Rescatan la semilla del escritor Marcel Proust

Un libro recién traducido al español rescata los textos que marcaron el debut literario del autor francés a los 19 años. Son como semillas que lo llevarían a alcanzar una de las cimas literarias del siglo XX: En busca del tiempo perdido

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Foto: Tomada del libro Marcel antes de Proust

CIUDAD DE MÉXICO.

Sepultados en el olvido. Así permanecieron los 11 textos que Marcel Proust escribió entre 1890 y 1891 para la revista parisina Le Mensuel. Son los textos que marcaron el debut literario de Proust, el laboratorio que lo llevaría a alcanzar una de las cimas literarias con su obra maestra: En busca del tiempo perdido.

Se trata de una prosa cáustica que se ocupa de los poetas mediocres que recitan sus pequeñas glorias en público y beben su ego como cicuta, ideas breves que usan la crítica y la crónica con la malicia y el sarcasmo de un esgrimista que afila su lenguaje erótico tras la cortina de la moda, que no duda en empuñar la ballesta contra comentadores y exégetas, tal como lo apunta el bibliófilo francés Jérôme Prieur en Marcel antes de Proust. Textos recobrados de Le Mensuel, que compila por primera vez estos textos que Proust escribió a los 19 años.

Publicado por Ediciones Godot, este libro “es una especie de acontecimiento, porque en algún punto se trata de textos que constituyen su génesis como autor, los cuales ni siquiera firmaba con su nombre, que no dejan de ser un hallazgo pues no se habían traducido al español, pero en este mes ya comenzará a circular en librerías mexicanas”, dice a Excélsior el editor Hernán López Winne.

La causa por la que estos textos permanecieron en olvido tiene un nombre: Otto Bouwens, editor de Le Mensuel, quien abrió la puerta al joven narrador para escribir sobre distintos temas, hasta que, en cierto momento y por una razón desconocida, se enemistaron y no volvieron a dirigirse la palabra.

Al respecto, Jérôme Prieur escribe: “El silencio que guarda Proust al respecto de Bouwens nos permite suponer que tal vez las ideas y la literatura no fueron lo único que los había unido. Pelea sentimental o despecho amoroso, rechazo o desprecio, el abismo que se abre entre los dos jóvenes es lo suficientemente vertiginoso como para que nos imaginemos la intensidad de la atracción que podría haberlos unido. A menos que haya habido entre ellos algo más turbio, algo que uno de los dos podría haber considerado como una traición; de lo contrario, ¿cómo se explica que el nombre mismo de Bouwens no figure en la inmensa correspondencia de Proust?”

Sin embargo, también es posible que Proust sintiera un poco de vergüenza por estos textos, añade López Winne, al considerarlos textos menores, que correspondían a sus primeros años de escritura, por lo que prefirió mantenerlos lejos de la mirada pública, donde se revela a un Proust joven e impulsivo hasta cierto punto, que a pesar de todo ya muestra cierta estética por la manera como se acerca al idioma: con irreverencia pero mucha altura y sutileza.

En suma, se trata de experimentos literarios, donde el autor francés escribe sobre moda, arte, poesía, espectáculos nocturnos y sociedad, y entre los que destaca la crítica que le dedicó al poemario Confiteor, de Gabriel Trarieux.

“Queremos, antes que nada, ser sinceros con Monsieur Trarieux. Por eso le decimos con toda franqueza que, de su libro, hemos quedado particularmente satisfechos con una cantidad considerable de versos aislados”. Sin embargo, este elogio está erizado de malas intenciones, apunta Prieur: “¿Qué necesidad hay de arruinar para nosotros ese don tan personal e íntimo con la influencia artificial de ciertos poetas complicados?”, hasta desembocar en una descripción precisa: “una poesía […] algo artificial para nuestro gusto” cuya “forma necesariamente un poco naif con la que ha adornado lo que, en nuestra opinión, son meros pastiches de poetas difuntos”, escribe Proust.

La estrella fugaz

Otro elemento revelador que yace en las páginas de Marcel antes de Proust, publicado originalmente por Éditions des Busclats en 2012 y traducido al español por Matías Battistón, es la cantidad de seudónimos que utilizó Proust, donde sus primeros ejercicios los firmó como Étoile filante (Estrella fugaz).

Pero ¡atención!, dice Prieur, “Proust también es Fusain Carbonilla al hablar de pintura. Será De Brabant, Y, Pierre de Touche, M. P. y Bob, quizá como una suerte de guiño a Robert Dreyfus, “lo que demuestra el gusto de la época por el abuso de los nombres ficticios, pero también que la elección de todos esos nombres de pluma no es algo que Proust se haya tomado en serio. Nadie sabe quién se esconde detrás de ellos, pero nadie cree en ellos tampoco”.

Al mismo tiempo se puede destacar la capacidad del autor francés por la crónica, señala López Winne. “Donde está clarísimo el nivel de detalle en la descripción, lo que después aplicará en su magistral En busca del tiempo perdido; son escritos que pueden leerse como punto de referencia de su escritura posterior”.

Otro ejercicio del joven Proust es la del poeta sin talento. De ahí que sólo publicara un poema donde se lee: “¡La noche! ¡El mar! ¡Las únicas dos cosas mágicas!/ Arropado en su manto magnífico y sedoso,/ Me pierdo allí, ahogando mis miradas en sus ojos,/ Sus ojos indiferentes, lánguidos y místicos”. “Bueno, como poeta, Proust se dio cuenta muy temprano de que no era lo suyo; por eso viró hacia la crónica, la narrativa y la crítica”.

¿Qué destacar de este volumen?, se le inquiere a López Winne. “La sutileza de Proust a la hora de criticar, esa forma velada en las palabras, sin descuidar su mirada sarcástica e irónica sobre lo que uno habría imaginado, virtud que a la postre desarrollará  en su obra literaria”, concluye.