Honran a Paul Auster; monumento llamado poesía
El escritor estadunidense, quien recibió la medalla Carlos Fuentes y abrió el Salón Literario, trazó la geografía de los poetas

GUADALAJARA.
Para Paul Auster (Newark, Estados Unidos, 1947) la poesía es una especie de monumento donde se puede respirar y donde la cultura y la lengua coinciden, el Olimpo donde el mito permanece al aire libre. Así lo dijo ayer, durante la apertura del Salón Literario en la 31 edición de la Feria Internacional de Guadalajara, donde habló sobre poesía y autores como Edgar Allan Poe, Walt Whitman, Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé.
Todos los poetas son de un sitio, de una lengua, de una cultura. Pero si el cometido de la poesía es contemplar el mundo con otros ojos, volver a examinar y descubrir las cosas frente a las que todo el mundo pasa de largo sin darse cuenta”, expresó el autor de 4 3 2 1, ante un auditorio lleno que lo cobijó con aplausos, tras recibir la Medalla Carlos Fuentes de manos de Silvia Lemus, viuda del autor mexicano..
Luego añadió: “Parece lógico entonces que el sitio del poeta resulte muchas veces desconocido para el resto de nosotros. De modo que cuando nos lo cuenta hay buenas posibilidades de que nos sorprenda”.
En su intervención, Auster también habló sobre las razones que llevan a un poeta inspirarse en creadores de otras lenguas: “Cuando un poeta busca inspiración en un creador de otro país, es porque busca algo que de inmediato no encuentra disponible en su propia lengua o en su literatura, porque pretende liberarse de los confines de su propia cultura. Pero siempre, en definitiva, para hacerlo suyo y llevarlo de vuelta a su propio lugar”.
Y aseguró que la imitación servil no puede producir nada de interés, “pero todo artista original siempre ha de estar alerta a lo que hacen otros artistas, puesto que lo importante es utilizar la propia inspiración en otra obra ‘para los propios fines’, lo que significa que, en primer lugar, ha de tenerse una finalidad”.
Al respecto, recordó la relación entre el poeta estadunidense Walt Whitman y el francés Valery Larbaud es ilustrativa. Por un lado, Larbaud escribió que quería inventar un poeta –él mismo– “que fuera sensible a la diversidad de razas, pueblos y países, que encontrara lo exótico en todas partes, que fuese ingenioso e internacional; que, en una palabra, fuera capaz de escribir como Whitman, pero con una vena ligera, además de aportar esa nota de irresponsabilidad cómica y gozosa que falta en Whitman”.
Mientras que Larbaud esperaba inspiración de Whitman, aunque también rechazaba aquellos aspectos de su obra que no le parecían relevantes: y el resultado fue totalmente original, completamente francés, íntegramente Larbaud.
En este sentido, apuntó, muchos de los mejores poetas franceses de principios del siglo XX, como Guillaume Apollinaire, Blaise Cendrars y Larbaud, podrían ser vistos como una respuesta transatlántica a Whitman, al igual que esos poetas que se desarrollaron en ciertas vetas de la poesía norteamericana, en la década de 1950, especialmente en la obra de los poetas que componían lo que se conoce como escuela neoyorquina, integrada por John Ashbery y Frank O’Hara.
Por esta razón, “a veces pienso que el alma de Apollinaire cruzó volando el océano al morir en 1918, y después de pasar siete años en busca de alguien en quien renacer, finalmente se decidió a habitar la mente y el cuerpo de O’Hara, ya que son extraordinarios los paralelismos entre ambos poetas, incluso asombrosos, no sólo por la exuberancia que se encuentra en su obra, su armonía con la época en que vivieron, su sensibilidad urbana, la libertad estilística de sus creaciones poéticas, sino también porque ambos vivieron y escribieron entre pintores, los pintores radicales de su tiempo, y porque los dos murieron jóvenes y de forma horrible, como si esas almas simplemente se consumieran por arder con demasiado brillo, con demasiada intensidad para que se les hubiera concedido una vida larga en la tierra”.
POE MARGINADO
El también autor de La trilogía de Nueva York y Leviatán, lamentó que Edgar Allan Poe durante mucho tiempo no fuera un autor reconocido, quien sufrió a causa de su originalidad y por ser visto como un autor estrafalario, aislado y una figura literaria curiosa, que no era considerado un escritor norteamericano, sino un autor francés que escribía en inglés
Esto debido a que la mayor parte de sus célebres cuentos se desarrollaban en un entorno europeo, y sus famosos relatos detectivescos, como en Los crímenes de la calle Morgue y La carta robada, ocurren en París y su protagonista es un francés llamado Auguste Dupin”.
En cierto modo, Poe no encajaba en los esquemas concebidos por los historiadores de la literatura sobre los comienzos de la literatura norteamericana, apuntó Auster, ya que carecía de relación con el pasado del Nuevo Mundo legendario”, tal como sí la tenían Washington Irving, Nathaniel Hawthorne o William Carlos Williams”.
Sin embargo, Auster recordó que siempre que piensa en Edgar Allan Poe, la primera imagen que le viene a la cabeza es la de la ceremonia inaugural de su tumba en Baltimore, en 1875. ”Poe había muerto en 1849, 26 años antes, y como todo el mundo sabe, las circunstancias de su muerte fueron bastante horribles y misteriosas, ya que los últimos y tristes años de su vida incluyeron el fallecimiento de su mujer, la finalización de su obra maestra Eureka, más la desesperada y patética búsqueda de una nueva esposa, con numerosas proposiciones a mujeres a todo lo largo de la Costa Este, todas ellas rechazadas… y la extraña e inexplicable borrachera en Baltimore, donde murió en el arroyo a los 40 años”.
Esos hechos son bien conocidos, apuntó, pero no tanto lo que ocurrió después cuando la tumba en la que enterraron a Poe permaneció sin nombre durante varios años, hasta que uno de sus primos, Neilson Poe, consiguió dinero para encargar una lápida. Pero entonces, en uno de esos giros que el propio Poe podría haber imaginado, la lápida casi terminada quedó hecha añicos cuando un tren descarriló y cayó en el taller del marmolista que llevaba a cabo el trabajo.
Como Neilson no podía pagar otra lápida, Poe languideció en su anónima fosa durante dos décadas más, hasta que un grupo de maestros de Baltimore recaudó dinero para una segunda lápida. 10 años después, ésta quedó finalmente acabada y, para celebrar el acontecimiento
–después de exhumar y volver a enterrar los restos de Poe–, se ofició una ceremonia en el instituto Western Female de Baltimore.
Entonces se invitó a los principales poetas de la época pero, uno a uno, todos acabaron declinando la invitación: Longfellow, Holmes, Whittier y otros cuyos nombres ya han pasado al olvido, recordó Auster. “Al final, sólo un poeta se dignó honrar con su presencia al instituto Western Female, el más grande de los poetas norteamericanos, según resultó, un hombre cuya reputación tal vez no fuera menos ‘peligrosa’ que la de Poe: Walt Whitman”.