Eduardo Parra Ramírez, poemas entre luz y sombra

En Refractario, el Premio de Poesía Altamirano, anda entre dos fuerzas de todo poema

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Foto: Elizabeth Velázquez

CIUDAD DE MÉXICO.

La poesía de Refractario (Malpaís, 2016), de Eduardo Parra Ramírez, es en muchos momentos tan clara que incluso la misma lectura –que también es pensamiento– podría ensombrecerla, así como tan oscura –sombra siempre presente, siempre verdadera–, que innegable resulta advertir en el libro la constante tensión entre estas dos fuerzas habitantes de una casa común: el poema.

Refractario es un texto que trata de reconocer la escritura que da la combinación de la luz y la sombra; al terminar la primera versión, pensé que éste era un libro de luz y cómo esa luz pasa a través de las cosas, las personas y el mundo, cómo se convierte en algo que podría decirse sólo poéticamente”, explica.

Después de concluir el libro, incluso ya teniendo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2007, Parra se dio cuenta que algo le faltaba. “Entendí que en estas páginas había una cosa que tiene que ver con el silencio, entonces me puse a escribir otros textos, y supe que el poemario trataba de decir que en el centro de este volumen está la luz, la sombra y el silencio como entidades esenciales de la libertad”.

Refractario está estructurado a la manera de una casa, su arquitectura se constituye de un ático –la luz–, el sótano –las sombras–, la alcoba, una ventana, el jardín. “Me imaginaba el encierro en una casa y la libertad dentro de ese encierro pasa por la soberanía conquistada a través de comprender lo que te dice la soledad, el silencio, la luz y la sombra, con todo lo que cada una de esas cosas significa. Pasadas ciertas situaciones en mi vida que me hacían ruido, comprendí que el silencio y la soledad son una conquista y que la luz y la sombra escriben un texto que normalmente no sabemos leer”, comenta.

A mitad de la obra, la voz poética sale de la construcción y va a parar al océano. Esta parte, Litoral, es un diálogo con el mar tratando de aclarar, hasta el agua, los pensamientos, es al mismo tiempo una borrachera de lucidez.

“Este personaje busca el sol como una presencia patriarcal, como ese estado de masculinidad, pero en su matrimonio con el agua: en el fondo lo que indaga es la implicación del océano como profundidad. Cada vez que va a mirarlo, también está parado ante los recuerdos de la infancia, es capaz de reconocer una actitud de la vida, una perplejidad, y cada vez que termina un día en el mar, que no dura nada, es como un recordatorio de que te vas a morir. Además, trata de concebir un discurso para ver si es posible, a estas alturas de la historia de la poesía, decir algo diferente sobre el mar”, dice.

En el poemario de Parra hay tres dimensiones que se reflejan en la polivalencia de su título: “por una parte, la oposición del cuerpo refractario que rechaza las altas temperaturas y no se modifica; por otra, la acción óptica de la refracción mediante la cual la luz atraviesa un cuerpo y ante la mirada lo devuelve diferente y, por último, el periodo refractario es el tiempo que tarda un cuerpo en recuperarse de un orgasmo”. 

Al comenzar una obra, todo artista inicia una conversación con aquellos autores de quienes se siente admirado o de quienes se sabe distante, el también novelista explica que, a pesar de su formación en el romanticismo, su formación como poeta llego del aprendizaje de las vanguardias. “Lo que asimilé de esa suma de poetas que leí fue, sobre todo, lo que estaba en ellos de transgresor, de predicamentos con el mundo, la inconformidad, esa intención de que la poesía no es adorno sino es revelación. Ésa fue para mí la revelación de la modernidad. En estos poetas pesaba el contenido, pero de una forma desacralizadora, como un ir en contra de los preceptos clásicos que te enseñan de la belleza, agredirla y romperla, entonces poder reformularla y crear un nuevo concepto de esa misma belleza”. 

“Para mí, la evolución de las vanguardias demostró que la expansión de la sensibilidad pasa por romper edificaciones que tiene como propósito el homenaje ornamental, la belleza por la belleza. En nuestra época tenemos la ferocidad, la agresividad, la indiferencia, incluso el odio, como formas que hay que explorar”, afirma.

A lo largo de Refractario, Parra decidió utilizar epígrafes de distintos poetas para comenzar cada sección, ahí están Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, Juan Filloy y otros.

“Por supuesto que hay otros poetas que no están aludidos en un epígrafe en el texto, pero es muy clara su presencia. Por ejemplo, cuando digo ‘el vaso y su erección transparente’ es mi afán por saber qué sigue diciendo José Gorostiza en Muerte sin fin. Cada una de las secciones quería que estuviera guiada por una lucidez de alguien que a su manera dijo algo. Poetas con los que he reafirmado mi cercanía”.

De todos esos poetas, es con Paz con quien mayor cercanía halla el autor. “En el libro hay siempre una interlocución con él, especialmente sobre el proceso creativo, sobre escribir: una poesía que se mira a sí misma, pero sin explicarse, que está buscando la música. Paz te enseña a sentir el tempo de un verso a partir de una emoción y no de una idea o una preceptiva”.

Pero Parra apuesta a distanciarse. “Pertenezco a una generación a la que le tocó la veneración por la lucha, la hermandad, por salvar al mundo. Me tocó esta última andanada de conciencias que trataban de cambiar al mundo desde la colectividad, y me desencanté de eso: de su discurso ramplón, de sus consignas, de su lógica fácil; es muy difícil entrar en un proceso en el que descrees del otro, un ‘déjenme en paz’, un ‘váyanse a la mierda’, pero no postulado sólo como catarsis, sino vamos a ver si se puede decir de una manera estética, significativa. Entonces entendí que la distancia no sería el resultado de una renuncia, sino de una construcción, de un logro: me gané esa distancia”.