Leyenda
No existe una franquicia más ganadora en Estados Unidos que los Yankees de Nueva York, durante sus más de 100 años de existencia se han convertido en el modelo de excelencia en el beisbol, coleccionando 27 títulos de Serie Mundial. Algunos de los jugadores más ...

Juan Carlos Veraza
El deporte por nota
No existe una franquicia más ganadora en Estados Unidos que los Yankees de Nueva York, durante sus más de 100 años de existencia se han convertido en el modelo de excelencia en el beisbol, coleccionando 27 títulos de Serie Mundial. Algunos de los jugadores más importantes que han pasado por las Grandes Ligas han portado el uniforme de los Bombarderos del Bronx, los más destacados han visto su número retirado por la organización, un total de 21 hasta antes de ayer para ser exactos, pero un nuevo inmortal se les ha unido, el último gran capitán, por supuesto, me refiero a Derek Jeter, que por 20 años cubrió el campo corto a un nivel excepcional.
A partir del domingo el número 2 es parte de la historia de los Yankees y propiedad exclusiva de un pelotero que se convirtió en el rostro del equipo más popular del beisbol, no sólo por su enorme talento, también por la manera en que se comportó fuera del diamante. Jeter siempre fue un caballero del deporte, respetado por sus rivales, admirado por sus compañeros e idolatrado por los aficionados.
Cuando llegó su oportunidad la aprovechó al máximo, convirtiéndose en el shortstop titular del equipo y en uno de los peloteros preferidos de los fanáticos, que llevaban varios años sin ver a sus queridos Yankees pelear por el título. Su carisma lo transformó en el ídolo que la franquicia buscaba desde hacía mucho tiempo y en el estandarte del resurgimiento de Nueva York como protagonista en Grandes Ligas.
Junto a Bernie Williams, Jorge Posada, Mariano Rivera y Andy Pettitte, jóvenes jugadores también surgidos de las sucursales, formaron un núcleo que trajo una nueva época dorada a la Gran Manzana. Tras casi 20 años sin éxitos, lograron ganar el campeonato de 1996 superando en el Clásico de Otoño a los Bravos de Atlanta, para posteriormente coronarse en tres campañas consecutivas de 1998 a 2000.
Durante ese exitoso periodo, Jeter se afianzó como uno de los mejores jugadores del mundo, situación que no cambió en los años siguientes, realizando jugadas espectaculares a la defensiva y mostrando su gran inteligencia en el campo, como en la famosa jugada ante los Atléticos de Oakland, en la Serie Divisional de 2001, y también se convirtió en un bateador temible para los oponentes, obvio, no por su poder (aunque conectó 260 cuadrangulares), pero sí por su habilidad para conseguir imparable tras imparable, algo que era recurrente en los momentos más importantes.
Todavía fue parte de un nuevo equipo campeón en 2009, último título de su brillante carrera. Aunque los años de dominio de los Yankees habían quedado atrás, su capitán seguía brillando con luz propia.
Para cuando llegó el tiempo de decir adiós, dejó números extraordinarios: terminó bateando .310 de por vida, consiguió 3,465 hits, impulsó 1,310 carreras, anotó 1,923, obtuvo 5 Guantes de oro y fue elegido 14 ocasiones al Juego de Estrellas.
Hoy, a Ruth, Gehrig, Mantle, DiMaggio y compañía se suma otra leyenda en Monument Park, el gran Derek Jeter.