El día que Mauricio Barcelata rescató a Malke, mi perra

Los héroes de verdad, sí existen; uno de ellos es el actor Mauricio Barcelata, que un día cualquiera rescató a Malke, una perrita perdida, la llevó al veterinario, y la entregó a su dueña 

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Beagle

CIUDAD DE MÉXICO. 

Esta es una historia por demás conmovedora. 

Un día, como cualquier otro día en el que volvía de la preparatoria, abrí la puerta de mi departamento en la Condesa para encontrarme la sorpresa de que mi beagle de 2 años y 16 kilogramos, no salió a recibirme. Después de abrir todas las puertas del departamento y de revisar debajo de todas las camas lo confirmé: no estaba en casa.

Sentí cómo el espanto me recorría hasta el estómago y cómo los ojos se me inundaron. Si has tenido una mascota con la que has formado un vínculo especial, seguro sabrás lo horrible que se siente.

Resulta que mi bisabuela, que tenía en ese entonces más de 80 años, se había salido al pasillo del edificio a caminar, dejando la puerta abierta de par en par. Mi perra aprovechó la oportunidad para bajar las escaleras y alguno de mis vecinos, no muy solidarios, abrieron alguna de las puertas y la dejaron salir sola y sin el collar puesto.

Corrí a la computadora a diseñar unos volantes improvisados y le llamé a todos mis amigos para que me ayudaran a buscarla. Todos llegaron. Llenamos los alrededores con volantes. Pusimos algunos en el Parque México, sobre la avenida Ámsterdam, en camino hacia el metro Chilpancingo, pero Malke no aparecía.

Cada que mis amigos veían a un beagle señalaban: “¿esa no es Malke?”, y no, no era. Esa tampoco. Ni ese.

Se hacía tarde, y decidimos regresar a mi casa convencidos de que tal vez no encontraría a mi perra. Cuando atravesábamos la calle de Chilpancingo, uno de mis amigos (el más alto) gritó: “¡Ahí está Malke!”. Alcé la vista y reconocí su rechonchísima figura afuera de una veterinaria ¡Era ella!  

Había dos personas jalando de una pechera rosa que llevaba encima. Y esas personas resultaron ser María José Suárez y Mauricio Barcelata, a quienes reconocí de inmediato.

--Disculpen, esa perrita es nuestra. Dijo Tahyna, una de las amigas que me acompañaba, mostrándole uno de los volantes.

Amablemente y con un tono encantador, María José nos expresó el gusto que le daba que la hubiéramos encontrado, porque ella sabía lo que era perder a una mascota y no recuperarla. Entonces nos contaron que la encontraron tratando de cruzar la calle solita, y la llevaron de inmediato al veterinario porque creyeron que estaba embarazada.

—Ah, no. Sólo está gorda.

Después de agradecerles una docena de veces, nos llevamos a Malke a casa con la pechera y la correa que le acababan de comprar: “no, pues quédensela”, me dijo Mauricio.

Esta semana, (más o menos) siete años después, mientras veía Sale el Sol acostada en mi cama con Malke en mi panza me acordé de ese día, de mis héroes y su gran amor por los animales (gordos y flacos) y sonreí.

Texto: Karen Cymerman

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