El origen de una columna, ‘inventario’

El poeta José Emilio Pacheco (1939-2014) creó su 'inventario' en el suplemento cultural 'Diorama', de Excélsior

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29/01/2014 05:21 Virginia Bautista

CIUDAD DE MÉXICO, 29 de enero.- El poeta y ensayista José Emilio Pacheco (1939-2014) inventó el “inventario” en el suplemento cultural Diorama, del periódico Excélsior, afirma el investigador Miguel Ángel Flores.

El Periódico de la Vida Nacional fue la cuna de la columna que con el tiempo hizo famosa el Premio Cervantes 2009, la cual apareció por primera vez el 5 de agosto de 1973 en la última página de Diorama, la 16.

Ejemplo magistral del periodismo cultural que ejerció Pacheco, quien murió el domingo pasado, víctima de un paro cardiorrespiratorio, el inventario, así, en minúsculas, se publicó primero como una columna miscelánea y, posteriormente, poco a poco, se volvió monográfica, explica Flores.

La literatura y sus autores era el tema recurrente del inventario, que durante meses apareció sin firma, pero, finalmente, el autor de Las batallas en el desierto decidió plasmar sus iniciales, JEP, al final del texto.

“En ese entonces, Pacheco era editorialista de Excélsior, cosa que nadie recuerda. Fue invitado por Julio Scherer García, director del diario, a colaborar en esas páginas. Y, poco después, propuso esa columna en Diorama, porque era el tipo de periodismo cultural que hacía desde joven.

Reunía información de revistas extranjeras, él leía en inglés, francés e italiano, y de repente metía un tema mexicano. Además de poeta, novelista, cuentista, ensayista, crítico e investigador, tenía un gran sentido periodístico”, agrega.

El profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco detalla que la larga e ininterrumpida serie de columnas culturales de Pacheco se inició en la década de los 60, con Simpatías y diferencias —título de un libro de Alfonso Reyes— en la Revista de la Universidad de México, y Calendarios, entre otras publicaciones de la época.

El primer inventario estuvo dividido en cinco subtítulos: “Las mariposas son libros”, “Boquitas selladas” (sobre Collín Tellado), “Poesía y verdad”, “Juego de cartas” (sobre el exterminio de la conversación y la correspondencia) y “Making It” (sobre la actriz Marylin Monroe), e ilustrado con tres fotografías.

Pero hubo otros, como el del 15 de septiembre de 1973, que fue mono temático y estuvo dedicado a Chile y su presidente Salvador Allende. “Eran muy ricas. Tenía una enorme habilidad para sintetizar y una prosa muy ágil”, añade Flores.

En blanco y negro, cada domingo, el Diorama, cuya edición era responsabilidad del escritor Ignacio Solares, publicaba en inventario reseñas, glosas, biografías, reflexiones y pequeños ensayos sobre autores como Pablo Neruda, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Manuel Acuña o Juan Rulfo, así como comentarios sobre museos, películas o encuentros literarios como la Feria del Libro de Fránkfort.

Así, cerraba el número de un suplemento que ya integraba la firma de colaboradores como Raquel Tibol, Alberto Dallal, Fernando Curiel, José Antonio Alcaraz, Froylán M. López Narváez, Jorge Ayala Blanco, Maruxa Vilalta, Olga Harmony, Héctor Azar, Esther Seligson, Jorge Hernández Campos y Luis Cardoza y Aragón, entre muchos otros.

El inventario, señala el también crítico de la poesía mexicana y traductor, se publicó en Diorama cada domingo hasta el 8 de julio de 1976, cuando Scherer fue obligado a dejar la dirección de la cooperativa y su equipo salió con él. La columna reapareció en la revista Proceso, que continuó publicándola hasta su última entrega el domingo pasado.

Flores aclara que sólo hubo un lapso, de unos seis meses, en que el inventario, debido a que el autor de Morirás lejos se ausentó, pues fue a dar unos cursos a una universidad estadunidense, dejó de salir en Diorama, y su espacio, en la página 16, fue encargado a otros redactores y ese tiempo apareció un texto titulado Baúl Mundo.

Sin embargo, a su regreso, Pacheco retomó su inventario y desde ese momento lo firmó como JEP. Así que la base de esta columna está en Excélsior, y en la revista Proceso alcanzó su consolidación”, asegura.

Tras 40 años de vida, cumplidos en agosto pasado, el inventario se convirtió en uno de los trabajos más sorprendentes, creativos y rigurosos de Pacheco, uno de los principales motivos por los que le fue concedido en 1980 en Premio Nacional de Periodismo.

Durante el funeral de Pacheco, realizado el lunes pasado en El Colegio Nacional, su viuda, la periodista Cristina Pacheco, detalló que “dedicó su último inventario a su gran amigo el poeta argentino Juan Gelman. Para escribirlo leyó, subrayando, sus Obras completas. Estaba muy contento, dijo que con esto cumplía con Juan. Fue muy bonito que su última columna fuera una especie de encuentro con su amigo”.

La escritora Margo Glantz, por su parte, definió el inventario como una gran lección de periodismo cultural. “Ya sé que José Emilio no quería que se publicara una recopilación de esta columna, pues le parecía que nunca estaban terminadas, que siempre les podía corregir algo. Pero ojalá se publiquen juntas para poder disfrutar de la maestría con que trabajaba este género”.

 

Reproducimos integralmente la primera entrega de esa colaboración legendaria —publicada el 5 de agosto de 1973— que duraría 40 años.

 

inventario

 

Las mariposas son libros

En pocos días la industria literaria ha sufrido la muerte de Henri Charriere y la autojubilación de Corín Tellado. Creador y creatura se fundieron en Cherriere que hizo al mismo tiempo un lbro: Papillón, su bestseller de 1969, y una figura pública: su propio personaje, el fugitivo diez veces escapado de Cayena y otros infiernos de la Guayana francesa.

En teoría, Papillón realizó el ideal clásico: escribir sólo después de haber vivido, narrar a edad avanzada las peripecias de una existencia fuera de lo común. El antintelectualismo de nuestra época mitificó al hombre que había elegido el frágil apodo de “Mariposa”. Su libro se empleó como medio de producir millones de dólares y como ariete contra la literatura. Pero ningún autor que venda un millón de ejemplares puede salvarse de las demoliciones: Charriere fue desenmascarado; sus impugnadores probaron, al parecer irrebatiblemente, que Papillón era más bien un trabajo de ficción industrial que el relato en vivo y en directo de una experiencia irrepetible; que las dotes narrativas correspondían no tanto al antiguo hampón, presunto delator, indudable forzado en las colonias penitenciarias francesas, dueño de un centro nocturno en Caracas, como a los varios escritores anónimos que, por órdenes de una casa editora con buen ojo mercantil, rehicieron y aderezaron el manuscrito elemental de Charriere.

 

Boquitas selladas

“El escritor español más leído de todos los tiempos”, doña Corín Tellado, afirmó con castiza brusquedad: “Llevo veinticinco años pariendo una novela cada cuatro días... y he decidido colgar los trastos”. Así pues, no se trataba de un sindicato de escribientes amparados bajo un seudónimo común, un nombre genérico, una manera industrial sino una persona capaz de sobrepasar (en cantidad) la obra de varias generaciones literarias. Como los grandes folletinistas del siglo XIX Corín se queja de explotación por parte de los editores. A ellos corresponde la gran tajada de una obra que en libritos, revistas, fotonovelas inunda hasta hoy todos los confines del mundo hispánico.

Corín Tellado dio a España casi tantas divisas como la Costa Brava o la Semana Santa en Sevilla. Emperatriz de la novela rosa, genial manipuladra de nuestra entrañable cursilería, “pornógrafa inocente”, en mil historias que son la misma historia —de “Ella y su jefe” a “Me casé con él”, desde “Se busca esposa” hasta “Lo encontré así”— Corín Tellado entregó a su público lo que buscaba, lo que se dejaba imponer: evasión, enajenación, entretenimiento, esperanza, conformismo: drogas en letra impresa, pócimas verbales para anestesiar el sentimiento de la injusticia social, la soledad, la decepción, el abandono, el horror cotidiano de nuestras sociedades hechas para aplastar a todas sus mujeres.

Rechacemos su coartada de pleito editorial: sobre la abdicación de Corín Tellado pueden proponerse varias hipótesis, algunos ejercicios de sociología instantánea: a) derrota del sentimentalismo de ultramar a manos de la melcocha autóctona (Yolanda Vargas Dulché, Celia Alcántara); b) triunfo de la televisión infraconsumible sobre un medio que a pesar de todo exige un mínimo esfuerzo intelectual por parte del lector; c) crecimiento de la conciencia en un vasto núcleo femenino que ya se hartó, que ya no se deja engañar con variantes innumerables del cuento de hadas sobre la empleadita / huérfana / campesina a quien el amor convierte en millonaria; del chofer / mandadero / labrador que se casa con la hija del patrón y hereda industrias, flotas mercantes, latifundios. O tal vez (d) la evanescencia de Corín Tellado se debe a que nuestro mundo se ha vuelto tan horrible que ya nadie cree que nada, ni siquiera una novelita del subgénero ínfimo, pueda tener final feliz.

 

Poesía y verdad

“Uno exige dos cosas de un poema”, escribe W. H. Auden, que sabe bien de lo que habla. “Primera: debe ser un objeto verbal bien hecho que honre el idioma en que está escrito. Segunda: debe decir algo significativo acerca de una realidad común a toso nosotros, pero vista desde una perspectiva única. Lo que dice el poeta nunca antes se dijo, si bien una vez dicho sus lectores reconocerán la validez que tiene para ellos mismos”.

Juego
de cartas

El desarrollo electrónico está a punto de exterminar dos artes, dos formas esenciales de intercambio humano: la conversación y la correspondencia –que es la continuación de la primera por otros medios más afinados, más espontáneos, menos inhibidores de la sinceridad, libres de la urgencia por usar la palabra en el intersticio que conceden las pausas de los otros. De allí el consejo de Stendhal a su interlocutor: “Cuéntamelo como si me estuvieras escribiendo”. Y el de Balzac a los jóvenes aspirantes: “El estilo de un escritor se va haciendo en sus cartas”.

Igualmente ciertas son las admoniciones contrarias: “No hay carta privada”, “No escribas nunca una carta que te abochornaría ver impresa”. Unas y otras verdades se ponen de manifiesto en obras que, ante el ocaso del género epistolar, reviven los tiempos de su esplendor:

El primer tomo de la celebra Correspondance de Gustave Flaubert en la definición definitiva que ha hecho Jean Bruneau para la Bibliothéque de la Pléiade incluye cartas escritas de los nueve a los treinta años de edad (1830-1851): hablan de la familia, la escuela, los amigos, los amores con Louise Colet, la huida a Egipto y al Asia Menor, el comienzo de Madame Bovary. André Fermingier, en Le Nouvel Observateur, considera estas cartas “una obra maestra, el más hermoso relato de viaje que nos dejó el siglo XIX”. Póstumamente, la obra de Flaubert lo defiende de Sartre, quien ha dedicado sus esfuerzos finales de escritor, su sabiduría, su poderosa inteligencia, a intentar demolerlo en ilegibros de abrumadora densidad.

-Dos selecciones norteamericanas de The Letters of Anton Chekhov: 500 traducidas por Avraham Yarmolinski y 185 que seleccionó Simon Karlinsky entre las 4, 200 de la edición oficial soviética (1948-1954). Las cartas de Chejov constituyen una incomparable aunque fragmentaria autobiografía, un testimonio sagaz acerca de la Rusia en que ya se levantaba el viento de la revolución, un marco para entender mejor las ideas, sensaciones, anhelos que subyacen en sus cuentos y obras teatrales. Sobre el “affaire Dreyfus” escribe Chejov:

“Zolá tiene razón, porque la tarea del escritor no es acusar ni perseguir, sino defender, incluso a los culpables, cuando ya han sido condenados y sufren el castigo...”.

Años antes, en 1886, propone seis reglas para el arte de contar un cuento:

“1) Ausencia de verborrea
política-social-económica.

2) Total objetividad.

3) Descripciones veraces de personas y objetos.

4) Brevedad externa.

5) Audacia y originalidad: evitar los estereotipos.

6) Compasión”.

La maledicencia, consuelo momentáneo de nuestras imperfecciones y fracasos, es una de las ruedas que mueven la vida cotidiana en los pueblos hispánicos. Compensatoriamente, su historiografía literaria era pudibunda, raras veces sacaba a la luz los papeles privados de un escritor. La revolución sexual ha llegado a las biografías: en “Vida y obra” de Emilia Pardo Bazán, que publica en Madrid Carmen Bravo Villasante, se transcribe la correspondencia erótica que la gran precursora de las liberacionistas e introductora del naturalismo en nuestro idioma sostuvo con su amado Benito Pérez Galdós. La documentación se da como “rigurosamente inédita hasta hoy”. Lo cierto es que algunas de estas cartas se dieron a conocer hace dos años en Excélsior.

 

El libro de Carmen Bravo en torno de la admirable condesa Pardo Bazán (1851-1921) tiene muchos datos nunca antes revelados. Por ejemplo, nos informa que un muchacho lleno de talento y voluntad impugnadora entró en el gran mundo de las letras, pasando por la alcoba de doña Emilia. El joven era oriundo de Valencia. Se llamaba Vicente Blanco Ibáñez.

 

Maketing IT

A 11 años de su muerte, se diría imposible escribir algo nuevo sobre Marylin Monroe. Norman Mailer lo ha logrado en un volumen que contiene espléndidas fotos y lleva por título el sólo nombre de “Marylin”. Cuesta 20 dólares, pesa lo que aquellos tomos que se regalan para ser exhibidos, no leídos. Contra lo que nuestro malinchismo supondría, su texto no es mejor que los célebres de Cardenal (en verso), y Monsiváis (en prosa), pero Mailer consuma de algún modo sus nupcias de ultratumba con quien es acaso la única superestrella que ha producido Norteamérica. En una temporada que dominan las obras en torno de Watergate y la ITT, su delirante ensayo es una inmersión sadomasoquista en la nostalgia por los Estados Unidos de un ayer inmediato que ya parece remotísimo, un homenaje aberrante, un abusivo desagravio, una recordación apocalíptica de que al morir Marylin se llevó consigo el esplendor de Hollywood e inicio el fin del sueño norteamericano.

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