Otro premio para John Maxwell Coetzee
Este texto trata de desentrañar algunas claves literarias de la obra del Nobel, que estará de visita en México

CIUDAD DE MÉXICO.
John Maxwell Coetzee nació el 9 de febrero de 1940 en Ciudad del Cabo, Sudáfrica. A ciencia cierta, poco se sabe sobre su vida personal, “además de que es vegetariano y abstemio”, como apunta el escritor español Javier Marías. Por lo demás, los datos que circulan sobre el autor de La edad de hierro son escuetos: escritor nacido en Sudáfrica; habla inglés; hace años Australia le concedió la nacionalidad, y ahí reside e imparte clases de literatura.
Adicionalmente, el hombre es matemático y especialista en lingüística computacional, resaltan sus biógrafos, perplejos ante la precariedad de sus hallazgos. También ha ganado un racimo de galardones: el Premio Booker (en dos ocasiones), el Premio Jerusalén y —cómo no enumerarlo, si es el que lo ha catapultado al estrellato editorial— el Premio Nobel de Literatura (en 2003).
Pero eso no es todo. Últimamente, a este ramillete de medallas, el esbelto catedrático de la Universidad de Adelaida ha sumado otros reconocimientos llamados, salva sea la palabra, honoris causa, que —a determinada hora y por alguna extraña razón— suelen acompañar a ciertos intelectuales consagrados.
Descendiente de colonos holandeses, el escritor ha subrayado su condición de afrikáner. Eso dicen. Lo que no mencionan es que también ha cuestionado duramente a los insurrectos, tal como lo demuestra en su novela Desgracia, donde plantea, en una trama cruda y carente de eufemismos líricos, que la hija del protagonista, Lucy, es violada por un grupo de jóvenes negros, mientras que su padre —el profesor David Lurie, alguna vez interpretado flácidamente por el actor John Malkovich— es golpeado con una saña inusitada por un grupo de negros. El enfoque —alegórico— fue calificado como políticamente incorrecto en Sudáfrica, donde Coetzee nunca ha sido reconocido como uno de los autores favoritos.
Debido a su poderosa forma de relatar, el autor del ensayo narrativo Diario de un mal año —que, sin ser un tipo áspero, sí se encuentra muy lejos del turismo literario— ha sido admirado por varios escritores contemporáneos. Entre ellos, por mencionar un nombre emblemático, Carlos Fuentes. Cuando el creador de El maestro de Petersburgo no era reconocido aún como una celebridad, Fuentes lo invitó a protagonizar una serie de conferencias, en donde sobresalían los nombres de Nélida Piñon, Juan Goytisolo y José Saramago. En ese momento, el autor de la novela Aura no tuvo reparos en decir que, definitivamente, “Coetzee era el escritor para escritores”. Por su parte, Mario Vargas Llosa —mucho más quisquilloso que su viejo amigo del boom— no pudo evadir el encomio y, ahí, como no queriendo, dijo que el progenitor de Elizabeth Costello
—por cierto, rarísimo alter ego del sudafricano— era uno de los mejores novelistas vivos, aunque agregó: “y no digo el mejor porque, para hacer afirmación semejante, habría que haberlos leído a todos. Pero, entre los que conozco, muy pocos tienen su maestría y sutileza contando historias”.
Encomios aparte, lo cierto es que, al lado de Nadine Gordimer, Coetzee es uno de los escritores sudafricanos más penetrantes y críticos que, desde su trinchera, ha desarrollado hondas reflexiones sobre temas como la violencia, el racismo y la migración.
Tal vez por esa razón —u otras que escapan a nuestra apreciación y, tal vez, sólo entienda la fauna académica— la Universidad Iberoamericana, en una ceremonia hermética, le otorgará este martes un honoris causa, otro, por lo que, en su boletín califican como “su contribución excepcional en el campo de la filosofía”.
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