Tras la explosión de Hospital en Cuajimalpala, pesadilla no termina

A un año del siniestro, enfermeras y familiares de las víctimas sufren aún secuelas físicas y emocionales

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CIUDAD DE MÉXICO.

A un año de la explosión, la pesadilla no parece disiparse. Las secuelas emocionales y físicas persisten para las enfermeras y familiares de las víctimas del estallido del 29 de enero de 2015 en el Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa que dejó cinco muertos y más de 70 heridos a causa de un mantenimiento deficiente de los equipos de distribución de la empresa Gas Express Nieto.

El simple y cotidiano hecho de ver una pipa estacionada, problemas de sueño y hasta la pérdida de movilidad en alguna de las partes de su cuerpo son síntomas que todavía padecen enfermeras que hoy laboran en otros hospitales como el Magdalena de las Salinas, Tacubaya o Enrique Cabrera.

Afuera de la Secretaría de Salud del Distrito Federal, tras una reunión para ver los avances en la petición de construcción del nuevo hospital y basificación de empleados afectados, Sonia González y Patricia Hernández, exjefas de enfermeras del extinto hospital, cuentan que tuvieron que usar fármacos para evitar crisis y que hoy luchan con sus compañeras para que las instalaciones médicas destruidas sean construidas tras los constantes anuncios del gobierno capitalino y del federal.

“Tuvimos muchos cambios, incluso aflicciones emocionales. Hemos ido al ISSSTE porque nos dio una depresión muy parecida a un duelo y las autoridades vienen prometiéndonos desde hace un año la colocación de la primera piedra del nuevo hospital. Nos da taquicardia y nos estresamos desde ver una pipa, el simple hecho de verlas estacionadas en el hospital donde estamos nosotras nos da miedo”, relata Patricia mientras fuma un cigarrillo.

Sonia no duda en decir que sus vidas cambiaron para mal. Su salud está alterada al tener que consumir diazepam para conciliar el sueño.

Ella asegura que el día del accidente las autoridades minimizaron la fuga de gas al decirles que estaba controlada.

“La realidad fue otra. No había salidas de emergencia. Todos se quedaron al fondo y no pudieron salir. De hecho les avisaron que había una fuga, pero ya estaba controlada. En el área de neonatos sólo les dijeron que pusieran paños y taparan las ventanas. Las compañeras que estaban en quirófano sacaron a pacientes y a los de hospitalización. Por eso no hubo más muertos”, declara.

La enfermera Guadalupe Castañeda, quien fue rescatada de entre los escombros abrazando la incubadora del bebito que atendía minutos antes de la explosión, hoy en día padece lesiones que no le permiten mover por completo su mano derecha.

Castañeda cuenta que sufre intensos dolores en su espalda y coxis, además de tener afectaciones en un oído, ya que los sonidos fuertes le ocasionan dolores de cabeza, por lo que sigue en negociaciones con la Secretaría de Salud para ser pensionada.

Excélsior publicó la entrevista con la enfermera el 9 de febrero de 2015 cuando fue dada de alta y relató que por la explosión tenía encima un muro de dos toneladas sólo detenido por una silla y una charola de ginecoobstetricia.

Castañeda llevaba 10 años trabajando en la guardia nocturna lunes, miércoles y viernes y ni una sola vez le tocó realizar un simulacro de evacuación.

Las enfermeras Ana Lilia Gutiérrez Ledesma y Mónica Orta Ramírez, y el camillero Jorge Luis Tinoco Muñoz, quienes dieron sus vidas por salvar a recién nacidos y mujeres del Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa, no contaban con prestaciones como trabajadores de la Secretaría de Salud del DF.

En la glosa de la nómina del Gobierno del Distrito Federal se estableció que los sobrevivientes, que son trabajadores del hospital y que sí cuentan con prestaciones, son únicamente las enfermeras Guadalupe Castañeda Salgado y Juana Zacarías Pérez.

Castañeda Salgado tenía 10 años como enfermera en el turno nocturno en el hospital de Cuajimalpa y tiene base como enfermera titulada tipo A con ingresos mensuales de 13 mil 647 pesos con 30 centavos. Ella fue dada de alta el lunes 10 de febrero luego de resultar con cuatro fracturas y de que una varilla se incrustó en una de sus piernas. Actualmente continúa incapacitada.

Zacarías Pérez tuvo el caso más delicado de salud. Es enfermera titulada tipo A y percibe 13 mil 640 pesos con 60 centavos. Ella tuvo quemaduras en 70 por ciento de su piel, así como traumatismo craneoencefálico.

Las enfermeras que aún luchan por restaurar su centro de trabajo en Contadero sonríen al reencontrarse. El próximo 29 harán una misa a las 10:00 horas afuera del predio del hospital, en memoria de sus compañeros fallecidos y heridos.

La tragedia los hizo madurar

El Niño Topo y otros cuatro muchachos jamás olvidarán el olor a gas, los gritos y la desesperación.

La tragedia no vino sola. La fortuna quiso que tras los sucesos dramáticos de la explosión en el Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa la solidaridad de la gente se apoderara de la situación.

Ejemplo de ello fueron Jonathan Tobón Ruiz, El Niño Topo de Cuajimalpa y cuatro jóvenes que estudiaron en la Secundaria 211 Antonio Castro Leal, en la colonia Contadero.

Sus vidas son otras a un año de la tragedia. A pesar de su minoría de edad tuvieron el valor de ayudar a salvar personas y  levantar escombros. Todos recibieron apoyo del DIF capitalino.

Jonathan Tobón, de 12 años, tiene una gran responsabilidad, es el “hombre de la casa” en una familia donde su mamá es madre soltera y tiene dos hermanitos.

Su mamá Valeria Tobón admitió que desde el accidente “se desbordó una bendición para su familia”, pues su hijo fue reconocido como un héroe y con ello su calidad de vida económica mejoró con el apoyo del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) local.

Esperan que a mediados de este año les entreguen una vivienda en Tacubaya.

Inquieto y sonriente, Jonathan confiesa que sus sueños de ser médico forense continúan. “No pensé en los riesgos, lo volvería a hacer si fuera necesario ayudar a las personas”, declaró.

David Trejo Machuca, Carlos Mijagos, Daniel Lizarra Mejía y Aldo Javier Gutiérrez finalizaron sus estudios en la Secundaria 21 y tomaron distintos caminos. Sin embargo, los une el recuerdo de haberse solidarizado para apoyar en el rescate.

Todos tienen 15 y 16 años. Coinciden en que jamás olvidarán el olor a gas, los gritos y sonidos de sirenas de ambulancias y patrullas.

La tragedia los hizo madurar apresuradamente en las dos horas que estuvieron ayudando.

“Me ha cambiado la vida en el aspecto de ver las cosas diferentes, siempre ayudar y nunca decir que no a nadie”, dijo David, quien desea ser mecánico.

Daniel decidió dedicarse al negocio de la familia. Recuerda que tomó la decisión de quedarse a ayudar sin pensar en los riesgos de otra explosión. “Cuando llegué vi muchas personas heridas y la pipa todavía seguía incendiada”, recordó.

Carlos quiere ser chef. Tiene 15 años y durante meses tuvo la percepción de que sus manos olían a gas.

“No pensé si algo me podría pasar a mí. Pensé en ayudar porque a lo mejor alguien con vida podía ser ayudado”, dijo.

El mayor de 16 años es Aldo Javier. Él vio a la bebé que había sido rescatada con vida por el policía auxiliar Mauro Vera Suárez y que después falleció, y el cuerpo del camillero Jorge Tinoco, quien fue sacado con una sábana. “Tuve miedo a que volviera a explotar la pipa. pero había mucha gente llorando, vi mucha desesperación”, respondió Aldo, quien desea ser contador.