Rubem Fonseca, un libertino en México

El escritor brasileño visitó en los 90 el Distrito Federal: comió gusanos de maguey, visitó un table dance en la colonia Condesa y se maravilló de la vida nocturna de la gran urbe, escenas que luego recreó en uno de sus cuentos; este año se cumple un cuarto de siglo de que la editorial Cal y Arena publica su obra en el país

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22/08/2014 05:09 Luis Carlos Sánchez

CIUDAD DE MÉXICO, 22 de agosto.- “Vamos, vamos corriendo”, le dijo Rubem Fonseca (Minas Gerais, Brasil, 1925) a sus anfitriones de esa noche. Era casi una cofradía de cautivos frente al autor de culto, divirtiéndolo en la Ciudad de México, un terreno que se jacta de contener la misma inmundicia que narra el brasileño. Era el año de 1990, Fonseca había comido gusanos de maguey en el restaurante Bellinghausen, pero no era suficiente, quería conocer más.

“Alguno de los amigos en la mesa –recuerda Rafael Pérez Gay- preguntó: ¿ha ido usted al table dance Rubem? ‘Sí, sí, tengo idea de lo que es el table dance’, dijo. Otro amigo agregó ‘pero es que este table dance tiene un toque mexicano’. ¿Y a qué se refieren ustedes?, preguntó Rubem, ‘pues a que puedes tocar a las chicas”, le dijeron. El escritor tenía 65 años y se apresuró a seguir a sus cofrades.  

Años después, Ediciones Cal y Arena compró los derechos de El agujero en la pared a la agente literaria Carmen Balcells, en aquella colección de cuentos estaba referida esa noche. Rubem Fonseca incluyó el cuento La carne y los huesos, en el que el personaje principal narra la historia de su madre que está muriéndose. “Cuenta al mismo tiempo la historia de que viajó y estuvo en una ciudad lejana en donde la gente iba a unos lugares nocturnos y se ponían las mujeres arriba de las piernas como si estuvieran en unas sillas de barbero”, recuerda Pérez Gay.

A la historia de esa noche (en la que estuvieron además Luis Miguel Aguilar y Bernardo Ruiz, entonces director de Difusión Cultural de la UAM, institución que había traído al escritor a México), el brasileño agregó un personaje que llamó “la condesa”. El bar al que habían ido se llamaba El Closet y estaba en la calle de Saltillo de la colonia Condesa. “Inventó ese personaje porque estábamos en la Condesa, de ahí viene ese cuento, salimos como a las tres o cuatro de la mañana, él se fue a su hotel y regresó a Sao Paulo, luego tuvimos este cuento notable”.

Ediciones Cal y Arena está ahora por cumplir 25 años de publicar en México a Rubem Fonseca, de descubrirlo prácticamente para los lectores. “Creo que Cal y Arena introdujo de verdad a Fonseca a México porque no lo tenía nadie. Fonseca en Brasil es un hitazo, publica un libro y vende cien mil ejemplares. Es quien encabeza a la muy, muy potente literatura brasileña de nuestros días; pero no tengo ningún inconveniente en decir que Cal y Arena introdujo en México a Rubem Fonseca”, agrega el director del sello editorial.

A la efeméride se agrega una conmemoración más: el año pasado Fonseca cumplió en Brasil medio siglo de escribir ininterrumpidamente. Lo celebró ausente -como acostumbra-, asomándose sólo a través de sus libros con la publicación de Amalgama, un nuevo libro de relatos que aparecerá en los próximos días en las librerías mexicanas, traducido por Delia Juárez con el apoyo de Luis Miguel Aguilar. 

Joven de 89 años

Potente, adictiva, magnética, con la misma intensidad que podría tener la literatura de un escritor joven (es un escritor algo tardío, comenzó a publicar después de los 35 años), así es la literatura de Rubem Fonseca, dicen Rafael Pérez Gay, editor del escritor en México, y Rodolfo Mata, traductor –junto con Regina Crespo- al español de por lo menos una docena de libros del brasileño que Cal y Arena ha publicado en México.

El primer libro de Fonseca que llegó a las manos de Pérez Gay fue la novela Pasado negro, lo traía de un viaje a Sudamérica Héctor Aguilar Camín.

“Yo la leí y quedé hechizado por un narrador magnético, un narrador notable en su refinamiento, en su capacidad de atrapar al lector y, desde luego, en su calidad. A partir de entonces me encargué de ir siguiendo cada uno de sus libros y de ir comprando los derechos de cada uno. Entretanto Fonseca se convirtió en uno de los narradores iberoamericanos más notables, recibió el Premio Camões, el Juan Rulfo de la FIL (ambos en 2003)”. Este último entregado por Gabriel García Márquez. 

Fonseca se convirtió entonces en un escritor de culto que tiene en México unos cuatro mil lectores, que no se pierden ninguno de sus libros.

Rodolfo Mata piensa que su calidad literaria, pero sobre todo el cochambre y la ironía que hay en sus historias, concitaron con el lector mexicano. “Hay un temperamento irónico, sarcástico. Con el lector mexicano al principio fue la violencia, a mí el libro de El cobrador (donde cuenta la historia de un asesino serial) me dejó impresionado. El otro tema es de la reinvindicación de la literatura policiaca como un género con todos sus derechos, virtudes y posibilidades”.

También, agrega, está “el tema del sexo, de las relaciones interpersonales tratados de manera irreverente, sin tapujos y de una manera muy festiva, eso es algo importante”.

Fonseca es además un observador de este tiempo, del sentimiento más “acre”, sus historias están llenas de conflicto, hay odio, amor y pasión; también amargura y muchas carcajadas, muchas burlas al hombre.

“Fonseca siempre tiene referencias en dobles niveles”, Mata piensa que en El agujero en la pared se burla por ejemplo de Jorge Luis Borges. “Fonseca tiene una capacidad de observación del suceder cultural impresionante, se ríe de lo políticamente correcto”, como ejemplo señala el cuento Lanzamiento de enano (de cuya imagen se ve una similar en la cinta Lobo de Wall Street de Scorsese), donde los enanos piden no ser defendidos, porque se les lanza por divertimento.

“Ellos dicen en el cuento: oye no me defiendas, me estás quitando el trabajo, deja que me lancen estas gentes porque de eso vivo”. Pero Fonseca se ríe además de los purismos, “de esa gente que siempre va atrás y grita no lancen a los enanos, respétenlos, de esa gente que dice no hagan esto que puede producir catástrofes ecológicas, no dudo que en algún momento (Fonseca) se lance contra los que defienden los alimentos orgánicos”, dice.

No sólo el sentido corrosivo de sus temas impacta en Fonseca, el traductor agrega que a pesar de que “es el más cuidadoso de la lengua o una gente que tenga un cuidado supremo, sus diálogos están muy bien hechos, con Regina nos reíamos mucho, hay mucho de oralidad y capta el habla de las personas, de los brasileños, sus historias tienen una ironía social muy acre, el conflicto entre ricos y miserables está siempre presente, otros autores brasileños lo han tomado, lo siguieron y yo creo que eso ha hecho que fuera atrás de eso que fue abriendo”.

En ello, coincide Pérez Gay, “uno: es un narrador magnético y dos, toca los temas de los cuales todos queremos saber, oír, es decir, de sexo, drogas, muerte, amor, padres, hijos. Este conjunto de temas hacen de la obra de Fonseca una obra magnética, y lo digo en el sentido más literal de la palabra. Te atrapa y por eso se volvió durante un tiempo, y lo sigue siendo, un escritor de culto en México y en América Latina”.

En Amalgama ha regresado ese Fonseca. “Es un libro de relatos independientes que tiene asidero yo no diría que poéticos, aunque lo son también, es el tema y la narración de Fonseca puesta en forma poética, es un libro muy breve de 150 páginas en donde al final este escritor hace una declaración de la maestría del relato breve, es sorpresivo y nuevamente magnético”, dice.

 

“Los escritores son seres muy extraños”

Hacia mediados de la década de los 90, Rubem Fonseca visitó el Distrito Federal y se reunió con sus editores mexicanos. Por ese entonces, Cal y Arena había publicado las novelas Grandes emociones y pensamientos imperfectos y Agosto; pero algunas obras anteriores, como El cobrador o Pasado negro, circulaban entre los lectores nacionales de mano en mano y de voz en voz, como si se tratara de una cofradía.

Fonseca no da entrevistas, pero ofreció una charla en la Capilla Alfonsina, que el suplemento cultural de El Nacional registró puntualmente. Le preguntaron, entre otros temas, por “el sexo en sus libros”. “¿El sexo?”, cuestionó Fonseca. “Bien. ¿Qué quieren saber del sexo?”, lo que provocó las carcajadas entre los asistentes. Le preguntaron también por qué algunos de sus personajes son escritores. “No sé, quizá porque los escritores son seres muy extraños”, señaló.

Aunque a Fonseca no le gustan las entrevistas ni las fotografías, ni los encuentros literarios, en años recientes se ha presentando ante públicos más amplios para recoger doctorados Honoris Causa y premios como el Camões (el Nobel de lengua portuguesa) o el Juan Rulfo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. No le gusta, en fin, hablar de su propia obra o de sí mismo, pero Rubem Fonseca, en todo caso, es un escritor que está en sus libros.  

Así, por ejemplo, Intestino grueso, relato incluido en Feliz año nuevo, es la historia de una entrevista, un duelo de esgrima entre un periodista y un escritor. Preguntas cándidas y respuestas mordaces. En Novela negra, otro ejemplo más, se cuentan las anécdotas y desatinos de un escritor que asiste a un festival de novela policiaca, en el que en algún momento James Ellroy, el célebre autor de LA Confidential, le plantea al protagonista: “Somos los continuadores de la tragedia griega”. Acaso su trabajo más personal sea José (su nombre es José Rubem Fonseca), una autobiografía escrita en tercera persona que se detiene en sus 30 años.

—Fernando Islas

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