Estado Islámico, terroristas con poder económico
De acuerdo con un número creciente de especialistas, el EI es una secta apocalíptica que busca una batalla final

CIUDAD DE MÉXICO.
Atacar al mismo tiempo a Francia y Rusia, mientras está en guerra contra Arabia Saudita, Estados Unidos, Gran Bretaña y Turquía... Es el Estado Islámico (EI) contra el mundo. Literalmente.
Más aún, los partidarios del EI son una minoría: son musulmanes de origen sunita, pero enemistados con la mayoría de ellos y, por supuesto, con los de afiliación chiita. Algunos grupos combatientes, como Al-Qaeda o Al-Nusra, los consideran como “renegados”.
Y sin embargo, para los seguidores de Abu Bakr Al-Baghdadi, el califa que proclamó el “Estado Islámico” el cinco de junio de 2014 en Mosul, hay una razón lógica para las posiciones del EI.
De acuerdo con un número creciente de especialistas, el EI es una secta apocalíptica. Una que a diferencia de sus contrapartes cristianas, que se atrincheran a la espera de la Batalla del Armagedón, busca provocarla y participar en ella.
“Para reclutar y expanderse, el grupo del Estado islámico se apoya fuertemente en la idea de que el fin de mundo está cerca. El grupo extremista musulmán sunita usa las escrituras y profecías islámicas para apoyar su reclamo apocalíptico mientras ignora otras profecías contradictorias”, consignó el international Business Daily.
De acuerdo con William McCants, analista de la prestigiosa Institución Brookings y autor del libro The ISIS Apocalypse: The History, Strategy and Doomsday Vision of the Islamic State (El Apocalipsis del ISIS, la Historia, Estrategia y Visión del Día del Juicio del Estado Islámico), el EI tiene una misión específica.
“Propiciar el inmediato regreso del imperio islámico y ver adelante hacia el inminente fin de los días. Estas dos poderosas ideas religiosas, combinadas con una membresía inteligente, meticulosamente organizada, cuentan por su popularidad y conforman su comportamiento.
“Su meta no sólo es revivir ese imperio islámico sino facilitar el final de los tiempos, un concepto que significa que el EI anticipa una batalla final que restablecerá los días de gloria medievales de la comunidad musulmana. Y no se detendrán sino hasta lograrlo”, dijo McCants recientemente.
Esa batalla, creen los fanáticos, se dará en la llanura siria, en el poblado de Dabiq. Y Dabiq, significativamente, es el nombre de su revista electrónica, que en cada edición incluye la misma cita: “la chispa ha sido encendida en Irak, y su calor seguirá intensificándose –con el permiso de Alá– hasta que incinere a los ejércitos cruzados en Dabiq”.
La meta del EI, pues, es que los “ejércitos cruzados” lleguen a Dabiq para la confrontación última. La derrota de “los ejércitos de Roma” iniciará el Apocalipsis.
Los gobiernos establecidos, árabes y occidentales, tienen por lo pronto razón para presentar al EI como una amenaza: es considerado como el grupo terrorista más rico y más poderoso del mundo, tal vez de la historia. Pero al tiempo que necesita de un territorio para legitimarse y ponerse a la cabeza del extremismo árabe, lo necesita también para su meta última.
El Estado Islámico creó ya lo que bien podría calificarse como el embrión de un Estado: gobierna un territorio ligeramente mayor que el de Gran Bretaña, sobre porciones de Irak y Siria, y tiene una población de entre 6.5 millones y diez millones de personas. Sin embargo, parece poco respecto a sus ambiciones de recrear el califato arabe del siglo X, que iba de la frontera de India e Irán, en el oriente, a España y el sur de Francia en el este, incluso toda África del Norte.
Paralelamente ha logrado la sumisión formal, si no real, de grupos como Boko Haram, en el norte de Nigeria, el Wilayat Sinai (EI/península del Sinai) de Egipto y expresiones de lealtad de grupos afines en Libia, Argelia, Pakistán, Filipinas, Camerún, Niger y Chad.
Esos grupos, sus militantes y sus aciones agregan números y capacidades al EI de Oriente Medio.
De acuerdo con el Servicio de Investigación del Congreso estadunidense (CRS), la extracción de petróleo es su principal fuente de sustento: se estima que produce unos 48 mil barriles diarios de petróleo en campos de Irak y Siria que vende a precios muy bajos, lo que permite fuertes ganancias a los traficantes que corran los riesgos inherentes. Se cree que el EI recibe unos tres millones de dólares al día.
Irónicamente, se rumora que sus clientes incluyen a presuntos enemigos, como el régimen sirio de Hafez el-Assad, los turcos y kurdos iraquíes.
La extorsión –”impuestos”, dirían ellos– contra comerciantes y cristianos en las zonas ocupadas les brinda unos ocho millones de dólares mensuales, amén de cantidades desconocidas por el tráfico de antigüedades.
La escala de salarios de sus combatientes se inicia en 350 dólares mensuales, afirmó el CRS. Su “tesorería” se benefició en 2014 de la toma de Mosul, donde obtuvo unos dos mil millones de dólares depositados en bancos locales.
La disposición a enfrentar a los países occidentales y cometer atentados en territorio enemigo –frecuentemente a través de una red de simpatizantes en el terreno apoyados en sus activistas– le da, además una dimensión que hace recordar a la legendaria secta medieval de los hashashins (los asesinos), con al-Baghdadi, como la versión moderna del “Viejo de la Montaña”.
Nadie sabe exactamente cuántos combatientes tiene el EI, con estimaciones que van de 23 mil a 200 mil posibles. En su “territorio” de Oriente Medio, se supone que llegó a haber hasta 30 mil, incluso unos 3,500 de origen europeo, estadunidense y australiano.
Más aún, de acuerdo con al menos una versión, el propio EI afirma haber logrado introducir hasta cuatro mil combatientes en Europa, mezclados en la oleada de refugiados desde Siria y África del Norte, para vincularse con elementos descontentos y cometer atentados.
Pero también se conoce que el EI no desdeña la mentira ni la propaganda como armas estratégicas o tácticas. No miente sobre sus intenciones, sin embargo.
En alguna medida eso explica el éxito del EI en atraer combatientes y seguidores, tanto de países desarrollados como de las naciones árabes alrededor del territorio que poco a poco han creado en trozos de Irak y Siria que dominan y controlan a sangre y fuego, sin desdeñar el terror.
“Mucho de lo que hace el grupo parece absurdo excepto a la luz de un compromiso sincero, cuidadosamente considerado, de regresar la civilización al ambiente legal del siglo VII y ultimadamente atraer el Apocalipsis”, reiteró por su parte Graeme Wood en la revista The Atlantic.
La realidad es que es un estado “muy islámico”, precisó Wood. Uno que sigue a la letra los mandatos de Mahoma y sus primeros seguidores.
“Si, ha atraído sicópatas y aventureros, mayormente de las poblaciones desafectas de Oriente Medio y Europa. Pero la religión predicada por sus más ardientes seguidores se deriva de interpretaciones coherentes y aún expertas del Islam”, escribió el especialista.
La formulación de Wood refleja un creciente consenso en Estados Unidos y Europa, que deben enfrentar también que hacer con un Estado que confía en que podrá resistir cualquier golpe y que puede responder de forma dolorosa a cualesquier ataque, como demuestran los recientes atentados en Paris.
En septiembre pasado, el portavoz principal del EI, Sheik Abu Muhammad al-Adnani, convocó a los musulmanes radicados en occidente a “aplastar la cabeza (de un infiel) con una roca”, a envenenarlo, atropellarlo con un vehículo o a destruir sus cosechas, y adornó su exhorto con citas religiosas atribuidas al propio profeta Mahoma.
Esa cita sola es justificadora del terrorismo: la demanda de Mahoma llama a los musulmanes a hacer lo necesario para sabotear al enemigo cuando los ejércitos del Islam están en una posición defensiva...
“Ampliar el conflicto podría verse como un movimiento autodestructivo. Pero para algunos analistas, cuadra perfectamente en lo que el grupo anuncia como su misión principal, apocalíptica: atraer a los no creyentes del mundo a Siria para una batalla final, como de Armagedón”, concluyeron Craig Whitlock y Ellen Nakashima en The Washington Post.
De hecho, opinaron, cualesquier pérdidas que el grupo sufra “serán compensadas de lejos por el valor propagandístico de su nueva y probada capacidad de infiltrar otros países y matar a cientos de civiles, de acuerdo con funcionarios y analistas contra-terrorismo estadunidenses”.
Los líderes del EI combinaron “dos de las más poderosas aunque contradictorias ideas en el Islam –el regreso del Imperio Islámico y el fin del mundo–, es una misión y un mensaje que conforma la estrategia e inspira a su ejército de fanáticos combatientes”, escribió McCants en su libro.
Para Wood, “es evidente que su Estado rechaza la paz como una cuestión de principio, que ansía el genocidio, que sus opiniones religiosas lo hacen constitucionalmente incapaz de ciertos tipos de cambio, aún si ese cambio asegurase su supervivencia y que se considera como un heraldo –y jugador principal– en el inminente fin del mundo”.
Citado por The Washington Post, Matthew Herman, redactor en jefe del Terrorism and Insurgence Center (Centro de Terrorismo e Insurgencia) de la prestigiosa Jane’s, puntualizó que “mientras más golpee Occidente, mientras más mueran (en Siria), sólo añade a la narrativa de que el final se acerca”.
En junio de este año, el diario USA Today citó que según estimaciones de la inteligencia estadunidense sus ataques aéreos en Irak y Siria habían causado la muerte de 15 mil militantes del EI, pero que las bajas habían sido compensadas por el reclutamiento.
Ese es el enemigo de Occidente...
EL EDITOR RECOMIENDA



