James Joyce, el clímax de la lengua inglesa
Hoy se cumplen 75 años de la muerte del novelista irlandés, autor de obras maestras de la literatura como Dublineses, Retrato del artista adolescente, Ulises y Finnegans Wake
CIUDAD DE MÉXICO.
Excesivo y revoltoso, el escritor irlandés James Joyce se empeñó 17 años en dar con la forma final del manuscrito que, mientras era forjado obsesivamente, tenía el título de Obra en proceso, para publicarlo en mayo de 1939, con el nombre definitivo de Finnegans Wake. Una obra que el escritor Eduardo Lago define, en el artículo El íncubo de lo imposible, como “un salto al vacío desde las alturas del Ulises”, con la que Joyce “se adentró, solo y prácticamente ciego, en el ojo del huracán del lenguaje, llevando el libro de su vida a las profundidades de la noche, al líquido amniótico de los sueños, de la irracionalidad y el inconsciente”.
A su vez, el crítico británico Terry Eagleton señaló en un ensayo del libro La novela inglesa, que la última obra que publicó Joyce, antes de morir la madrugada del 13 de enero de 1941, puede considerarse como “un acto de venganza colonial, gracias al cual quienes se han visto desposeídos de su lengua nativa, logran devolverles el golpe y para ello lo que hacen es apoderarse de su lengua, contaminarla con todo tipo de balbuceos procedentes de otros dialectos y llegar a utilizarla haciendo gala de un virtuosismo deslumbrante”.
RETRATO DUBLINÉS
Hijo de una mujer religiosa y de un hombre envuelto en dificultades económicas, pero que desbordaba un sentido del humor corrosivo y talento para contar historias, James Agustine Aloysius Joyce nació el 2 de febrero de 1882, en Rathgar, un suburbio de Dublín. Fue educado en un internado de jesuitas, a quienes declaró deberles el saber “reunir un material, ordenarlo y presentarlo”, y se graduó en lenguas modernas en la Universidad de Dublín en 1903. Luego se trasladó a París para estudiar Medicina, pero la escasez de dinero lo hizo desistir y comenzó a dar clases para ganarse el sustento. En 1904 conoció a Nora Barnacle y, tras la muerte de su madre, partió con ella al exilio continental. Tuvo dos hijos y vivió la mayor parte de su vida adulta en Trieste, Zúrich y París. Debutó como escritor con el poemario Música de cámara (1907); luego publicó el libro de cuentos y epifanías Dublineses (1914), “una parábola del destino humano desde la infancia hasta la muerte”, cuya primera edición ardió inédita en manos de su impresor; la novela de vocación autobiográfica Retrato del artista adolescente (1916), que provino del manuscrito inconcluso Stephen Hero (1944), del cual también salió el material de los tres capítulos iniciales de Ulises; la obra de teatro Exiliados (1918), y Poemas a penique (1927).
MONUMENTO
DE HUMOR
“Lo malo es que el público pedirá y encontrará una moraleja en mi libro, o peor, lo tomará de algún modo serio, y, por mi honor de caballero, no hay en él una sola línea en serio”, dijo Joyce a la escritora estadunidense Djuna Barnes en vísperas de la publicación de Ulises (1922), esa novela–monstruo que transcurre durante una exhaustiva jornada, el 16 de junio de 1904, conocida como Bloomsday, y cuyos dos primeros ejemplares, editados en Francia por Shakespeare & Co., propiedad de Sylvia Beach, llegaron a las manos de su autor el mismo día que cumplió 40 años.
Salvador Elizondo la consideraba —así lo escribió en un ensayo del volumen Teoría del infierno—, “el clímax de la lengua inglesa, el punto en que el lenguaje cede totalmente a la voluntad del artista para hacerse absoluto, y se convierte en lenguaje capaz de decir y transmitir inclusive las sensaciones más terriblemente fisiológicas”.
Libro insólito, de imaginación prosaica, que perfecciona la técnica de la “corriente de conciencia”, a decir de Henry James, o del “monólogo interior”, como lo definió Valérie Larbaud, estuvo prohibido bajo el cargo de obscenidad en EU hasta 1933, y en Inglaterra pudo publicarse en 1936. El poeta José María Valverde, autor de la segunda traducción al español de Ulises que se publicó en 1976, anotó que el libro de Joyce era un “monumento de humor, como el Quijote, es decir, de distanciamiento, de toma de perspectiva más amplia, de ironía crítica y sin moralejas ante el hombre en general”.
DIABÓLICO Y BURLÓN
De gran influjo en el orbe literario desde su irrupción, la obra de Joyce es, como dice Eagleton, “diversa, híbrida, mestiza, construida a base de remiendos y parches”, y en ella, “las palabras se mezclan unas con otras, los estilos se desplazan mutuamente y los diversos lenguajes se pliegan unos dentro de los otros”. En tanto que para Lago, el autor del libro póstumo e inclasificable Giacomo Joyce (1968) fue un “genio diabólico y burlón que, sorbiendo el tuétano de las palabras, sabía cómo llegar al alma del idioma, para desde allí, entre risas y veras, reventar códigos y normas (...) destripando resortes y mecanismos, reagrupaba los vocablos en insólitas combinaciones tras las que alumbraba la fuerza desnuda de la poesía; quien, en fin, estaba destinado a cambiar, de una vez y para siempre, los rumbos por donde habría de transitar en el futuro la novela”.
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Escasos lectores
Fue uno de los escritores irlandeses más notables, pero para acercarse a Joyce se necesita tiempo y capacidad de comprensión.
En teoría, el libro más famoso de Joyce comienza de una forma muy inocente. “Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera, portando un cuenco lleno de espuma sobre el que un espejo y una navaja de afeitar se cruzaban”. Pero para Ulises (y algunos opinan que es imprescindible en la cultura literaria), se necesita un esfuerzo: son casi mil páginas para compilar lo que acontece el 16 de junio de 1904.
“Lo mejor es dejarse llevar de forma fresca por la aventura y no verlo como un examen de inteligencia”, aconseja Fritz Senn, presidente de la Sociedad James Joyce en Zúrich, la cuidad suiza donde murió el escritor un día como hoy, pero de hace 75 años.
Aun cuando Joyce sea uno de esos escritores que casi todo el mundo conoce, son pocos los que lo han leído. Lo cierto es que es una figura de culto. El Bloomsday, que recibe el nombre por el protagonista de Ulises, Leopold Bloom, es un día festivo en Dublín. Las personas que han leído Ulises y las que afirman haberlo hecho acuden en peregrinaje a los escenarios de la novela, comen pan con queso gorgonzola, llevan bombín y lo unen todo con un paseo por los pubs irlandeses.
Y el hecho de que Joyce perpetuase el 16 de junio de 1904 no es casual: al parecer fue el primer día en el que salió a pasear con su que sería su esposa, Nora.
-DPA
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