René Espinosa; una vida para contar

Nació en 1926 y murió en 1996, dejando tras de sí una vida dedicada a la economía, campo en el que destacó a nivel global, pero también fue un escritor secreto y amigo de grandes poetas e intelectuales

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CIUDAD DE MÉXICO.

Escribir cuentos, coleccionar y restaurar pinturas, ver obras de teatro, los automóviles, el futbol americano, el box, los juegos de salón, el cine, el baile, los puros cubanos Montecristo y las tradiciones mexicanas. Esos eran los otros amores del economista René Espinosa Olvera (1926-1996).

Con un diplomado en Administración en Harvard y cargos como consejero económico para Bélgica, Holanda y Francia, y directivo de la Volkswagen en México, este tamaulipeco siempre se dio tiempo para ejercer la más grande de todas sus pasiones: la literatura, a la que nunca renunció.

Amigo del escritor Andrés Henestrosa, el poeta Alí Chumacero, el publicista Eulalio Ferrer, el embajador Jaime Torres Bodet y el cineasta Gustavo Alatriste, entre muchos otros, el autor de Fábrica de sueños (1972) estaba preparando antes de su muerte un libro con sus relatos más representativos, algunos inéditos, que no alcanzó a publicar.

Ahora, a 21 años de su partida, sus hijos René, Antonio y Mónica Espinosa, testigos y herederos de ese mundo que construyó puentes entre lo empresarial y las humanidades, han decidido editar Cuentos al viento, como un homenaje a ese hombre que les enseñó, sobre todo, a buscar la felicidad.

Es un contador de cuentos al que no se puede andar con cuentos… Él hace cuentos y se los cuenta, como Zaratustra: una y otra vez hasta que el cuento deja de ser cuento y se convierte en cosa real y verdadera”, narra Henestrosa en el prólogo del libro del que sólo se imprimieron 200 ejemplares.

En el trasiego de lo hablado a lo escrito no se perdió una gota. René Espinosa escribe como habla; habla como escribe”, apunta el poeta y narrador oaxaqueño que fonetizó el idioma zapoteco.

Y, tras este singular prólogo, se abren ante el lector 20 textos inspirados en el amor, la amistad, la mujer, la familia, la palabra escrita, la libertad, el bien y el mal y sus amigos: el mar y el viento.

Es una edición familiar para que lo redescubran sus seres queridos y amigos, para que nuestros nietos lo conozcan a través de sus cuentos, se sientan orgullosos y no lo olviden”, afirma en entrevista Mónica Espinosa, hija del narrador.

Considero este volumen como un tesoro desde el punto de vista afectivo. Él lo preparó durante años, seleccionó los cuentos, que escribió a principios de los 90, y le pidió el prólogo a Henestrosa. Le hacía mucha ilusión que se publicara”, agrega René Espinosa, el mayor de los cinco hijos.

Es una forma especial de recordarlo, porque los domingos nos leía sus cuentos después de comer. La literatura nos unía”, añade Antonio Espinosa.

Los tres hijos de don René, que compartieron sus recuerdos para Excélsior en un restaurante del Centro Histórico, guardan en un lugar especial de su memoria los momentos que su padre dedicaba a la literatura.

“Recuerdo que en 1962-63 empezó a cargar una carpeta de piel”, cuenta René. “De repente estabas platicando o pasaba algo y él lo anotaba. Se sentaba a escribir. Cada cuento tiene una historia tras de sí, están basados en algo real, en algo que vivió. Luego se puso muy moderno y se compró una grabadora de cinta. Pero primero anotaba todo, hasta en la servilleta de tela del restaurante y se la guardaba”.

Mónica, por su parte, evoca a su padre sobre todo los fines de semana. "Tenía una secretaria a la que le dictaba los cuentos. Eran los momentos cuando lo veíamos más feliz con su puro, cuando los dictaba y después los revisaba”.

Y Tony destaca que el escritor los utilizaba, a él y a sus hermanos, “de pilotos de pruebas, porque ya que terminaba los cuentos nos los leía. A todos nos gusta escribir al ver la pasión que tenía mi papá, nos la comunicaba”.

Disciplina y humor

René, Tony y Mónica Espinosa coinciden en que del multidisciplinario legado que heredaron de su padre, quien llegó de adolescente a la Ciudad de México, cuando el abuelo comenzó a trabajar en la Secretaría de Hacienda, lo que más valoran es la disciplina y el humor.

Todo el tiempo estaba trabajando y de buen humor. Era trilingüe. Vivió en Boston, Bélgica, Holanda, Francia y Alemania. Tuvo puestos de alta responsabilidad, pero nunca perdió la sencillez, la frescura ni el sentido del humor”, explica René, quien se dedica a la capacitación y a la consultoría.

La familia, prosigue, era vital para el narrador tampiqueño. “Los sábados eran de visita a la casa del abuelo y veíamos las peleas de box, nos enseñaba box, le gustaba arreglar las cosas con los guantes. Jugábamos juegos de salón, lotería. Era muy divertido. Le fascinaba el futbol americano”.

Mónica, titular de Promoción y Difusión Cultural del Palacio de la Escuela de Medicina de la UNAM, detalla que su padre “era un gran amante del teatro y de la pintura. Todos los fines de semana nos llevaba al teatro o a ver una exposición. Lo recuerdo como un gran lector y un hombre muy trabajador. Le agradezco que me llenó de cultura. Lo que hago es gracias a él”.

Quien estudió en la escuela de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y además publicidad, y ha sido actriz, dice que “he ido repitiendo todos sus amores, hasta que acabé siendo un híbrido de todo lo que a él le gustaba. Me enseñó a querer este país. Ponía una careta de hombre severo, pero era un pan”.

Y Tony Espinosa, también publicista y amante de la fotografía, señala que siempre tenían tiempo para jugar, cantar y hacer música. “Era un señor que de repente te preguntaba ‘¿ya viste tal película?’; y si le decías que no, contestaba ‘¡No puede ser, te pongo la entrada de tus tres amigos y vayan hoy mismo!’”.

Recuerda que su padre hacía una posada donde conseguía un burro para llevarlos a pasear. “Nos disfrazaba, de charro y de Adelita. Hacía toda una producción, se cantaban las letanías. Era un papá a toda madre, siempre nos apoyó”, detalla.

René Espinosa Olvera, además de sus cinco hijos tiene 12 nietos y aún le sobrevive su tercera esposa, Monique Fernande Vincens. “Se dedicó a lo que quiso, viajó, tuvo casas, pinturas de artistas como Rivera, el Doctor Atl, Olga Costa, Joaquín Clausell o Sofía Bassi. Pero, sobre todo eso, amó a su familia y a la literatura”, concluye Mónica Espinosa.