Una sexoservidora 'revolucionaria': Sí, del Monumento a la Revolución
Es oriunda de Zapopan; la vida la ha llevado a ejercer la prostitución en la Perla Tapatía, Guadalajara; y, como último destino, la Ciudad de México

CIUDAD DE MÉXICO
La prostitución es uno de los oficios más antiguos en el mundo. A lo largo de la historia, diversas mujeres de múltiples nacionalidades y momentos históricos, como Teodora, emperatriz bizantina, esposa de Justiniano I; Valeria Mesalina, emperatriz romana, tercera esposa del emperador Claudio; y —sin muestras fehacientes—, hay quienes atribuyen a Cleopatra, última reina del Antiguo Egipto, haberse dedicado a la prostitución; todas, claro está, ayudadas de su nata belleza para empoderar sus intereses políticos y materiales.
La Organización de la Naciones Unidas (ONU) determinó que la trata de personas —resultado en el que desembocan casi todos los niños, niñas, mujeres y hombres prostituidos— es el segundo negocio más lucrativo en el mundo. Como dato curioso, la ONU determinó al 30 de julio como el Día Mundial Contra la Trata.
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Una calle lateral al emblemático recinto que originalmente pretendía ser el Palacio Legislativo, colonia Tabacalera —hoy Monumento a la Revolución, y que alberga los restos de Francisco I. Madero, Venustiano Carranza, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Francisco Villa [varias personas que en vida se quisieron matar y que, por pelangochos azahares del destino, fueron sepultados juntos] —, cobija en sus esquinas, en sus hoteles, debajo de los árboles, a mujeres que esperan al hombre que las invitará a pasar un buen rato.
La palabra «prostitución» tiene sus orígenes en el término latino prostituere, que significa «exhibir» o «colocar para la venta».
No tienes que caminar más de dos cuadras para encontrar a las colegas de Teodora. Afuera de una tienda de autoservicio había una chica recostada sobre la parte trasera de un coche; tiene los brazos cruzados sobre el pecho —supongo que pretende protegerse del frío, ya que su escasa vestimenta no logra menguar el clima de la noche— y observa a todo aquel transeúnte que también la observe con detenimiento, midiendo sus formas a la distancia.
Vio la presencia de alguien que seguramente sería uno más de la noche e hizo un atrevido y cachorro movimiento de lengua, en la cual llevaba incrustado un piercing. Tiene tres pequeñas huellitas caninas tatuadas sobre su seno izquierdo.
Lleva el cabello largo y ondulado hasta la cintura; se nota que no rebasa los 25 años de edad; es delgada, esbelta, bien torneada, de piel blanca, nariz respingada y unos labios inundados de rojo carmín; no mide más de 1.65 metros: la comparé con su servidor. Calzaba zapatos de piso color vino con una cinta dorada; vestía pantalón negro raído horizontalmente —se notaba que era el estilo— desde la parte superior de las piernas hasta por encima de las rodillas; un brassiere azul turquesa y, encima de éste, como única prenda protectora contra la intemperie, una diminuta torerita de mezclilla; y un pequeño bolso de mano de piel negro o café.
— Hola, amiga. Buenas noches.
— Hola. Buenas noches— respondió mientras no dejaba de jugar de forma seductora con su lengua, a manera de invitar al pecado, presumiendo la perforación de pelotitas blancas.
— ¿Cuánto cobras?
— Trescientos pesos.
— ¿Con todo y hotel?
— No. El hotel es ese —indicó el establecimiento con un movimiento de cabeza— y te cuesta setenta pesos.
— Vamos.
— Vamos— secundó ella.
La recepcionista del pequeño hotel cobró sin apenas mirar a sus interlocutores, como distraída por alguna tarea más importante.
— ¿Qué habitación?— preguntó ella. «¿Perdón?» La recepcionista no la escuchó bien— ¿Qué habitación tomamos?— «Tomen la seis, por favor» —. Y me da un preservativo, por favor.
Se dirigió con toda seguridad, como Juan por su casa, directamente a las habitaciones del pasillo trasero de la planta baja. El precio del hotel debe ser un convenio entre ellas y los dueños de dichos establecimientos. Es muy barato. Muy ad hoc para la situación. «¿Ésta es la seis?» «Sí».
— Y ¿cómo estás? ¿Cómo va tu día?
— Bien, gracias.
— ¿Cómo te llamas o cómo te gusta que te llamen?
— Me llamo Jenny.
Encendió la luz de la recámara, se dirigió al baño de mosaicos impolutos e hizo lo mismo. Regresó, miró su reflejo en el espejo y se empezaba a quitar la ropa…, que no era mucha.
Expliqué que no quería tener relaciones con ella. Que pagaría la cantidad acordada; pero que, en vez de entregarnos al deseo individual o colectivamente, fuera tan amable de regalar una entrevista. Jenny soltó una carcajada.
— Pero ¿por qué quieres hacer eso?— había dejado la tarea de desvestirse y miraba con unos ojotes atónitos, y con las manos en la boca. Lo sopesó un momento— Vale, pero déjame improvisar. ¿Qué es lo que vas a preguntar?
— Pero relájate. Todo se irá dando a lo largo de la charla— se volvió a reír.
— ¿Empezamos?— «Sí». —Voy a empezar a grabar— «Pero fotos no». — No, para nada; pero sí necesito el audio— «Está bien. Sólo el audio».
Jenny tiene 21 años de edad; su madre es ama de casa y su padre abogado; tiene tres hermanos: “dos niños y una niña”, ella ocupa el segundo puesto. Se dedica al negocio desde hace cuatro años en la Ciudad de México, y uno en Guadalajara; es originaria de Zapopan. Comenzó trabajando en una plaza de prostitución.
— Es una plaza en la que, por necesidad, algunas chicas, pues trabajan ahí.
— Y ¿cómo es que llegaste ahí?
Mmmm… Bueno… yo llegue ahí… Bueno, no es por tanto… Bueno, yo necesidad no tengo, porque mis papás pues trabajan, ¿no? Pero es porque me gustó. Meterme en esto sí me gusto”. «¿Por qué te gustó?» “Para mí es dinero fácil”.
Jenny inicia su jornada a las siete de la tarde y termina, aproximadamente, a las once de la noche. Anteriormente arrancaba sus servicios desde las tres de la tarde y se retiraba casi a media noche. Su plan es salirse del business a los 24 años y reiniciar los estudios, los cuales dejó truncos a partir de la secundaria; en caso de que llegue a la licenciatura, desea estudiar psicología. Lo que más añora de Guadalajara, son sus papás. Ellos saben que Jenny se dedica a la prostitución, y la exhortan a que deje ese tipo de vida.
Cuando me va bien, pues mis dos mil, mis dos mil quinientos; cuando está flojo pues sí unos ochocientos pesos”, es lo que puede ganar Jenny en una noche. Como promedio, en un día laboral común, obtiene mil pesos.
Su día de descanso son los domingos. En el día de asueto se la pasa con su novio, “ah, porque de hecho, tengo una relación”. El susodicho tiene treinta y seis años, y él y su familia se dedican al negocio de taxis. Llevan seis meses de noviazgo “y pues estoy bien con él… tenemos el propósito que, en dos años, salirme de aquí”, independizarse. «¿Y a dónde se piensan ir?» “Pues yo, a Guadalajara…”
— ¿Qué te dicen tus padres respecto a tu trabajo?
Pues me dicen que está mal… Pues sí, es que yo cuando entré dije «pues sí, está bonito, ganas bien»; pero sí, ahorita como que ya me están dando ganas de salirme”.
— ¿Cuáles son las razones?
— Pues es que, te digo, a una amiga de plano la ahorcaron, de hecho en este hotel, y es por eso que me da mucho miedo. Te digo, yo he pasado golpes, me han dado cachazos con pistola, y nada más esas dos veces… Pero sí me da miedo de que me lleguen a ahorcar.
— ¿Qué opina tu novio?
— No le gusta mi trabajo; porque siempre que me viene a dejar pues se pone así como que de malas, ¿no? Pero pues así me conoció; ahorita le vamos a echar ganas y vamos a salir de esto. «Entiendo», hizo una pequeña pausa, meditó y alcanzó a decir, enérgicamente: ¡Y quiero salir de esto!
A Jenny sí le gusta la idea de casarse y ser madre en un futuro lejano, muy lejano: “de hecho con él sí; es que me llevo chido con él”.
Entre las particularidades de servicio de los asiduos que acuden con Jenny están el sexo oral, que sólo se desnude mientras el comensal se masturba, “otros que les gusta que los masturbes”, una penetración común o cumplir fantasías. La más singular que Jenny ha ayudado a consumar es “hacerlo en un cine. Había poca gente y pues sí me pagó bien el tipo”.
Sus clientes, regularmente, se expresan de sus esposas “muy feo, y no sé, eso está mal”. En cuanto a la cuestión del sexo, “te cansas y te aburres… Es algo muy distinto tener sexo y hacer el amor, ¿entiendes? Aquí yo vengo y ellos solo quieren el sexo”.
La mayoría de las veces es únicamente el cliente el que termina; en ocasiones ella también llega al orgasmo, pero depende, digamos, proporcionalmente, de que el tipo le agrade físicamente. Las personas jóvenes son las que más solicitan tener sexo, pero los adultos pagan mejor. Un hombre maduro, en ocasiones, llega a costear en una sola sentada, mil pesos.
Ella y su pareja están planeando rentar un “departamento…, bueno, un cuarto… Y sí me gustaría estudiar”. La razón por la que no ha conseguido otra actividad es debido a que todos sus papeles y documentos oficiales —a excepción de la credencial para votar— los dejó en Guadalajara.
La Ciudad de México le ha gustado sobremanera, porque “hay cosas bonitas, hay lugares bonitos; aquí son más, siento yo, abiertos”. Lo único que le hace falta a la capital para rayar en la perfección es la gastronomía. “Aquí la comida es…, rara”, soltó una pequeña risita.
— Yo siempre he dicho que no tengo amigas, yo soy sola. Aquí la verdad yo no confío en nadie, ni en amigas.
— ¿En este negocio no hay amigas, o no hay amigas en general?
— No existen las amigas.
— Un amigo en las buenas y en las malas, ¿nunca has tenido?
— ¡Ñahh! —su gesto fue despectivo y seguro; hizo un mueca de menosprecio y agitó la mano como barriendo el aire—. Te digo, yo soy sola, y me independizo sola y pues sí.
En dos semanas irá a Guadalajara para ver a su familia. Reunirá documentos que le hacen falta —aquellos que le pueden proporcionar una nueva actividad— y se quedará en casa descansando; no trabajará, sólo va con la familia.
— ¿Qué piensas decirles ahora que llegues a Guadalajara?
— ¿Cómo que qué pienso decirles?— agachó la mirada, comenzó con titubeos, seguía jugando con la lengua [creo que es costumbre o algo parecido a un tic nervioso], decía monosílabos y ninguno de los intentos de palabras que profería concretaba una frase.
— ¿No hay nada que decirles? Pues que los extrañas.
Intentó, como Dios le dio a entender, explicar que no hablaba con sus hermanos o que no viven con sus padres o que no se escuchan o no sé qué cosa que le impidió decir las razones de no tener nada que platicar con ellos. Volteó a la cómoda del espejo, tomó un rollo de papel higiénico, arrancó unos cuadritos, los dobló en forma de triángulo y, con una de las puntas de la improvisada figura geométrica se secó las lágrimas que no dejó resbalar y que anegaron su párpado inferior.
«En ocasiones a las personas que más amamos son a las que más nos cuesta decirles que las amamos y extrañamos», me hubiera gustado decirle, pero son las cosas que uno piensa ya después de una profunda meditación y tiempo.
Sus ojos mostraban que su mente recapitulaba: tal vez los hechos que la condujeron hasta la capital; las últimas charlas —agradables o no— con sus padres y hermanos; los momentos que más le han gustado vivir y añora así como los que jamás desea volver a experimentar; las frases, gestos y detalles de familiares que no ha olvidado desde que está lejos de casa. Haciendo cuentas, Jenny comenzó a ejercer la prostitución en sus 16 precarias y joviales primaveras.
— Listo. Terminamos —se observaba conmovida—. ¿Estás bien?
— Sí, gracias— dijo con todo el cabello cubriéndole el rostro; no se escuchaba tan segura de sí misma.
— Aquí tienes— se vio la inexperiencia del contratante extendiendo los billetes cerca de su mano.
— Ahí déjalos— señaló la cómoda al tiempo que agarró, de nuevo, el rollo de papel higiénico; arrancó unos cuadritos más y los metió en su bolso.
Las cosas van a la mochila, la mochila a la espalda; el dinero sobre la cómoda, donde ella indicó; quitar el seguro y el cerrojo de la puerta, girar la perilla, volver la mirada hacia ella, que todavía se limpiaba los ojos y mantenía la cabeza gacha:
— Muchas gracias. Te lo agradezco… Cuídate y que tengas bonita noche.
— Igualmente. Gracias.
Se cerró la puerta de la habitación número seis de un hotel ubicado en la colonia Tabacalera, delegación Cuauhtémoc, del Centro Histórico de la Ciudad de México, a una calle lateral del Monumento a la Revolución: un Mausoleo teñido de luces azul real en una noche de miércoles, veintisiete de julio de 2016, a eso como de las diez de la noche.
En el pasillo había un empleado de limpieza, acarreando mechudos y cubetas con agua. No alzó la mirada hacia el huésped que recién salía de la habitación seis; tal vez por pena, tal vez por discreción, tal vez por respeto, tal vez por políticas del hotel.
Mientras tanto, una chica de veintiún años enjugaba las lágrimas de su triste desventura, de sus memorias. Un mar de ideas invadió su cabeza. Se quedó llorando, discreta y en silencio, sobre la cama, raramente vestida pero sin alborotar. Hace bien llorar. Jenny halló el momento idóneo para saborear su dolor.
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