y Pavón, también debió escapar de su sede original, a causa de la cacería emprendida por las tropas realistas contra lo que llamaron “junta diabólica”. Los diputados de aquel tiempo metieron los archivos del Congreso de Anáhuac en belices y cajas de cartón, las amarraron a lomo de mulas y salieron en busca de un recinto seguro.

Fueron dos años de legislar a salto de mata. Algunos días pudieron sesionar en iglesias y haciendas, pero en otros lo hicieron a ras de suelo, sólo protegidos por la sombra de los naranjos. En ocasiones, los congresistas y sus escoltas tuvieron la suerte de dormir en catres, pero en otras debieron pernoctar a la intemperie. Unas veces, los fugitivos eran agasajados con banquetes que preparaban las poblaciones que simpatizaban con la causa insurgente; otros días sobrevivieron con la sola ingesta de hierbas silvestres.

La aventura inició el 13 de septiembre de 1813, en Chilpancingo, Guerrero, y terminó en Tehuacán, Puebla, el 14 de diciembre de 1815, sólo un mes después de la captura y fusilamiento de Morelos. En esos dos años, los abogados y sacerdotes que formaron parte de esa caravana legislativa se instalaron en 28 sedes distintas y recorrieron aproximadamente tres mil kilómetros.

Excélsior visitó 12 de los sitios recorridos por los congresistas, en algunos municipios hay museos en honor a la labor de los diputados rebeldes; en otros, los edificios que fueron Palacio Nacional o Palacio Legislativo están en ruinas o fueron absorbidos por el comercio. En algunas localidades el paso está restringido debido a las actividades del narcotráfico, pero en otros simplemente olvidaron que por ahí pasó la historia.

En aquel tiempo, los insurgentes alternaron la actividad bélica con la construcción de leyes e instituciones: al tiempo que resistían a las tropas del reino español, emitían bandos y decretos que dieron origen a las primeras formas de gobierno y al sistema jurídico del naciente país.

Tierra de la Declaración de Independencia (septiembre de 1813 a enero de 1814)

CHILPANCINGO.— Cien trabajadores laboraron a marchas forzadas durante toda la semana para remozar la plaza principal y embellecer la catedral de Santa María de la Asunción, templo que hace 200 años se convirtió en la primera Cámara de Diputados y en el primer Palacio Nacional, pues fue sede de la instalación del Congreso de Anáhuac, así como del nombramiento de José María Morelos y Pavón como jefe del Supremo Poder Ejecutivo.

El recinto debía estar listo para la ceremonia del bicentenario, para el que las autoridades locales echaron la casa por la ventana. Pero organizaciones civiles no se han contagiado del ánimo festivo, pues aseguran que de los 200 millones de pesos asignados para la remodelación del zócalo, sólo se gastaron 85.

Asimismo, afirman que árboles que tenían decenas de años en el parque central fueron cortados para la instalación de luminarias y jardineras. “Morelos no estaría de acuerdo con la forma en que se están gastando los recursos”, acusa uno de los activistas.

242 artículos redactaron para la Constitución de Apatzingán.

La placa en memoria de Leonardo Bravo, quien fuera brazo derecho de Morelos en sus primeras campañas bélicas, también fue retirada, y hasta ahora nadie sabe si la volverán a colocar. Los ingenieros y autoridades locales parecen olvidar que Bravo murió en batalla el 13 de septiembre de 1812, y que el Generalísimo habría decidido realizar el Congreso en esta ciudad y en esta fecha justamente en honor a su querido combatiente.

El inmueble que no resultó favorecido por la fiebre del bicentenario ni por el presupuesto para los festejos es el que actualmente alberga la Unidad de Servicios Educativos y Culturales de Chilpancingo. En esta edificación, castigada por los grafitis, fue la segunda sede el Congreso de Anáhuac, pues en la iglesia de la Asunción sólo se realizaron las primeras tres sesiones.

En este domicilio se firmó el Acta de Independencia de la América Septentrional y la Declaración para la Abolición de la Esclavitud. Asimismo, fue entre estas paredes que el Congreso propuso que José María Morelos, en su calidad de Generalísimo y jefe del Poder Ejecutivo, fuera nombrado “alteza serenísima”, a lo que el cura de Carácuaro respondió: “Humildemente no puedo aceptar ese nombramiento, yo sólo soy un siervo de la nación”.

Pero ninguno de esos antecedentes valió para que las autoridades locales conservaran el inmueble. Ricardo Infante, cronista de Chilpancingo, refiere que el edificio original se derrumbó tras el terremoto de 1957, y la gente comenzó a llevarse herrería y bloques de piedra. En aquel tiempo, los gobernantes decidieron demoler toda la construcción y edificar una escuela primaria, que después se convirtió en oficinas oficiales.

Entre las anécdotas que se cuentan sobre la estancia de los congresistas en Chilpancingo está la de un niño de diez años que solía pasearse y dar lata en el salón de sesiones. Para mantenerlo ocupado, Morelos le ordenó reclutar a un ejército de niños. El menor se llama Juan Nepomuceno Almonte, fue hijo del Generalísimo y su pelotón de chamacos servía para recoger armas y balas de cañón tras las batallas con los realistas.

Reivindican su página en  la historia (febrero de 1814)

CHICHIHUALCO, Gro.— El primer lugar al que se trasladan los nueve congresistas mexicanos, luego de abandonar Chilpancingo, es a este poblado, cuya principal característica es estar rodeado de numerosas montañas dispuestas en pares.

Aquí se asentaron los poderes algunos días antes de enfilarse hacia la inhóspita sierra. Sin embargo, si hoy los legisladores quisieran arribar a esta zona, tendrían que pasar por tres retenes del Ejército mexicano y abrir sus equipajes y archivos para demostrar que no llevan droga o armas.

A consecuencia de un enfrentamiento entre militares y presuntos integrantes del crimen organizado, que dejó un soldado y un maleante muertos, el 50 Batallón de Infantería dispuso un operativo de vigilancia que va desde Chilpancingo hasta Tlacotepec, con el objetivo de cercar, por aire y por tierra, a los integrantes de la banda de narcotraficantes denominada Los Rojos.

En esta convulsiva región habita Alberto Morales Adame, la persona que mejor ha documentado el papel de Chichihualco, cuna de Nicolás Bravo, en la lucha de independencia.

“Yo estoy muy molesto con nuestras autoridades estatales”, reclama el hombre, pues sostiene que para las festividades con motivo del Bicentenario del Congreso de Anáhuac se han organizado actos cívicos en Ometepec, Tecpan, Tixtla, Tepecoacuilco, Taxco y Acapulco, dejando de lado a Chichihualco.

“Los diputados actuales nos han marginado de las festividades, demostrando su absoluta ignorancia de la historia”, insiste.

Morales Adame recuerda que en mayo de 1811 tuvo lugar aquí la llamada “Batalla de los encuerados”, cuando las tropas del comandante realista Lorenzo Garrote llegaron a Chichihualco y sorprendieron a los soldados de Hermenegildo Galeana mientras éstos se bañaban en el río Michapa, lo que dio lugar a un sangriento enfrentamiento.

Al final, los hombres de Galeana, apoyados por el hacendado Leonardo Bravo (padre de Nicolás Bravo), lograron hacer huir a los virreinales. Ese acontecimiento, asegura, propició que la familia Bravo se incorporara a la lucha independentista y aliara con Morelos.

Tres años después, el 17 de febrero de 1814, se registró otra batalla en Chichihualco, cuyo nombre quiere decir “lugar donde las montañas se asemejan a los senos de la mujer”. Pero esta vez fue derrotado Juan Nepomuceno Rosáins, quien estaba a cargo de escoltar al Congreso de Anáhuac en su huida hacia Tierra Caliente.

La impenetrable  zona de combate  (febrero-marzo de 1814)

CHILPANCINGO.— Tlacotepec, corazón de la Sierra Madre del Sur, vive asolado por las gavillas de narcotraficantes, al grado que 800 familias de las comunidades del municipio de Heliodoro Castillo han dejado sus casas y ahora viven como refugiados en las inmediaciones de la Presidencia Municipal, pues hombres armados han calcinado personas, quemado casas y violado mujeres en los últimos meses.

Para subir al municipio fue necesaria la coordinación entre autoridades estatales y el gobierno municipal, a fin de que supieran las características del vehículo en el que nos desplazaríamos, así como sus nombres y fisonomía. Un integrante del gobierno estatal nos acompañaría en el recorrido.

No obstante, la noche previa a la visita, personal de Comunicación Social del estado solicitó que se cancelara el viaje, pues no estaba garantizada la seguridad, ni de los periodistas ni del funcionario estatal.

De ese modo quedó suspendida la visita a Tlacotepec, uno de los puntos donde hizo escala el Congreso de Anáhuac hace 200 años y el cual cuenta con un rico patrimonio histórico. Fue en este punto de la sierra donde los legisladores toman la decisión de quitarle a Morelos la titularidad del poder Ejecutivo, para dejarle sólo el cargo de Generalísimo y jefe de armas de las tropas insurgentes.

Aquí también tuvo lugar una emboscada por parte del ejército virreinal que obligó a los diputados a dejar archivos y equipaje, y salir corriendo sólo con lo que traían puesto. Entre la documentación que fue confiscada está el original de Los Sentimientos de la Nación, mismo que fue entregado a las autoridades españolas como prueba de que “un grupo de herejes quiere desconocer al rey Fernando VII”.

El mismo día que Excélsior tenía planeado viajar a Tlacotepec, el presidente municipal, Mario Alberto Chávez, tuvo una reunión con el gabinete de seguridad del estado, en el Palacio de Gobierno de Chilpancingo. Al salir de la junta, el edil informó que entre los acuerdos está que el Ejército Mexicano envíe cuatro destacamentos a la zona donde operan los narcos.

Al preguntarle si es posible un recorrido con la prensa para ver la situación en la que viven los habitantes y los desplazados, el alcalde contestó: “Yo les recomendaría que no”. De hecho, los propios funcionarios municipales admitieron que los festejos del 15 de septiembre podrían ser cancelados por el clima de inseguridad que priva en la zona.

Este diario también hizo gestiones para trasladarse a Ajuchitlán, otra de las comunidades donde tuvo una estancia el Congreso de Chilpancingo hace dos siglos. Sin embargo, voceros del gobierno estatal sostienen que ese sitio —donde predomina el cultivo de amapola— es aún más impenetrable que Tlacotepec, al grado que la alcaldesa tiene tiempo que no despacha ahí.

El Generalísimo eclipsa al Congreso (abril-mayo de 1814)

HUETAMO, Mich.- El año pasado, los pobladores de Carácuaro y Nocupétaro estuvieron a un paso de los golpes, debido a una controversia provocada por el Congreso estatal en torno al arranque del activismo insurgente de Morelos.

Históricamente se ha sabido que El Rayo del Sur inició su actividad militar el 25 de octubre de 1810 en Nocupétaro, al frente de 16 indígenas mal armados, pero los diputados locales dispusieron erróneamente que esa fecha se conmemorara en Carácuaro, donde Morelos fue sacerdote durante varios años.

Mientras tanto, en Huetamo, municipio cercano a las poblaciones en discordia, los habitantes contemplaron con calma el pleito de sus vecinos, pues aquí tienen su propio cachito de historia.

28 sedes ocupó la caravana legislativa, durante los dos años.

“Morelos salió de Nocupétaro, efectivamente, pero no traía tropa. Aquí es donde logra conformar su primer ejército”, afirma Ángel Ramírez Ortuño, cronista de Huetamo, quien asegura que la respuesta de los habitantes para unirse al movimiento fue desbordante, tanto que Morelos debió rogar para que los ancianos y los muy jóvenes se quedaran a labrar la tierra.

Sin embargo, hay un capítulo de la Independencia que escapa al conocimiento de los huetamenses: el paso del Congreso de Anáhuac, que en abril de 1814 hizo una escala en esta calurosa demarcación en su ruta hacia Apatzingán.

Se tiene ubicada la plaza donde Morelos arengó a la gente para sumarse a la revuelta; se conoce de memoria la primera carta firmada por el prócer, ya en su calidad de insurgente (3 de noviembre de 1810), la cual está fechada en Huetamo; se sabe el número de personas que se le unieron en su marcha hacia el sur (294 de a pie y 50 de a caballo), y hasta se sabe dónde estaba el árbol al cual ataba su caballo.

Pero no hay indicios de la estancia de los legisladores que salieron de Chilpancingo. De lo que se tiene rastro es que en Huetamo se publicó un decreto que ordenaba la destitución de funcionarios que impidieran la actuación del Congreso.

De acuerdo con el libro Huetamo. Álbum histórico y fotográfico, de Luis Sánchez Amaro y Prudencio Sánchez Maldonado, en este municipio había disidentes a la causa independentista, y cita a los curas de apellido Díaz, Herrera y Vázquez.

También refiere que el pan hecho en Huetamo, a base de maíz tostado y piloncillo, era un “manjar bendito” cuando los congresistas no tenían qué llevarse a la boca.

Para mayo de 1814 faltaban sólo cinco meses para la promulgación de la Constitución de Apatzingán; y la redacción de los artículos iba a paso lento, por lo que en los futuros días los congresistas buscarían sitios más aislados y apacibles para terminar de escribir los artículos de aquel documento. 

“Y durmieron a campo raso” (junio de 1814)

PARÁCUARO, Mich.- A un costado de la carretera de va de Nueva Italia a Apatzingán se levanta un cerro puntiagudo, en cuya cima están las ruinas de lo que fue una casa de descanso del general Lázaro Cárdenas del Río.

Es el municipio de Parácuaro. En uno de los caminos ubicados al pie del cerro hay un arco que dice: “Bienvenidos Centro Ejidal Antúnez”. Son los mismos ejidos que cita en sus memorias el insurgente Carlos María Bustamante, y en los cuales tuvo lugar uno de los episodios más críticos del Congreso errante, pues los diputados debieron sesionar a campo abierto y pernoctar al aire libre.

“En el momento de llegar a un lugar los vocales, por miserable y despreciable que fuese, comenzaban a trabajar”, narra Bustamente, integrante del Legislativo itinerante. “En la hacienda de La Zanja, jurisdicción de Urecho, al pasar rumbo a Apatzingán, se tuvieron las sesiones bajo unos naranjos que hay ahí, pues no había un edificio grande donde cupiesen todos al abrigo de la intemperie: varias veces durmieron a campo raso enteramente, como en el Llano de Antúnez.”

Los taxistas apostados a la entrada del ejido dicen desconocer que en esos campos, donde hoy se cultiva algodón y melón, tuvieron lugar sesiones plenarias del maltrecho Congreso de Anáhuac, cuyos integrantes tomaban notas sobre las rodillas y donde unas simples piedras hacían las veces de las acolchonadas curules que hoy utilizan nuestros diputados federales.

Lo que sí saben bien los taxistas de la zona es informar a los “halcones” que rondan por ahí que las personas que toman fotos y levantan testimonios somos periodistas y que no representamos peligro para los cárteles del narcotráfico que controlan el trasiego de droga.

El guía que nos llevó hasta Llano de Antúnez explica que ese sector de la carretera es vigilado celosamente por “informantes” del crimen organizado, pues es un punto estratégico para la distribución de enervantes: ahí está cerca el cruce de vialidades que llevan tanto a Apatzingán, corazón de Tierra Caliente; al puerto de Lázaro Cárdenas, como a Morelia, capital de Michoacán.

Muy cerca de aquí, en la comunidad de Lombardía, municipio de Gabriel Zamora, aconteció una escena que raya en lo primitivo. Según las memorias de Bustamante, los congresistas “vivían en religiosa comunidad en la hacienda de La Zanja. En cierta vez se les presentó como a las diez del día un cochino, que luego sufrió una muerte cruenta, fue dividido en un santiamén, y cada uno tomó su tajada como pudo”.

La cocina de la Constitución (septiembre de 1814)

NUEVO URECHO, Mich.— La hacienda de Santa Efigenia es el lugar donde los diputados fugitivos pudieron serenarse y redactar con relativa tranquilidad la mayoría de los 242 artículos de la Constitución de Apatzingán.

Los legisladores y los hombres que los custodiaban llegaron a este sitio en septiembre de 1814, hambrientos, harapientos y, algunos, enfermos, debido a que hubo días en que no probaron bocado y hasta durmieron a la intemperie.

No existe un diario de los debates, pero sí escritos en los que se reseña que los miembros del Supremo Congreso Mexicano se alojaban, en ocasiones, en “jacales oscuros, húmedos y lóbregos”.

344 personas de Huetamo se le sumaron a Morelos

Fue en este lugar donde personajes como José Manuel de Herrera y Andrés Quintana Roo pudieron, por unas semanas, dejar de andar a salto de mata y concentrarse para poner en papel principios como Soberanía popular, División de poderes, Garantías individuales e Igualdad de los ciudadanos ante la ley.

Pero a 200 años de distancia, nadie parece recordar que aquí sesionó alguna vez el Congreso mexicano. Varios historiadores tenían la noción de que la hacienda de Santa Efigenia estaba cerca de una comunidad llamada El Cangrejo, pero ninguno había penetrado en esta zona para recoger evidencias.

Excélsior logró entrar y constatar que de aquella propiedad sólo queda un oxidado e inservible molino de caña de azúcar y unas cuantas paredes de roca que han sido cubiertas por el lodo y la maleza.

Santa Efigenia se ubica en el municipio de Nuevo Urecho, y para llegar hasta aquí fue necesario recorrer 20 minutos de terracería tras dejar la carretera. La vegetación aquí es abundante, apta para el pastoreo. La tierra es del color del tartán, tanto que con la lluvia se forman charcos color mamey.

“¿Paredes viejas es lo que buscan?”, pregunta uno de los pobladores cuando se le pide información sobre los vestigios de una hacienda que por algunos días fue sede legislativa.

Nadie tiene idea de que por estos cerros anduvieron Morelos y una decena de congresistas quienes, al tiempo que huían del acecho de las tropas españolas, trataban de armar un gobierno y darle soporte jurídico a una futura República.

Se les pregunta a los pobladores más viejos si tienen memoria del episodio histórico, pero la mayoría se encoge de hombros. Lo único que recuerda el paso de los insurgentes por estas tierras es una pequeña escuela primaria que lleva el nombre de quien, por 1814, era diputado por el estado de Nuevo León: un tal José María Morelos y Pavón.

Al tiempo que se redactaban los artículos constitucionales, desde aquí salieron órdenes para ejecutar a insurgentes traidores. También se sabe que aquí sesionaron las comisiones de Hacienda (encargada de administrar los bienes incautados al enemigo) y de la Constitución (que afinaba el documento de Apatzingán).

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