Leo Matiz; centenario del muralista
El Antiguo Colegio de San Ildefonso festeja el natalicio del artista colombiano con una muestra que se centra en su colaboración con Siqueiros, Rivera y Orozco

CIUDAD DE MÉXICO.
La mirada del fotógrafo Leo Matiz (Colombia, 1917-1998) quedó vertida en los murales mexicanos. Las instantáneas que hizo del México moderno sirvieron a los artistas como modelos para sus frescos. Por lo que las composiciones del colombiano son lo que los murales de David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco: narrativas visuales razonadas.
Entonces no resulta exagerado definir a Matiz como un muralista, afirmó Ery Camara, coordinador de exposiciones del Antiguo Colegio de San Ildefonso, donde mañana se inaugura la exposición Leo Matiz: el muralista de la lente. Una revisión monográfica a través de 81 piezas originales que dan cuenta de la colaboración entre el fotógrafo y los pintores mexicanos en la década de los 40 que resultó, en muchas ocasiones, en composiciones trasladadas a los frescos.
Es importante revisar las aportaciones de la fotografía en el lenguaje de los murales porque en la composición de los murales hay partes que tienen origen en la fotografía, no en la pintura”, refirió el curador de la muestra al precisar que no se trata de una retrospectiva cronológica, sino de una revisión puntual, construida en cinco núcleos, de la relación estética y afectiva entre la comunidad cultural de México y Matiz a partir de su llegada en 1941.
La individual celebra el centenario del natalicio del fotógrafo, y los 25 años del museo; además, sirve como preámbulo a una curaduría mayor que se presentará en el Museo del Palacio de Bellas Artes a partir del 27 de julio. Se presentó también como una de las primeras actividades del Año Dual México-Colombia, que se anunciará próximamente.
Matiz, el también fotoreportero, apenas permaneció en México seis años; suficientes para involucrarse por igual con intelectuales como Efraín Huerta, Pablo Neruda, Manuel Álvarez Bravo, Luis Buñuel que con actores como Dolores del Río, Mario Moreno Cantinflas o María Félix, a esta última hizo uno de sus primeros retratos para cine. En sala se exhiben fotografías de Frida Kahlo, Diego Rivera, Manuel Rodríguez Lozano, Francisco Zúñiga, entre otros, que coinciden en mostrar no a los artistas, sino a los amigos.
Realmente quien lo trajo a México, en un sentido metafórico, fue Gabriel Figueroa, que hizo la fotografía de la película Allá en el rancho grande, y cuando Leo vio esa película dijo ‘mi destino es México’, tardó dos años en llegar pero a partir de ese año es importante revisar su acervo porque entabla una relación estrecha con la comunidad cultural, retrata a los fridos trabajando en la calle, a los actores, a los pintores”, apuntó Camara.
Su entrada rápida al arte mexicano llevó a Matiz a trabajar de manera directa con Siqueiros para quien hizo varias fotografías de escenas que luego llevaría al fresco. Camara explicó que el aporte concreto del fotógrafo al muralismo fue su mirada cíclope. “Cuando un pintor pinta utiliza los dos ojos, cuando el fotógrafo hace una imagen utiliza un ojo cíclope, entonces con la aparición de la fotografía el ojo ganó en percepción y los muralistas, al entenderlo, invitaron a Leo Matiz para tener una mayor perspectiva de sus escenas”.
La colaboración de Matiz y Siqueiros terminó en pleito porque el muralista no le dio crédito a la escena de un perro que ocupa en un mural. Mientras que la relación con José Clemente Orozco se conservó aun cuando el fotógrafo dejó el país en 1947. Se conocieron en cuando el fotógrafo hizo un reportaje del mural Apocalipsis.

A esta amistad se dedica un núcleo completo de la exposición, pues ambos artistas coincidieron en hacer caricatura política.Dibujos a lápiz que publicaron en revistas como críticas a su contexto. Y si algo logró el fotógrafo con su cámara fue capturar a un pintor empático, a diferencia de como éste se mostraba con otras personas, incluso sus biógrafos.
Durante su estancia en México Matiz estableció también una relación amistosa con los fotógrafos Gabriel Figueroa y Manuel Álvarez Bravo, quienes lo acercaron al cine. Y de la instantánea cinematográfica, el colombiano aprendió a construir narrativas en secuencia que trasladó al periodismo. Así nacieron sus fotorreportajes, que en los años 40 fueron los primeros en contar una historia consecutiva sólo con imágenes.
Aprender a narrar en secuencia fue definitivo para Leo Matiz, porque le posibilitó aportar al periodismo mexicano de los años 40 un género que luego le dio autonomía a la foto y fue el reportaje fotográfico, que en ese entonces se llamaban ‘reportasgos’. Era ensayos de no más de 15 fotos con un lenguaje propio”, explicó Miguel Ángel Flórez, biógrafo de Matiz.
Flórez también destacó una serie de dibujos que el fotógrafo realizó antes de tener su primera cámara a los 21 años. Son trazos a lápiz preparatorios para su mirada creativa que juegan con las sombras, la profundidad y los matices de siluetas que son característicos en sus imágenes en blanco y negro. En la primera sala se expone una serie de estos trazos juguetones e irónicos que no se habían expuesto.
El ejercicio de la pintura, el ejercicio del dibujo, el ejercicio de la caricatura le permitieron a su obra fotográfica esa habilidad en el arte de la composición, previo a que se convirtiera en fotógrafo, cuando recibe su primera cámara que fue un regalo de Enrique Sánchez, director del periódico El Tiempo, él realizaba una serie de trabajos con la caricatura que le van a permitir esa maestría en el ejercicio de la composición fotográfica”.
La revisión del archivo para esta muestra también da cuenta de los propios diarios que Matiz hizo, que pensó como memorias de su trabajo. Libros que contienen recortes de prensa y fotografías que reunió y enviaba a su madre: “Fue un acto muy generoso mandar toda su obra a su madre”, concluyó Camara.
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