En República Centroafricana, violencia religiosa va en incremento

Ese país ha padecido en los últimos meses el incremento de la violencia entre católicos y musulmanes

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15/03/2014 04:02 José Carreño Figueras y Paola Barquet

CIUDAD DE MÉXICO, 15 de marzo.- Hasta hace no muchos años musulmanes y cristianos convivían pacíficamente en la República Centroafricana, un país sin salida al mar literalmente en el corazón de África. Hoy, la República Centroafricana ha sido descrita como “un país disfuncional” y su situación es una continua historia de horror.

Y los relatos de matanzas, de grupos de musulmanes —hombres, mujeres, niños— detenidos arbitrariamente y asesinados a machetazos frente a las mezquitas son cada vez más sangrientos, más brutales.

Tan sólo en el mes de diciembre se hablaba de un millar de víctimas por violencia sectaria, pero a la fecha nadie tiene una idea exacta. Y eso sin contar problemas de suministro de víveres y ayuda humanitaria a un millón, o así, de desplazados, incluso más de cien mil refugiados fuera del país

Pero no es que sea nuevo. La violencia político-religiosa de grupos militantes cristianos los últimos meses fue precedida por violencia de grupos identificados como musulmanes, que derrocaron al gobierno de François Bozizé, en marzo de 2013.

Fue bajo el régimen de Bozizé que comenzó —o tal vez se desató— la violencia religiosa y los incendios de mezquitas.

De hecho, el paulatino incremento a lo largo de los últimos meses de 2013 de una fuerza internacional de paz constituida por soldados franceses y africanos, se debió al caos creado por el gobierno musulmán y el temor de violencia contra los cristianos. En diciembre había cien mil refugiados cristianos en el aeropuerto de Bangui.

Ahora los problemas dieron un giro de 180 grados y los agredidos son los musulmanes.

En 2000 había 150 mil musulmanes en Bangui, la capital centroafricana, y sus alrededores. En diciembre de 2013 había unos diez mil y ahora, de acuerdo con Naciones Unidas, hay menos de mil. La misma ONU asegura que en el oeste del país, no quedan musulmanes.

Hoy se habla de genocidio, de “limpieza étnica” y la urgente evacuación de decenas de miles de civiles musulmanes amenazados por la venganza de grupos cristianos —conocidos como “Anti-Balaka” o “Machete”— que, a su vez, se presentan como reacción a los ataques y abusos cometidos por la “Seleka” o “alianza”, la milicia musulmana.       

“La presencia de numerosos grupos armados descontrolados y en plena desbandada, unida al caos generalizado que hay en todo el país, ha supuesto una importante escalada en los niveles de inseguridad”, indicó un reporte del grupo Médicos sin Fronteras.

Esa situación, añadió el documento, “ha dejado expuestas a algunas de las comunidades más vulnerables a sufrir actos de una violencia extrema”.

En 2014 muchas cosas han cambiado, indicó a su vez “Human Rights Watch”. Por un lado, muchos elementos de la “Seleka” huyeron al vecino país de Chad “y dejaron sin defensa a una gran parte de la población civil musulmana (...) Si continúa la violencia contra los musulmanes puede desaparecer una importante parte de la sociedad de la República Centroafricana”, precisó.

Human Rights Watch fue igualmente crítico de las milicias musulmanas. Asesinaron a puñados, saquearon y arrasaron pueblos cristianos, consignó.

Ahora se habla también de la posibilidad de secesión de la región norte del país, donde tienen su base los grupos musulmanes, que componen 15 por ciento de la población. De acuerdo con datos oficiales, 50 por ciento de los centroafricanos son cristianos y otro 35 por ciento, animistas.

Medios internacionales, a comenzar por The New York Times, afirman que la situación se deriva de los desatinos del expresidente Bozizé, que llegó al poder mediante un golpe de estado en 2003 y fue derrocado por rebeldes musulmanes hace un año.

Bozizé es parte de una lista de ocho personas consideradas como responsables directos de la violencia sectaria reciente, y de acuerdo con una acusación en Naciones Unidas, ahora trata de atraer —si es que no ayudó a crear— las milicias cristianas “Anti-Balaka”, consideradas responsables de matanzas que sólo en diciembre provocaron un millar de muertos.

Para febrero de  este año se hablaba ya de por lo menos 650 mil refugiados internos y más de cien mil fuera del país: la cuarta parte de la población.

La situación obligó a un esfuerzo internacional por tratar de detener la matanza: la fuerza de paz multinacional ha crecido desde octubre de 2013  y hoy son hasta dos mil soldados franceses y cinco mil tropas de la Unión Africana.

Una propuesta en Naciones Unidas espera incrementar la presencia de la UA sino la misión internacional a diez mil hombres o más, incluso tal vez medio millar de soldados europeos —de 50 a 85 españoles— y 500 infantes de Marina estadunidenses.

Pero hasta ahora la presencia militar exterior sólo ha podido paliar las cosas y se teme que un mayor influjo de fuerzas de paz de Naciones Unidas tampoco será suficiente para resolver la situación.

Peor aún, en diciembre hubo denuncias sobre la presunta afinidad y en algunos casos apoyo de las tropas del contingente chadiano con los musulmanes. Chad es un país mayoritariamente musulmán, fronterizo con la República Centroafricana.

En alguna medida las tropas extranjeras no son exactamente lo ideal. Francia usó por años su Legión Extranjera para estabilizar la RCA y proteger sus intereses, sobre todo en la rica mina de uranio de Areva. Pero el ambiente mundial después del incidente de la planta nuclear japonesa de Fukushima en 2011 hizo del uranio menos apetecible.

Y hay que añadir el creciente desinterés francés por intervenir en los asuntos internos de sus antiguas colonias. “Francia tenía una larga historia de ensuciarse las manos en la RCA desde que le concedió la independencia en 1960”, puntualizó el grupo de análisis “Political Violence @ a Glance” (Vistazo a la Violencia Política).

De acuerdo con un texto del grupo, “Francia estuvo dispuesta a llevar la carga de contrainsurgencia  por el gobierno. En 2006 y 2007 los militares franceses realizaron una serie de ataques aéreos sobre los rebeldes seleka para evitar que llegaran a la capital”. El presidente era Bozizé.

Y no fue la primera vez. Ya en 1979, por ejemplo, habían tenido un papel central en la deposición del “emperador” Bokassa I, que proclamó el “imperio Centroafricano” en 1976, luego de diez años como Presidente.

Pero aunque las palabras corrupción e ineptitud podrían ser aplicadas a literalmente todos los gobiernos centroafricanos, Bozizé pareció romper el molde. Y si duró diez años en el poder fue en buena parte porque los centrofricanos estaban, y están, cansados de conflicto.

Bozizé fue probablemente más duro en cuanto a la exclusión de los musulmanes de puestos de gobierno y con ello alimentó la rebelión de  “Seleka”, compuesta de hecho por cinco grupos. Peor aún, bajo su gobierno comenzaron los incendios de mezquitas como parte del combate contra los rebeldes musulmanes.

Hasta ese régimen, de hecho, hubo lo que se describe históricamente como tolerancia y hasta armonía entre musulmanes y cristianos.

El triunfo de la rebelión musulmana, en marzo de 2013, fue gracias al cambio de posición francesa respecto a la intervención, y la deliberada debilidad en que los diversos gobiernos, originados en golpes de ellos mismos, han mantenido al ejército centroafricano.

Los rebeldes englobados en “Seleka”, o “alianza”, impusieron a Michel Djotodia, y cometieron “atrocidades” de toda índole, según denuncia  “Human Rights Watch”.

      Peor aún, “la presencia de combatientes musulmanes extranjeros exacerbó tensiones”, indicó la organización. Djotodia rechazó consejos de sus propios aliados de liquidar y enviar a casa a mercenarios chadianos y sudaneses.

Algunos de esos combatientes, se llegó a afirmar, tenían vínculos con la organización extremista Al-Qaeda.

Cierto o no, hay advertencias de que la violencia contra musulmanes podrían atraer la presencia de grupos como Al-Qaeda o Boko Harun, opinó recientemente el general Mohammed Dhaffane, uno de los primeros líderes de la insurrección islámica, encarcelado por el gobierno de Djotodia por recomendar el despido de los "aliados" extranjeros.

Hoy, la antigua convivencia parece rota. Pero según la nueva presidente, Catherine Samba-Panza, todavía existe en el país.

“En muchas áreas, sacerdotes e imanes tratan de calmar al público, y sin este esfuerzo ecuménico la situación sería mucho peor”, dijo Samba-Panza, conocida en su país como “Madre Valor” al semanario alemán Der Spiegel.

Sin embargo, el general Dhaffane aseguró a una página web islámica —Muslim World-World Bulletin— que las matanzas continúan y que cristianos armados con machetes sólo esperan a que Samba-Panza deje algún sitio para iniciar su "cacería" de musulmanes.

Sólo dos gobernantes de la República Centroafricana han sido nombrados de manera más o menos democrática su primera vez en el gobierno: Samba-Panza ahora, en un interinato designado el 23 de enero de este año por el Consejo Nacional de Transición surgido tras el derrocamiento de Djotodia en diciembre de 2013, y el “fundador” del país y su primer presidente, David Dacko.

En términos reales, hay más de 60 grupos étnicos establecidos en el país donde los idiomas oficiales son el sango, el lenguaje de uno de los más pequeños y por tanto desconocido para la mayoría, y el francés, hablado quizás por las élites, pero también desconocido para las mayorías.

La República Centroafricana es uno de esos países creados a golpe de regla por los europeos durante los últimos años del siglo XIX, cuando “la carga del hombre blanco” se traducía en nominales esfuerzos de civilización y efectiva explotación de recursos naturales y personas por empresas privadas bien “conectadas” en las capitales de los países coloniales, en este caso París.

 

Continente negro, una mina de oro

Lo que comenzó como una expedición en búsqueda de recursos naturales para su explotación en África, por parte de los países europeos desde finales del siglo XIX, no podía derivar en otra cosa que no fuera un gran descubrimiento: el continente es una mina de oro.

Para los países europeos, ningún país que se considerara potencia en esa época podía desperdiciar el cofre de lujosas riquezas naturales. Algunos, incluso, lo presentaban como una tarea civilizadora. “La carga del hombre blanco”, como la definió el inglés Rudyard Kipling, el “poeta del colonialismo”.

Francia asumió la tarea como propia.

Esto convirtió la riqueza de la República Centroafricana en su mayor maldición. El territorio posee madera, diamantes, uranio, petróleo y oro, pero carece de recursos y tecnología para hacerlo.

Peor aún, ese tesoro tenía un custodio bastante endeble: una sociedad vulnerable y poco educada que difícilmente estaba consciente de sus posesiones y mucho menos de cómo manejarlas. Un territorio que en el siglo XVIII estaba semivacío y acogió a miles de fugitivos de los esclavistas árabes que nunca se integraron en una estructura política clara.

Desde 1880 y hasta 1960 Francia sacó provecho de esa su mina de oro sin inconvenientes. Y tras una pugna por la independencia, finalmente, en agosto de 1960 reconoció la independencia de la República Centroafricana. Pero ése era apenas el comienzo de otra pesadilla: el Pacto Colonial.

El documento establece pautas y límites que aún muchos africanos, y no pocos franceses, consideran como una continuación del colonialismo y aún el entonces presidente Nicolas Sarkozy reconoció en 2008 que era tiempo de cambiar.

Entre los mandatos del pacto, los 14 paises de la Comunidad Francesa de África (CFA) adoptan el “franco CFA”. Su impacto real es el control efectivo de la región: “son las autoridades francesas quienes deciden la política monetaria en la zona CFA”, consignó la página “Gui Guin Bali, Una Ventana al África”.

El tratado establece una “solidaridad obligada”: el 65% de las divisas africanas se “depositan” en Francia.

Además, hasta el día de hoy los galos tienen el primer derecho de comprar o rechazar las exportaciones de materias primas provenientes de los países africanos de habla francesa.

Pero lo anormal no es que se haya firmado entonces un acuerdo de tal disparidad económica, sino que siga vigente.

 

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