Turismo cultural, binomio riesgoso

Un libro de reciente aparición reúne una decena de estudios que analizan la influencia que esta práctica tiene sobre manifestaciones concretas de la música y danza tradicionales mexicanas

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CIUDAD DE MÉXICO.

Ni Lila Downs representa la música tradicional mexicana ni los Voladores de Papantla que la Cumbre Tajín usa como imagen, encarnan el verdadero sentido de ese rito. La promoción de las diferentes manifestaciones tradicionales mexicanas como principal activo del turismo es al mismo tiempo una trampa que pone a la música, la danza o los ritos típicos, “en riesgo de transformarse, de tal forma que ya no tienen nada que ver con lo que eran, su significado se transforma de manera profunda”, advierte la investigadora Georgina Flores Mercado.

Junto con el antropólogo Fernando Nava, la especialista del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, coordina el libro Identidades en venta. Músicas tradicionales y turismo en México (IIS-UNAM, 2016), donde reúnen diez estudios que por primera vez en México reflexionan acerca de la influencia que el llamado turismo cultural tiene sobre manifestaciones concretas de la música y danza tradicionales mexicanas.

Lo que quisimos hacer fue entrar en la fase de investigación de un tema que se ha abordado escasamente en México. ¿Qué pasa cuando estas músicas, estas danzas se ejecutan en escenarios turísticos?”, pregunta Flores acerca de un tema que no es precisamente nuevo, pero sobre el cual se ha dejado de reflexionar.  En México, explica, el vínculo entre turismo y las manifestaciones tradicionales comenzó en la década de los 60 y 70 del siglo XX.

La explotación de esta idea, sin embargo, se acrecentó en la presidencia de Vicente Fox, cuando se creó el programa de Pueblo Mágicos para competir con los destinos de sol y playa que siempre han atraído de México.  La Unesco también aportó a la discusión a partir de los 80 cuando habló de “desarrollo cultural y de que no puede haber desarrollo sin cultura, y la cultura entra como parte de ese eslabón de desarrollo económico a nivel mundial”. Y si ya existía la explotación de bienes culturales materiales como zonas arqueológicas o edificios históricos, su Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de 2003 metió “en una nueva fase” la manera de concebir a músicas, comida, medicina tradicional, rituales y/o artesanías como parte de la oferta turística de los países.

El problema, advierte Flores, es que no ha existido una discusión profunda de las implicaciones que el turismo tiene en estas prácticas y tampoco existen mecanismos de defensa de estas manifestaciones como política pública. “Detrás de todos estos procesos están los grandes mercados, pensemos en Cumbre Tajín, o en Xcaret, en Cancún, que es una fábrica de danzas y de tradiciones musicales sumamente espectacularizadas, sacadas de sus contextos, no tienen nada que ver con lo que sucede en la realidad de las poblaciones locales, pero que eso genera muchos ingresos”.

Los investigadores advierten varios riesgos además de la falsificación de las tradiciones: “Es complejo decir que hay engaño, pero sí hay toda una reinvención de esas tradiciones. En el caso de la música se eligen a ciertas agrupaciones que sustituyen a los creadores, a compositores, a los músicos de las comunidades, se apela a sujetos que se han nutrido de esas tradiciones musicales, pero que no van directamente con los propios productores de estas tradiciones. Podemos tener a Lila Downs cantando música tradicional, y es ‘mejor’ ella porque tiene una imagen, puede dialogar con el público, con clases medias y altas”.

Uno de los especialistas le llama a ese proceso “blanquear” la música, pero también ocurren otros fenómenos como la “fosilización”, que acaba reduciendo las manifestaciones culturales. “Se reduce toda una tradición musical a tres canciones, a tres danzas. Si de son jarocho se trata, la cosa se reduce a La bamba, y en el son huasteco es El querreque.

¿DÓNDE y CUÁNDO?

El libro se presenta hoy a las 18:00 horas en el Museo Nacional de Culturas Populares (Miguel Hidalgo 289, colonia del Carmen, en Coyoacán).