A 100 años del natalicio de Julio Cortázar

Desde joven, el autor de Rayuela siempre tuvo en mente vivir en nuestro país: “Me gustaría poder apreciar por mí mismo si todo lo que me han contado de México es cierto”, dijo en una carta a su amigo Luis Gagliardi

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26/08/2014 05:59 Virginia Bautista
Ilustración: Fernando Fraga

CIUDAD DE MÉXICO, 26 de agosto.- El escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984) tuvo desde joven un fuerte y estrecho vínculo con México. En 1939, a sus 25 años de edad, estaba decidido a emprender un viaje a tierras aztecas y permanecer un tiempo. Pero fue más de 35 años después, el 18 de marzo de 1975, cuando las pisó por primera vez.

El autor de Rayuela, de quien hoy se conmemora el centenario de su natalicio, cultivó desde entonces su amistad con escritores como Octavio Paz y Carlos Fuentes, demostró su admiración por Juan Rulfo y Juan José Arreola, vacacionó en las playas de Zihuatanejo y publicó su segundo libro de cuentos, Final del juego (1956), entre otros proyectos que emprendió en la capital.

Esa primera edición de Final del juego estaba integrada por nueve relatos, dos de los cuales tienen referencias directamente mexicanas: Axolotl y La noche boca arriba.

En efecto, en la correspondencia de Cortázar hay diversos pasajes en los que habla de su frustrado deseo de viajar a México en 1939. No pudo concretar este anhelo por razones de orden práctico, entre ellas su necesidad y deseo de mantener a su familia con su trabajo”, explica Rafael Olea Franco.

El investigador de El Colegio de México agrega que el novelista quería venir a México para ver de modo directo si lo que le habían contado sobre nuestro país era cierto o no. “En el fondo, México era un posible escape de la situación oprobiosa que él sentía en Argentina, país al que le urgía abandonar, lo cual finalmente logró, aunque no para venir aquí, sino para viajar a París, donde se asentó”.

Alfredo Barrios, maestro en Letras por la UNAM, quien dedicó a Cortázar su tesis de maestría, narra que “Julio pensaba que para cumplir con su destino era necesario salir de Argentina y en su mente sólo había dos destinos posibles: París o México.

‘¿Por qué México?’, la respuesta es simple –le diría a su amigo Luis Gagliardi en una carta fechada el 4 de enero de 1939–, ‘porque allí ha vivido siempre una juventud llena de ideales, trabajadora y culta que apenas se encuentra en Buenos Aires. Me gustaría –continúa la carta– poder apreciar por mí mismo si todo lo que me han contado de México es cierto: desde las pirámides hasta la poesía popular’.

“En su idea romántica pensaba viajar como tripulante/marinero, cargado sólo con ‘una valija pequeña, un cuaderno y un libro de poemas’. Cabe señalar que en esta época Cortázar escribía México con J”.

Barrios añade que esa entusiasta misiva se vio ensombrecida por otra posterior, también dirigida a Gagliardi. “‘No me fui a Méjico. No hay barcos que vayan a Méjico saliendo de Buenos Aires. Es preciso partir de Chile’. Le explicaría a su amigo y probablemente estaría más triste si hubiera sabido que pasarían más de 35 años antes de que pisara tierra azteca por primera vez”, dice.

El especialista especifica que Cortázar estuvo en México en tres ocasiones: en 1975, para ser parte del Tribunal Helsinki, que se ocupaba de los juzgados de lesa humanidad contra Chile y otras dictaduras latinoamericanas; en 1980, cuando vacacionó en Zihuatanejo, y el 3 de marzo de 1983, cuando se presentó en Filosofía y Letras de la UNAM, antes unos cinco mil estudiantes.

Cuando Cortázar vino por primera vez a México en 1975, recuerda Rafael Olea, “dijo, en una entrevista con Eduardo Lizalde que, aunque no había visitado nuestro país, sentía que había estado en contacto con su cultura por medio de los textos que había escrito. Y mencionó los cuentos Axolotl y La noche boca arriba; es decir, marcó de inmediato cómo su relación había sido más libresca que vital”.

Cuentos, proyectos y amigos

Cortázar se maravilló con ese animal mexicano llamado ajolote, detalla Rafael Olea, por lo que le dedicó el relato Axolotl. “Se desarrolla en el Jardin des Plantes de París, donde el narrador conoce a un ajolote en exhibición. Desde el final del primer párrafo dice sin duda ‘Ahora soy un axolotl’. Así, con maestría extraordinaria, marca desde el principio sus diferencias estructurales con otras vertientes de la literatura fantástica”.

Señala que en el volumen Final del juego, los textos Axolotl y La noche boca arriba aparecen juntos, “lo cual indicaría que responden a un mismo impulso creativo.

En el último de estos cuentos, Cortázar usa su conocimiento de las llamadas guerras floridas aztecas para crear un relato en donde dos realidades se presentan de forma alternativa. Al principio, el lector tiene la impresión de que el protagonista, quien ha sufrido un accidente al desplazarse en una motocicleta, está soñando con el pasado prehispánico de las guerras floridas. Sin embargo, al final nos damos cuenta de que es al revés, es decir, que no se sueña con el pasado, sino con el futuro”.

El investigador de El Colegio de México recuerda además el cuento La noche de Mantequilla. “Tiene como fondo la pelea de 1974 entre el boxeador argentino Carlos Monzón y el cubano-mexicano Mantequilla Nápoles, la cual se desarrolló, con gran glamour, en Francia (me pregunto en este momento si acaso Cortázar habrá asistido a ella)”.

En cuando a la estancia del Gran Cronopio en Zihuatanejo en 1980, Alfredo Barrios cuenta que la Universidad de Berkeley le pidió a Cortázar que diera un curso de literatura de un semestre y él aceptó; pero antes de llegar a Estados Unidos se tomó unas vacaciones de más de un mes en Zihuatanejo, en compañía de quien sería su segunda esposa, Carol Dunlop.

“Ahí fue donde idearon el viaje de ‘Los autonautas de la cosmopista’. También ahí escribió uno de sus libros más oníricos: Cuaderno de Zihuatanejo. El libro. Los sueños. Le gustaba esta playa por solitaria y porque, según sus propias palabras, en ese lugar no lo iban ‘a joder periodistas o escritores’”.

Dice que la cultura mexicana le parecía mítica. “Consideraba a México como una nación libre, inteligente y culta, y al parecer nunca cambió esa imagen”.

Barrios indica que hay otras cosas que vinculan tangencialmente a Cortázar con nuestro país. “Antes de volverse una celebridad mundial publicó aquí el cuento El perseguidor, en 1957; aquí fue donde le permitieron escribir por primera vez sus libros almanaques, invitado por Arnaldo Orfila en 1965; y también Cortázar fue el encargado de la publicación de Paradiso, de Lezama Lima, en México”.

Y destaca Fantomas vs. los vampiros multinacionales, donde recrea la tradición de la historieta mexicana. “La idea le vino a la mente, porque había caído en sus manos una historieta del personaje enmascarado donde aparecían como personajes Susan Sontag, Octavio Paz y el mismo Cortázar. Julio rescata de la historieta las gráficas que le interesaban y escribió su propio argumento. Fue publicada por el periódico Excélsior en 1975 y se vendió en los puestos de periódicos de varios países”.

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