Fernando González Gortázar: “No alcanza una vida”

El arquitecto mexicano, recuerda sus múltiples vocaciones, las cuales desbordan su labor como proyectista, ya que van de la escultura a la botánica

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21/12/2013 02:53 Sonia Ávila
Foto: Luis Enrique Olivares

CIUDAD DE MÉXICO, 21 de diciembre.- Si algo lamenta Fernando González Gortázar (D.F., 1942) es que una vida no alcance para explorar el mundo entero. Porque al hablar de pendientes o sueños no construidos el etcétera es largo, y apenas le serían suficientes las siete vidas de un gato.

Bailar como el estadunidense Fred Astaire, tocar guitarra, estudiar paleontología, aprender medicina y ser un naturalista como los del siglo XIX encabezan la lista de lo que al arquitecto y escultor le gustaría realizar; aunque se considera un profesionista satisfecho e incluso en el mejor momento de su creatividad a los 71 años de edad.

Entonces si el “hubiera” fuera posible, el proyectista quien recién fue reconocido con el doctor honoris causa de la Universidad de Guadalajara le hubiera gustado ser biólogo, antropólogo, zoólogo, botánico; en resumidas cuentas un explorador como los que van por el mundo dando cuenta de lo sobrenatural.

“Mil veces he repetido que una sola vida no alcanza para nada, y ciertamente, pese a que hago escultura y escribo y hago otro tipo de cosas, no son suficientes. Hay muchas más que me frustra no poder hacer”, señala en entrevista el también Premio América de Arquitectura 2009 y Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012.

¿QUIÉN ES? Egresado de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara en 1966, Fernando González Gortázar trabajó desde los años 60 como escultor, paisajista, urbanista y arquitecto. Entre sus esculturas públicas se encuentran: Fuente de la hermana agua, La gran espiga, Fuente de las escaleras y Paseo de los duendes. De los principales reconocimientos destacan el Premio Henry Moore 1989  y Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012.

A pesar de ser reconocido como uno de los máximos proyectistas del siglo XX en el país, González Gortázar afirma que ha sido  “un arquitecto con mucha obra soñada y poca realizada”; condición que bien ha aprovechado para compensar con todo eso que no pudo ser de manera profesional.

“Desde luego esto me duele y me desalienta en ocasiones, pero el que mi trabajo no haya tenido continuidad, el que se hayan alternado siempre etapas de trabajo profesional con otras de vacío total y me ha permitido hacer cosas que hubieran sido imposible de otro modo. Me ha permitido escribir libros, me ha permitido tener programas de música popular en radio, investigar  muchos temas que me fascinan, viajar, leer, no todo lo que he querido pero sí casi”.

Ese casi se traduce en seis libros como Ignacio Díaz Morales habla de Luis Barragán (1990), La fundación de un sueño: la Escuela de Arquitectura de Guadalajara (1995) y La arquitectura mexicana del siglo XX (1994); además es el diseñador de La Gran Puerta, el Museo del Pueblo Maya, el Museo Chiapas de Ciencia y Tecnología; así como la Fuente de las Escaleras en Madrid y La Columna Dislocada en el Hakone Open-Air Museum, en Japón.

“Hace poco me preguntaron cuál de mis sueños me gustaría que se construyera y respondí que ninguno, que prefería tener nuevos sueños, que prefería tener nuevas oportunidades de creación, refiriéndome directamente a la arquitectura. Es muy triste para mí sentir que estoy en mi mejor momento creativo y no tener trabajo al cual aplicarlo.”

A sus logros profesionales, se suma su obsesión por ser un experto en botánica, música popular mexicana y arte. Tan sólo basta echar un vistazo a los dos invernaderos instalados en su casa y a los libreros que cubren de piso a techo las paredes de su sala y recámara para entender que González Gortázar sabe más que arquitectura.

De la botánica, el Premio Henry Moore 1989 trabaja desde la siembra de las plantas, pues responde a su interés por la ecología y la naturaleza entendidas en su relación con el ser humano. Tanta es su atención, que las plantas de su jardín –donde hay igual cactus que hongos– llevan una etiqueta con la fecha de siembra, clasificación y otros datos para ubicarlas.

La misma obsesión permea su gusto y conocimiento por la música folclórica mexicana, que en este caso proviene desde tiempos de su infancia en Guadalajara cuando gastaba su “domingo” en comprar discos de canciones rancheras.

“Cuando era niño, y era niño privilegiado, me daban cinco pesos de domingo, lo cual era una cantidad suficiente para comprar cada semana un disco de 78 revoluciones, que valían cuatro pesos con 75 centavos, de tal manera que todos los principios de semana iba al centro tapatío siempre a la misma tienda y ahí compraba siempre un disco de música, por lo común ranchera.

“En la escuela de arquitectura de la Universidad de Guadalajara cantábamos a la menor provocación o sin provocación alguna. En cuanto había una pausa entre clases aparecía una guitarra y todos nos sabíamos prácticamente todas las canciones, era parte de nuestra normalidad. Y tan yo lo sigo cultivando que pude hacer esta serie de Cancioncitas para Radio
UNAM”, explica.

Y si en algún género es experto, ese es el bolero, afirma: “Nació en Cuba y se naturalizó mexicano, pero hay maravillosos boleros argentinos, chilenos, colombianos, venezolanos, hondureños, puertorriqueños. El bolero es una de las señas de identidad latinoamericana”.

 

La ciudad es la casa de todos

La arquitectura de González Gortázar se identifica por un sentido social y humanista que él mismo ha enfatizado al rechazar la marginalidad entre los habitantes de una ciudad a quienes trata de ofrecer espacios que faciliten su tránsito, su entorno, su vida.

“Pienso que una de las mayores vergüenzas y una forma atroz de automarginación es el elitismo, y creo que es un baldón de la arquitectura mexicana. Como tarea urgente debemos sacar la arquitectura de esa situación y convertirla en una verdadera riqueza colectiva. Creo que en ese sentido la arquitectura debe ser facilitadora, debe hacer menos arduo este proceso cotidiano”.

Convencido de que la edificación es un arte como la escultura o la pintura, señala que aun cuando se trata de obras para instituciones públicas, el “cliente” siempre son los ciudadanos, la gente de a pie, y por ello busca ofrecer mejor calidad de vida y armonía con el espacio.

Incluso dice envidiar la manera en que los habitantes de ciudades españolas se apropian, “en el sentido erótico y militar de la palabra”, de los espacios públicos lo mismo en el día que en la noche para cantar, bailar o correr, y lamenta que en México no exista la cultura de posesionar a la ciudad, la casa de todos.

“Las ciudades grandes y pequeñas de México son, con muy pocas excepciones, poco acogedoras, caóticas, desamorosas”, señala quien recuerda con especial cariño París donde, confiesa, renació.

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