Centenario del natalicio de Efraín Huerta, cocodrilo con piel de poeta

Con las primeras líneas de Declaración de amor —uno de sus poemas más celebrados— arrancamos un recorrido tras las huellas que el Gran Cocodrilo dejó impresas en la Ciudad de México

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18/06/2014 05:50 Juan Carlos Talavera

CIUDAD DE MÉXICO, 18 de junio.- A Efraín Huerta le gustaba caminar por San Juan de Letrán y por la explanada del Monumento a la Revolución. A menudo comía “medianoches” en El Sidralí (en la esquina de Madero y Palma), llevaba a sus hijas al Súper Leche y frecuentaba la churrería El Moro (ambos establecimientos sobre el Eje Central). Como si fuera una religión, iba a la Monumental Plaza México y por nada del mundo se perdía los partidos del Atlante en el Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes.

Es Efraín Huerta, el poeta del que hoy se celebra el centenario de su natalicio, el autor de Los hombres del alba, de Absoluto amor y Dispersión total, el periodista del suplemento El Gallo Ilustrado en El Día, el crítico de cine y de teatro, el editorialista y dibujante. Hombre sencillo que profundizó en temas como el amor, las mujeres, la política y el común de los mortales.

Señas de identidad

Su verdadero nombre era Efrén Huerta Romo, nació en Silao. Vivió un tiempo en Irapuato, luego en Querétaro y llegó a la Ciudad de México a los 16 años, donde estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y se cambió el nombre por sugerencia del escritor Rafael Solana.

Según testimonios detallados a Excélsior, vivió en colonias como la Tabacalera, El Periodista, en el Centro Histórico y en Polanco. A la postre sería conocido como El Gran Cocodrilo y éstos son algunos de sus pasos:

“¡Niñas!, pónganse muy bonitas porque las voy a llevar a ver comer helados”, le decía Efraín a Eugenia y Andrea, hijas de su primer matrimonio con Mireya Bravo. “Y de inmediato nosotras entendíamos la broma y nos alistábamos para salir a pasear con él”. Entonces las llevaba a comer helados y a los aparadores Larín, donde había cerros de dulces de la misma marca.

Una de las primeras escenas que Eugenia Huerta recuerda al lado de su padre está plasmada en una foto de infancia, compilada en el libro Efraín Huerta. Iconografía, donde el poeta camina con sus hijas sobre San Juan de Letrán, mientras al fondo se aprecia el Cinelandia,  donde a menudo las llevaba a ver películas infantiles.

“Aquel día Efraín nos llevó al cine y después iríamos a pasear. Pero lo mejor es que fue una imagen captada por un fotógrafo callejero que luego de tomarla la llevó a la casa y se la vendió. Es una foto muy bonita porque es uno de los muchos paseos que hacíamos con él por el centro de la ciudad”, recuerda Eugenia.

Luego hay una segunda imagen que pertenece a la misma época, donde el vate posa con sus hijas al pie del Monumento a la Revolución, “lugar tradicional para nuestros paseos, pues en ese tiempo el monumento tenía unos jardines muy lindos. Y luego nos íbamos caminando por la Ribera de San Cosme, donde hoy está el Metro Revolución”.

Otros lugares que Efraín frecuentaba con sus hijas eran: los churros El Moro y el Súper Leche, edificio al que iban a comprar hamburguesas y cuartitos de leche en envases de vidrio (y que se derrumbó durante el terremoto del 19 de septiembre de 1985). También visitaban el mencionado Sidralí, donde iban a comer medianoches con unos sidrales de la misma marca a la altura de la calle Palma.

Otro lugar importantísimo para Efraín Huerta y sus hijas era la Plaza de Toros y el Estadio Olímpico de la Ciudad de los Deportes, donde pasaron casi todos los domingos de su infancia.

“En la Plaza de Toros él nos explicaba mucho sobre el sentido de las corridas. Luego gritaba y se tomaba su cerveza. Ése era el día para estar juntos disfrutando de un espectáculo que nos gustaba”, rememora Eugenia.

Después iban al estadio de futbol para ver los partidos del Atlante. “Ahí vivíamos una dinámica muy similar, aunque luego nos daba pena, porque, cuando el Atlante metía gol, Efraín se ponía de pie y gritaba: ‘¡Tiempo, árbitro, tiempo!’, pues quería que ya terminara el partido para que ganara el Atlante”.

¿En serio le iban al Atlante?, le pregunto. “¡Claro!, y le íbamos aunque estuviera en segunda división. En fin, así eran los paseos: Efraín con las dos niñas en el futbol todas las mañanas; y aunque a veces nos alcanzaba mi mamá, otras no podía, porque se quedaba con David, el más pequeño”.

Otro lugar que a menudo visitaba Efraín Huerta con sus inseparables hijas era la librería Zaplana, ubicada en San Juan de Letrán, “un lugar maravilloso donde nos atendía don Andrés Zaplana, librero de corazón que nos surtía la lista de útiles. Aunque lo maravilloso de este personaje es que hacía unos libritos con el título de No compre libros, donde incluía una lista con las direcciones de las bibliotecas de la Ciudad de México”.

Sin olvidar que a menudo llevaba a sus hijas al Panteón de San Fernando, donde les gustaba jugar alrededor de la tumba de Benito Juárez y de los héroes de la Guerra de Reforma. “Era un lugar que nos gustaba mucho; el panteón nunca fue algo tétrico para nosotros; era un lugar amable y precioso”.

Dulce hogar

Hacia 1945, Efraín Huerta se estableció, con su esposa Mireya Bravo, en un departamento de la colonia Tabacalera, en la calle José María Iglesias número 26, muy cerca del Monumento a la Revolución.

“Y justo la primera imagen que tengo de él en esa casa es un hombre a medio vestir, con una de esas camisetas antiguas de tirantes, sentado frente a su máquina de escribir. Eso hizo que para sus hijos el verbo trabajar estuviera identificado con su máquina de escribir: una Remington que dejaba los dedos adoloridos, porque yo la heredé para hacer mis tareas en la universidad”, relata Eugenia.

En esa época la vida de la familia Huerta Bravo se desarrollaba en los alrededores de aquel céntrico departamento, que entonces era una vecindad con un patio central muy grande, un espacio que el tiempo ha modernizado y ahora se ha transformado en un condominio.

Hacia 1952, la familia Huerta Bravo se mudó a la segunda colonia del Periodista, en la cerrada Ángel de Campo Micrós número 61, donde el poeta adquirió una hipoteca para pagar una casita de 10 por 10 metros, cerca de Cumbres de Maltrata y de la colonia Narvarte.

“Esa fue nuestra casa de juventud”, dice Eugenia, quien heredó de su padre el gusto por la edición de publicaciones. “Y ahí convivimos hasta que mis padres se divorciaron. Fue una colonia muy particular que nos aportó mucho en la vida, porque todos los vecinos eran periodistas”.

En ese momento las casitas estaban asentadas sobre un rancho donde se construyeron casas muy sencillas, “pero donde tuvimos vecinos maravillosos como Rosendo Gómez Lorenzo, un viejo español canario y militante comunista con quien Huerta trabajó en El Nacional, un hombre combativo, compañero de andanzas políticas”.

En esa misma colonia del DF tuvieron por vecinos a Vicente Fuentes Díaz, los hermanos Mayo, los Casasola, Mario Gil y Arturo Sotomayor.

Lo más curioso de aquel lugar fue que Efraín Huerta organizaba cada año las “Furias del Libro”, donde invitaban a sus amigos para intercambiar libros, “que eran el pretexto para tomarse unas cubas libres y después comer un rico pozole preparado por Benita Galeana, la escritora, comunista y activista que ingresó más de 60 veces a la cárcel, una mujer que aprendió a leer y a escribir en edad adulta, quien se casó con el periodista Mario Gil.

¿Por qué les llamaba “Furias del Libro”?, se le pregunta. “Ah, era el nombre que mi papá les ponía como una forma de hacer un chiste. Efraín hacía chistes todo el tiempo y en lugar de ferias les ponía furias. Era un momento donde los periodistas intercambiaban libros y un pretexto para estar juntos. Entonces yo tenía 13 años”, cuenta.

¿Se leían poemas en voz alta? “¡No!, aunque a Andrea y a mí nos ponían a leer los poemas del cubano Nicolás Guillén cuando llegaba de visita a casa de Efraín. Debió ser una experiencia horrible. Supongo que al poeta le hacía gracia, aunque nunca tuvimos problemas para expresarnos en público”.

Cabos sueltos

Según Efraín Huerta, su primer trabajo fue como gritón de la Lotería, pero sus hijas suponen que era una broma, aunque se sabe que sí practicó algunos oficios, como el de dibujante de carteles publicitarios para cine, pues dicen que eran bueno para el dibujo.

“Ése pudo ser uno de sus trabajos: dibujar carteles en Irapuato, aunque no conservamos sus dibujos, más que el autorretrato que ya ha sido publicado en repetidas ocasiones.”

Una anécdota que cuentan repetidamente en la familia es la que toca al ombligo del poeta David Huerta.

“Cuando nació David esperamos pacientemente a que se le cayera el ombligo al bebé. Entonces lo tomamos y fuimos a enterrarlo al camellón de la Ribera de San Cosme”.

“¡Niñas!, busquen el árbol más bonito para enterrar el ombligo de su hermanito”, les dijo entonces su papá.

Entonces eligieron un árbol enorme, de grandes ramas y cavaron un hoyo cerca de sus raíces para enterrar el ombligo del bebé. “Era un árbol hermoso y fuerte… como queríamos que fuera nuestro hermano varón. Lo malo es que ese camellón ya no existe”, recuerda Eugenia.

Un detalle casi olvidado en la memoria literaria del llamado Gran Cocodrilo es que fue retratado por el pintor Diego Rivera en el mural desmontable
Pesadilla de guerra y sueño de paz, el cual en la actualidad está desaparecido.

“Fue una obra mural que Rivera hizo para recabar firmas por la paz, incluso Efraín hizo un poema llamado Hoy he dado mi firma por la paz, recordando justamente ese momento.

Así que nosotras lo acompañábamos al Palacio de Bellas Artes, donde Diego pintaba ese mural, el cual hoy está perdido. Lo último que supimos es que se había ido a Pekín, pero no sabemos si los chinos lo adquirieron, porque en el extremo izquierdo hay una imagen de Stalin y otra de Mao.

Otros pasos

Hacia 1958, Efraín Huerta contrajo segundas nupcias con Thelma Nava, con quien procreó a sus dos hijas menores: Thelma Huerta-Nava y Raquel Huerta-Nava, con quienes recorrió ciudades como Morelia, Guanajuato y Querétaro.

Fue entonces cuando se mudó a Polanco, donde adquirió una casa entre las calles de Campos Elíseos y Lope de Vega.

“Para entonces a Efraín le gustaba pueblear y recorrer pequeñas ciudades en busca de artesanías”, recuerda Raquel Huerta. “Íbamos muy seguido, dos o tres veces al año, incluso recuerdo mucho Michoacán y algunos de sus lugares: Pátzcuaro, Quiroga, Uruapan, donde él tenía grandes amigos”.

Para entonces, Efraín Huerta ya había cumplido 45 años y sus caminatas por la ciudad se reducían a deambular sobre Polanco; íbamos a un café en la calle de Arquímedes y a restaurantes cercanos, y frecuentábamos el Gino’s sobre la calle de Hegel, donde le gustaba ir a tomar café y a comer helados italianos.

“Cuando tengo memoria, él ya tenía 50 años y entonces ya andábamos mucho en coche. Vivíamos en Polanco, en una época en que la colonia estaba casi vacía, pues no abundaban los comercios ni los automóviles.”

Algunas fotografías, “extraviadas”

La foto original donde Efraín Huerta (1914-1982) aparece tumbado en el pasto, que fue utilizada en el año 2000 para la edición del libro Alma mía de cocodrilo. Efraín Huerta para niños, hoy está extraviada.

Según los rastros de su archivo ésta debería ubicarse en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de la UNAM. Sin embargo, se ha perdido junto a una decena más de fotografías de las que no se tiene noticia. Así lo reconoce a Excélsior el investigador Emiliano Delgadillo, compilador de Efraín Huerta. Iconografía, quien detectó que una parte de las fotografías utilizadas durante ese año para la realización de dos libros se extraviaron y hasta ahora se desconoce su paradero.

“Son fotos de su adolescencia que no se sabe dónde están, pero tengo la impresión de que alguien se las ‘carranceó’. Son fotos de Efraín adolescente y por desgracia nadie de la familia cuenta con las originales.”

“Además, hay otras fotos anteriores con las que tampoco pude dar, en donde aparece Huerta posando con su equipo de futbol. Ésas las quería encontrar porque sale ataviado de futbolista o jugando, pero tampoco están”, asevera.

Delgadillo hace una pausa y habla acerca de una fotografía de 1969 —incluida en su iconografía—, de la cual sí se cuenta con el original y donde aparece con el poeta Mario Benedetti.

“Es una fotografía fabulosa que data de la época en que el poeta viajó a Cuba para celebrar los primeros 10 años del triunfo de la Revolución Cubana, donde participó como jurado del Premio de Casa de las Américas en la rama de poesía.”

Mireya de lluvia

Con autorización de Raquel Huerta-Nava se publica este poema poco conocido, escrito por el poeta a los 20 años. Aún no ha sido compilado en su obra poética completa.

Con una danza dulce de viento nevado
las manos en los hombros de la música
como algo de jardín y saludo de agua.
 
A un paso de su cuerpo el equilibrio
de los ríos adolescentes sin espuma
la gimnasia secular de los crepúsculos.
 
Su danza es una deuda con las nubes
más lentas y el más suave proyecto
de lluvia tiene de ser para Ella.
 
Nueve intentos de angustia torrencial
tradujeron sus ojos al hablar de la luna
y al lenguaje de ola la curva de sus senos.
 
Como una luz de buque en pleno mar
surgieron en la rueda de las horas
sus sesenta minutos de belleza.
 
Con agudos pinceles —miradas de medusa
o plumas de algún pájaro suriano—
la huella de sus piernas en el aire
 
trazan una pintura de marinos recuerdos
y plantan una huerta de gotas
sustraídas del último aguacero
 
1° octubre 1934
 
 
(Mireya: yo te envío el primero de octubre tu cuaderno de lluvia y la imposible
fuga de mi amor. MCMXXXIV).

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