La escritura, como memoria humana en la obra ‘Gente del mundo‘

Alberto Chimal parte de la premisa según la cual lo único que nos permitiría sobrevivir como es-pecie es la tolerancia y el conocimiento de los otros

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18/08/2014 03:20 Juan Carlos Talavera
Chimal juega con la idea apocalíptica de la sociedad. Foto: Archivo

CIUDAD DE MÉXICO, 18 de agosto.- Hace tiempo que la hora cero llegó a un planeta donde las civilizaciones fueron destruidas. Todo empezó con una guerra y ahora los escasos sobrevivientes intentan recuperar esos fragmentos de historia y literatura que han quedado dispersos.

Bajo esta idea, el narrador Alberto Chimal ha escrito Gente del mundo, una ficción que reflexiona sobre la importancia de la escritura y su trascendencia como memoria de la humanidad.

La escritura es importante para cualquier civilización. Este libro tiene que ver con la memoria de los seres humanos, que es muy frágil, volátil y fácil de perderse y falsearse”, afirma.

“En el libro, de todas las culturas que se habla sólo quedan pequeñísimos fragmentos que pudieron ser modificados, suprimidos y falseados de muchas formas; sin embargo, es lo único que se puede rescatar”, narra.

Los seres humanos “pensamos la historia en mayúsculas, como algo inamovible y como una verdad que podemos rastrear y recuperar, sin embargo, no es tan simple”, añade.

Y esta época nos da ejemplos innumerables de cómo no sólo el olvido y la facción deliberada de autoridades y guardas de ciertas porciones de la memoria histórica puede ocasionar la modificación, el falseo o la destrucción de esa memoria”, dice.

Así que este libro habla sobre lo que sucede cuando esa memoria está amenazada o en peligro, cómo y dónde se puede recuperar o qué es lo que puede suceder que permita conservar una porción de eso que se pierde.

El ejercicio es jugar a que las civilizaciones que aquí se muestran se parecen un poco y no a las nuestras; no es una repetición del presente ni de una ‘realidad histórica’, pero sí es una imagen o una metáfora.”

Aunque el volumen también es una evocación de aquel libro primigenio, donde no es posible retomar un estado original o absolutamente inicial de la especie. “Por ejemplo, el Poema de Gilgamesh: el libro más antiguo donde ya se habla de ciudades, borracheras, prostitutas y una gran cantidad de personajes, elementos, costumbres de una civilización establecida.”

Esto quiere decir que la literatura nos llega en un momento posterior al establecimiento de las civilizaciones, aseguró, cuando ya hay versiones encontradas de las cosas y huecos en lo que se dice y se sabe.

El estado de la cultura escrita es fragmentario y entonces este libro juega un poco a eso. Otro ejemplo de ese estado originario es el Mahabharata, que durante muchos siglos se desarrolló como una larga historia oral y de pronto decidieron asentarlo todo no por razones literarias, sino políticas”, indica.

Sin embargo, esta idea apocalíptica de la sociedad, que atraviesa las páginas del libro editado por Era, surgió cuando el autor pensó que en una época como la nuestra –aun después del 2000– la idea del fin sigue siendo atractiva, porque seguimos en un tiempo desolador y aciago, donde priva la violencia generalizada, la descomposición social, el surgimiento de toda clase de guerras y violencia.

Entonces la idea de apocalipsis y de la destrucción total, para muchas personas, es una especie de consuelo, una fantasía masoquista que de pronto se puede oponer a las angustias cotidianas, aunque finalmente no exista una consumación de algo. Ahorita tenemos el ébola, el Estado islámico y hace años fue la influenza, siempre hay una tendencia a la catástrofe.”

Pero todo esto sucede a consecuencia de tiempos donde hay una falta de confianza en el presente, una carencia de asideros y una conciencia de que algo está muy mal con la sociedad como la hemos construido, señala.

Y aunque es muy seguro que las ideas no nos salvarán, reconoce, éstas permiten cierta posibilidad de perdurar más allá de nosotros mismos. “Es una posibilidad utópica, una esperanza de que la existencia haya tenido sentido, de que sea posible que otros observen lo que hicimos y, quizá, no lo admiren ni aprecien, pero que por lo menos lo sepan”, detalla en entrevista.

¿Qué queda por hacer?, se pregunta el autor. “Pienso que lo único que nos permitiría sobrevivir como especie es la tolerancia y el conocimiento de los otros, pues cada que una civilizaciones se endurece o se aísla… empieza a decaer y realmente se aproxima a su desaparición.”

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