Joven palestina usa imágenes para implorar paz

Farah Baker, la chica palestina que desde Twitter ha reportado los ataques en Gaza, relata a Excélsior su experiencia

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03/08/2014 05:46 Alberto Aceves H.

CIUDAD DE MÉXICO, 3 de agosto.- Cinco años después, el mismo vacío en el estómago. El miedo se siente, humedece las manos y estorba. La cifra de muertos asciende a más de mil 500 palestinos y más de 60 soldados israelíes. Se reporta un alto índice de niños, víctimas de los ataques. Aviones caza F16 sobrevuelan Gaza: la ciudad es bombardeada otra vez a media noche. No hay energía eléctrica ni agua. Pero Farah Baker sigue con vida.

Después de varios minutos de refriega, los oficiales exploran la zona. En esa búsqueda de sobrevivientes es cuando encuentran a los muertos. Cuando es tarde o el tiempo de tranquilidad no alcanza, hallan sólo cadáveres insolados, que ya habían comenzado a roer los animales.

Farah vive asustada y no sale de casa. La mayoría de las veces hacerlo significa la muerte. A ratos observa por una de las ventanas de su recámara: afuera, el fuego deja sólo imágenes de destrucción y sangre. Sus padres
—Raja y Basil— cuidan de ella y de sus cuatro hermanas (todas palestinas), “pero Israel está haciendo una guerra criminal contra todos los habitantes”, describe desde Gaza. “En cualquier momento podrían bombardear mi casa”, cuenta a Excélsior, que la contactó por correo electrónico.

El lugar de refugio de los Baker está ubicado frente al hospital Al-Shifa, cerca de donde un automovilista fue alcanzado recientemente por una bomba israelí. El estruendo voló su cuerpo y quebró los vidrios de las ventanas. “Podía oler el humo que entraba por la sala”, recuerda Farah. “Era de noche. La única luz que podíamos ver provenía de las bengalas. Escuchábamos aviones teledirigidos, ambulancias, bomberos, explosiones masivas y los misiles caían sobre mi área.”

Tras ser destruida la central eléctrica, la ciudad de Gaza tiene sólo dos horas diarias de luz. El tiempo, pese a todo, es suficiente para que la pequeña encienda el generador y pueda utilizar la señal de internet inalámbrico. Por medio de él, y principalmente de Twitter (@Farah_Gazan), que se ha convertido en una especie de diario digital portátil, en el que acumula más de 130 mil seguidores y describe el terror de vivir bajo fuego cruzado.

“Trato de que la gente sepa que Israel no puede ser la víctima en esta guerra. Los ocupados no pueden iniciar una guerra contra los ocupantes, sus armas son más fuertes que las nuestras. Dicen que Hamas (Movimiento de Resistencia Islámica) se esconde detrás de los civiles, pero no es así. Vamos a seguir resistiendo hasta que recuperemos nuestros derechos, que nos fueron arrebatados desde 1948, como la libertad”, agrega.

Farah tiene apenas 16 años y ya fue testigo de otras dos ofensivas israelíes: la de 2008-09, denominada Operación Plomo Fundido; y la de 2012, llamada Operación Pilar Defensivo. Ambas integraron una devastadora campaña de bombardeos contra la Franja de Gaza. “Siempre decía que la guerra de 2008 había sido la peor… hasta que llegó ésta. En las otras dos podía sentirme segura de que no iban a destruir mi casa, pero ahora siento de cerca la muerte.”

En los días que Hamas e Israel pactan un alto al fuego —a veces, hasta por 72 horas— la familia Baker visita al resto de sus integrantes. Lo hacen con prisa y sin detenerse a ver lo que pasa en las calles. Casi siempre mirando abajo. Saben que algunos sobreviven pero que otros no tuvieron la misma suerte, como el primo de Basil, padre de Farah, que terminó envuelto en llamas cuando bombardearon su casa sin razón alguna.

“En mi vida normal, salía todos los días con mis amigos”, prosigue. “Visitaba a mis parientes, iba al mar y tomaba algunas fotos. Uno de mis hobbies es la fotografía. Ahora, sin embargo, paso todo el tiempo en casa y en vez de tomar fotos del mar y la naturaleza, lo hago con edificios destruidos. Esta guerra se volvió la vida al revés.”

Cuando alguien cierra la puerta con fuerza, lo primero que llega a la mente de Farah es el sonido de una bomba activada. Lo mismo ocurre cuando un coche pasa rápidamente cerca de donde está, imaginando que es un cohete que va cayendo desde el aire. La joven palestina asegura que nunca ha pensado escapar de Gaza: “no podría vivir en paz sabiendo que mis amigos se están muriendo y sufriendo en plena guerra”. Tal vez por eso no le queda otra opción.

Mientras los voluntarios apartan los escombros, en algunas zonas hay pilas de esqueletos de colchones quemados. También restos de animales de campo, que yacen tendidos bajo un ejército de moscas. El suelo está lleno de gotas secas de aluminio derretido y los cadáveres de personas civiles destacan por sobre el hollín de los fierros. El color gris en sus ropas es importante: significa algo que ya no está, algo que fue aplastado o carbonizado durante algún bombardeo.

A pesar de lo que ocurre a su alrededor, Farah sueña con convertirse en una brillante fotógrafa profesional. Quiere viajar a España y aprender a tocar la guitarra. Está por pasar al grado 12 de la escuela secundaria y, aunque dedica más el tiempo a la música, lee libros como Bajo la misma estrella, de John Green; y Mornings in Jenin, de Susan Abulhawa. Además, admira a Mahatma Gandhi. “Cuando puedo, uso mi tiempo para disfrutar y hacer lo que me gusta, pero vivo rodeada de miedo. La guerra me obliga a quedarme en casa, pensando en el día que llegará la muerte”. Así termina la conversación.

Lo último que se sabe de ella es que fue evacuada tras otra amenaza de Israel: el edificio del hospital Al-Shifa podría ser uno de los próximos objetivos. Cada vez hay menos comida y agua, los precios se han triplicado y escasean los productos. Aunado a eso, 44% del territorio de Gaza ha sido declarado zona prohibida por las tropas israelíes, por lo que ya no quedan muchos lugares donde la gente pueda ir. Farah, por suerte, sigue tuiteando.

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