Retrato hablado: Élmer Mendoza, un consumidor de diálogos

El escritor sinaloense pasó de ser autor marginal a las grandes ligas. Un asesino solitario, novela sobre Colosio, cumple 15 años

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16/03/2014 04:19 Luis Carlos Sánchez
Ilustración: Julio Grimaldi

CIUDAD DE MÉXICO, 16 de marzo.- El sobre que revelaba el autor tras el seudónimo no podía abrirse, pero los miembros del jurado casi daban por hecho que la novela que había quedado finalista era de Federico Campbell (1941-2014). Al término de la deliberación, aquella historia ambientada en el norte de México que hablaba de disputas entre narcotraficantes y policías judiciales, no sería la ganadora, pero había llamado la atención de más de uno de los integrantes del jurado del concurso convocado en Michoacán.

Uno de ellos se apresuró a llamar a Campbell para decirle que su novela había quedado finalista. Turbado, el escritor tijuanense tuvo que admitir que la historia no había sido escrita por él, sino por otro joven escritor del norte mexicano que personalmente le había hablado de la historia y le había puesto en sus manos el manuscrito, pidiéndole consejo. Su nombre era Élmer Mendoza, un autor de Culiacán que hasta ese momento sólo escribía para publicaciones marginales, editoriales independientes o las magras ediciones de la institución cultural de su ciudad.

Campbell se puso feliz y llamó al editor Martín Solares de editorial Tusquets, para hablarle de Mendoza. Aquella sería la entrada a “las grandes ligas” del escritor culichi. Su novela Un asesino solitario contribuyó a darle cuerpo en el panorama de las letras mexicanas a la región norte del país. La primera edición apareció en 1999; este año cumple 15 años; su autor 65 y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el episodio que dio nombre y detona la trama de la novela, hace exactamente dos décadas.

En la FIL de Guadalajara, Mendoza recibió su primer “cheque de autor”. “En enero de 1999 nos llegaron los primeros ejemplares y fueron como una puerta a lo desconocido que no podríamos eludir. Mis hijos Veckío, Ian y Lyan, sonreían nerviosos. Mis amigos resistieron la sorpresa y brindaron”, recuerda el propio Mendoza en el prólogo que ha escrito para la edición limitada a 15 de la primera aparición de Un asesino solitario.

Pero Élmer “nunca se la creyó”, dice su amigo y colega Juan José Rodríguez, a pesar de que la fama y el reconocimiento mediático llegó con esa novela que hasta la fecha ha tenido cuatro ediciones diferentes en tres colecciones de Tusquets y el mismo número de reimpresiones en la colección Fábula. “Hoy nos cuesta creer que hace 20 años la novela policiaca no era tan bien vista en el mundo cultural, que sólo era un juguete de Taibo II y los españoles y ahora estamos viendo que nos ha abarcado, Un asesino solitario contribuyó en mucho”, agrega.

Ambicioso y disciplinado

Élmer Mendoza jamás se ha conformado, dice Juan José Rodríguez. A diferencia de otros escritores que alcanzan éxito con un libro y no vuelven a brillar, el sinaloense no ha cesado su búsqueda literaria. Mendoza nació en Culiacán el 6 de diciembre de 1949, sus primeros años transcurrieron en la colonia Popular (después mencionada como Colpop en sus libros); cuesta trabajo dejar de imaginar al escritor como testigo del bajo mundo de una ciudad calurosa en la que la transa, la violencia, las drogas o los dólares están a la orden del día.

También la cerveza helada, los mariscos, el beisbol o las bellas mujeres, “símbolos de la región”, como dice Rodríguez. El destino como autor de Mendoza prácticamente estaba trazado, atraído por la lectura, a Élmer siempre le gusto fantasear pero fue hasta que cumplió casi 30 años cuando decidió abandonar el trabajo que tenía como ingeniero (carrera en la que se tituló) en una fábrica de televisores RCA, para convertirse en escritor.

La anécdota se la contó al periodista Vicente Gutiérrez. Fue casi como una epifanía, el ingeniero Mendoza llegaba tarde a la casa después de una larga jornada laboral, en lugar de meterse a la cama decidió tomar una libreta y una pluma y comenzó a escribir sin parar. Al siguiente día renunció a su trabajo y ya sólo pensó en literatura. “Élmer iba con su mochilita de cuero y su greña, era un autor marginal, estuvo muy feliz en el circulo alternativo de las letras, publicando en el mundo de dos filos, de las revistas; cuando da ese salto cuántico a Tusquets, nos da mucho gusto y sorpresa”, recuerda Rodríguez.

El propia Mendoza le contaría a su colega mazatleco que la ingeniería le dejó la capacidad de disciplinarse, un elemento indispensable a la hora de escribir. “Ahí aprendió la responsabilidad y hacer las cosas; tanto en sus proyectos literarios como culturales tiene la mentalidad de trabajo de equipo o de disciplina, de siempre escribir tal día, de no voy a un viaje porque tengo que entregar un capitulo, ese tesón que ha tenido Vargas Llosa o García Márquez. Su gusto a la literatura se unió a esa disciplina y dio los resultados que estamos viendo, más la sensibilidad propia e un lector de (Julio) Cortázar, de alguien que vivió el mundo de Janis Joplin y la realidad terrible y luminosa de Sinaloa”.

Cazando palabras

Élmer Mendoza refirió alguna vez que el escritor Daniel Sada (1953-2011), también norteño de Mexicali, escucho a una señora que esperaba su viaje en la central de autobuses, la frase “Porque parece mentira la verdad nunca se sabe”, con la que titularía una de sus novelas. Como Sada, quien fuera uno de sus grandes amigos, Mendoza también es un ladrón de palabras y diálogos.

Resulta fácil imaginar al escritor de Balas de plata fingir que lee muy atento un libro en cualquier café o cantina. Pero en realidad, ese hombre moreno de pelo rizado y más de 1.80 metros de altura, no está atento a las páginas del libro, sino que escucha con atención el diálogo que se desenvuelve a sus espaldas, es como un animal agazapado, vigilando a su presa, absorbiendo la materia prima de sus textos.

Juan José Rodríguez dice que Mendoza ha sabido como lo hizo Ricardo Garibay (1923-1999) y el mismo Sada, captar la forma de hablar de toda una región: “su oído, su capacidad de escuchar como habla la gente es muy similar al que tuvo en su momento Garibay, que era de Tulancingo pero que en sus novelas como La casa que arde de noche o Par de reyes tiene un oído similar para captar los modismos o las deformaciones que hacemos del lenguaje”.

“¿Sabes qué carnal? Durante el año tres meses y diecisiete días que llevamos camellando juntos te he estado wachando wachando y siento que eres un bato acá, buena onda, de los míos”, comienza Un asesino solitario. “En su momento la obra de Élmer ha sido apreciada por lingüistas de Estados Unidos y de otras partes por su capacidad de acercarnos al habla y a los hablantes de la región noroeste de México”, piensa Rodríguez. “Élmer es ambicioso, es firme, el no deja de escribir,hay muchos que se rinden pero él sigue jugando, sigue arriesgándose, a sus 65 años mantiene la búsqueda, el riesgo”, concluye.

 

 

 

 

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