Los primeros 100 días: sintonía con el PRI

En su XXI Asamblea Nacional, el partido que regresó a Los Pinos luego de 12 años realizó los ajustes para acompañar el proyecto político de Enrique Peña Nieto

CIUDAD DE MÉXICO, 12 de marzo.- Auxiliado por la mística de sus correligionarios, que nacieron y se desarrollaron políticamente en torno de la figura presidencial, Enrique Peña Nieto reconstruyó en sus primeros 100 días en la Presidencia de la República la simbiosis entre un gobierno federal priista y el Partido Revolucionario Institucional (PRI), para que sus acciones cuenten con el respaldo de su partido político.

Ya desde agosto de 2008, el PRI, entonces dirigido por Beatriz Paredes y Jesús Murillo Karam, demostró que podía planchar los acuerdos previos a la realización de su Asamblea Nacional.

Sin embargo, fue en este primer bimestre del año que la construcción de acuerdos implicó más retos y, de acuerdo con los negociadores, el papel asumido por Enrique Peña Nieto fue fundamental.

El PRI tiene en su interior diversos grupos de obreros y campesinos que se oponen a la aplicación del Impuesto al Valor Agregado (IVA) en alimentos y medicinas y a la mayor participación del sector privado en Petróleos Mexicanos (Pemex).

Por ello, el trabajo de construcción de acuerdos logró vencer esas resistencias y los documentos básicos quitaron los candados que impedían a los priistas explorar en esos dos terrenos.

Fue necesario que varios dirigentes priistas intervinieran en las negociaciones, pero fue definitivo para ellos el trabajo de cabildeo que asumió el propio equipo del presidente Enrique Peña Nieto, al tiempo que resultó definitiva la relación estrecha que sostiene el mandatario federal con César Camacho Quiroz e Ivonne Ortega, presidente nacional y secretaria general del PRI.

El Revolucionario Institucional cumplió 84 años hace poco más de una semana. Es un partido que creció y se desarrolló al amparo del poder presidencial. Durante 71 años fue parte intrínseca del gobierno federal, desde que Plutarco Elías Calles lo fundó el 4 de marzo de 1929 como Partido Nacional Revolucionario (PNR), para que la disputa por el poder se diera en el ámbito institucional y se dejaran atrás los enfrentamientos armados.

El 2 de julio de 2000, el PRI fue desalojado de la Presidencia de la República por la victoria electoral del panista Vicente Fox. Fue así que durante 12 años transitó por una serie de circunstancias internas que lo llevaron por momentos a convertir a sus gobernadores en la figura de poder en torno a la cual debía moverse, y en instantes colocó en esa posición central a sus coordinadores parlamentarios en el Congreso de la Unión.

Pero ocho meses después de la victoria en los comicios presidenciales de 2012, el pasado domingo 3 de marzo el PRI volvió por sus fueros y lo hizo de la mano de un Enrique Peña Nieto robustecido luego de la aprehensión de la ex priista Elba Esther Gordillo, ahora ex lideresa del sindicato de maestros; de la firma del Pacto por México, en el que participan las dos principales fuerzas opositoras, es decir, el PAN y el PRD; de la concreción de la Reforma Educativa y de un estilo de gobernar que se basa en el diálogo constante con los diferentes partidos políticos.

Al lado de sus proyectos

Así, desde el domingo 3 de marzo pasado, el PRI luce como otro PRI, aunque en esencia se mantenga como el mismo PRI.

El Partido Revolucionario Institucional de Enrique Peña Nieto dejó atrás el nacionalismo, luego del periodo priista de liberalismo social y de un retorno al nacionalismo, para convertirse en un partido con perfil socialdemócrata que acotó o eliminó varios de sus principios nacionalistas que habían caducado en su definición, a fin de dar paso a conceptos más acordes con los objetivos del gobierno federal.

Los priistas mantienen su defensa histórica nacionalista de los derechos de quienes menos tienen, de los pobres, del pueblo, a quien de acuerdo con su Declaración de Principios le promete que velará por su educación, por su alimentación y por su salud.

Pero ya no es el PRI paternalista que endosaba al erario los costos de sus promesas. Ahora es un partido que promete progreso a las mayorías, pero con subsidios focalizados, ya no generalizados, con una reforma fiscal que podría incluir el IVA en alimentos y medicinas, pero sólo aplicable para las clases medias y las de mayores ingresos, no para los mexicanos de escasos recursos económicos.

Es desde ese día un partido que promete mantener su defensa férrea del nacionalismo petrolero, siempre con la bandera de que sólo el Estado y, por ende, todo el pueblo mexicano, es el dueño del petróleo, pero ahora ese nacionalismo lo adecua para poder asociarse con empresas privadas y potenciar la riqueza de los hidrocarburos del país.

Es desde el 3 de marzo, tras su XXI Asamblea Nacional, un partido que se declara moderno, que introduce en sus Estatutos la posibilidad de que sus siglas respalden candidaturas ciudadanas y que permitirá a todos sus militantes acceder a puestos de elección popular sin imponerles obstáculos.

En plena simbiosis

El PRI también regresó a sus orígenes, incluso los reforzó, porque si bien siempre se ha adecuado a la política de los Presidentes en turno emanados de sus filas, en esta ocasión incluyó a Enrique Peña Nieto en sus principales órganos de gobierno: el Consejo Político Nacional y la Comisión Política Permanente.

Además, fortaleció la Comisión Política Permanente, que ahora tendrá atribuciones para “analizar la situación política, económica y social del país y fijar la posición partidista y recomendar las acciones conducentes”, así como contribuir al enriquecimiento de la agenda nacional, con base en los principios ideológicos y programáticos que inspiran la acción de ese instituto.

También “favorecer el diálogo político con las distintas fuerzas políticas y sociales, a fin de fortalecer la gobernabilidad democrática y el Estado de derecho; dar seguimiento a los principales asuntos del entorno internacional, para tener una mayor presencia con las fuerzas políticas afines, en defensa de los intereses de nuestro partido y del país.

“Enriquecer la estrategia del partido en su diálogo con las diversas expresiones sociales para proponer políticas públicas y adecuaciones normativas que impulsen el desarrollo nacional; dictar resoluciones para el complimiento de objetivos, metas y propósitos de los Documentos Básicos”, precisan los Estatutos priistas.

También dejan en claro que dicha  Comisión conocerá de la renuncia de los dirigentes nacionales del partido, así como “conocer, analizar y, en su caso, formular recomendaciones sobre los temas prioritarios y acuerdos específicos de la Agenda Legislativa que para cada periodo le presenten con oportunidad los coordinadores de las fracciones parlamentarias del partido en las cámaras del Congreso de la Unión”.

De igual forma, añade al artículo 166 de los Estatutos que la Comisión, “podrá aprobar la postulación de candidatos al Congreso de la Unión, a gobernadores y jefe de Gobierno del Distrito Federal a ciudadanos simpatizantes, cuando su prestigio, fama pública, además de los estudios demoscópicos, señalen que se encuentran en un nivel de reconocimiento y aceptación superior al de los militantes que aspiren al mismo cargo”.

Así, el presidente Enrique Peña Nieto será factor fundamental en las decisiones de su partido y la simbiosis con el gobierno federal será un hecho, porque “si le va bien a México, le va bien al PRI”, resumió el propio titular del Ejecutivo federal al clausurar la XXI Asamblea Nacional del PRI, en la que se hicieron los cambios que requiere su proyecto político.

Los priistas, de nueva cuenta en un escenario familiar

En su análisis El PRI de la XVII Asamblea Nacional: de la Modernización a la Restauración, el investigador Ricardo Espinoza Toledo, de la UAM-Iztapalapa, explica que “el PRI tiene la característica de ser uno de los partidos que con mayor frecuencia somete a revisión sus documentos básicos. Desde esa perspectiva, el inmovilismo político de sus bases no se corresponde con su constante reconfiguración ideológica”.

Espinoza Toledo analiza en ese trabajo la transición del PRI que acompañó a los gobiernos de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas, que dejó atrás el nacionalismo de José López Portillo y Luis Echeverría, para dar paso al liberalismo social que permitió, principalmente a Salinas, que el Estado vendiera empresas y concesionara carreteras, hacia el PRI que retornó al nacionalismo con Ernesto Zedillo.

Explica que fueron las diferencias que el propio Zedillo mostró con su partido, cuando en marzo de 1995 advirtió que establecería una “sana distancia” con el PRI, lo que llevó a éste a optar por no facilitarle el trabajo a uno de los suyos.

De esta forma, destaca el investigador, el periodo de Zedillo se caracterizó por una relación distante con un PRI que cambió sus documentos básicos para poner candados a sus candidatos, para que no volviera a la Presidencia otro priista que no hubiera sido ni legislador ni gobernador, y que volvió al nacionalismo para impedirle a Zedillo opciones como abrir Pemex a la inversión privada.

Zedillo y el PRI sólo protagonizaron una Asamblea Nacional, la XVII, en 1996. No volvió a su partido para atestiguar un cambio de documentos ni el PRI convocó a asamblea hasta que salió de Los Pinos.

Los priistas, huérfanos de poder presidencial, depositaron en los gobernadores el liderazgo que les faltaba y reforzaron posiciones para evitar que los gobiernos del PAN aplicaran el IVA en alimentos y medicinas o pretendieran privatizar Pemex.

En su XX Asamblea, en 2008, el PRI aprobó un esquema en el cual la mayoría de sus grupos tuvieron participación de las decisiones en aras de la unidad, se tornó socialdemócrata y endureció posturas ante quienes lo traicionaran.

El domingo 3 de marzo el escenario fue distinto, ya sin ser oposición, y familiar, porque volvió a conformar una estructura con el gobierno federal. Enrique Peña Nieto llegó a sus primeros 100 días de su gobierno de la mano de su partido, pues logró reconstruir el engranaje histórico de los gobiernos priistas, con excepción de Ernesto Zedillo, con el PRI.

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