Soledad

El doctor Pablo de Ballester, de origen catalán, afirmaba que él era socrático no en el sentido de pensar como Sócrates, sino en cuanto a poseer un conocimiento más objetivo de la realidad. De igual forma, acaso, se podría decir que se es montañista no en cuanto a ...

Arturo Xicoténcatl

Arturo Xicoténcatl

El espejo de tinta

El doctor Pablo de Ballester, de origen catalán, afirmaba que él era socrático no en el sentido de pensar como Sócrates, sino en cuanto a poseer un conocimiento más objetivo de la realidad. De igual forma, acaso, se podría decir que se es montañista no en cuanto a que se escale un Everest o un monte de menor altura, sino en la referencia individual y en la relación de las valiosas experiencias de algunos escaladores. Voz, imágenes, recuerdos, son como una chispa que toca el espíritu y hace palpitar los corazones.

La mente capta y recoge algunas de las bellezas más intensas de la naturaleza coloreadas en acciones audaces; las transforma y transporta en grados de emoción. Se mezcla la aspiración y el sueño de hollar las cumbres del Everest, del K-2, las llanuras blancas y heladas del Polo Sur continental y del mar congelado del Polo Norte. Se vive la soledad del montañista, se aprecia su fortaleza física, mental, técnica, valor, audacia. Se despierta una multitud de voliciones: el esfuerzo y la grandeza de espíritu, la inefable emoción de contemplar el brillo de las estrellas, la bóveda celeste, el diálogo y la voz interior superior que conoce el solitario, su independencia ante las fuerzas de la naturaleza. El gemido y el aullido del viento blanco, destructor; las tormentas y las ráfagas huracanadas de las cumbres, las grietas, los arroyos subterráneos que corren en el manto de nieve, convertidos en trampas mortales, sepulcros blancos; el placer de mirar hacia abajo y contemplar un mar de nubes; los ortos y los ocasos que cambian en oro las paredes de la montaña, arroban el espíritu; la mordedura del frío a Celsius apenas soportables y más con el déficit de oxígeno. Caminar en esa delgada línea de la vida y la muerte. Vivir la indeleble experiencia de presenciar o conocer la desaparición de un compañero con el que el montañista estaba platicando unos segundos o minutos antes. Las costumbres de las esposas de los sherpas, madurez y aceptación del destino.

Produce un sentimiento de admiración y respeto la sencillez de Ofelia Fernández Vilchis, de 92 años de edad, atezada y tan menudita que no pasa del 1.52 m de estatura; mujer de pensamiento claro y con la fortaleza física suficiente para subir escaleras con la naturalidad que le dio la práctica de un estilo sano de vida. En los 40 y 50 alcanzó las cumbres del Aconcagua, Chimborazo, McKinley, Huascarán, Monte Victoria. Cautivan las charlas y los videos que presentan Ricardo Torres Nava, primer mexicano que escaló el Everest y las 7 cumbres más altas del planeta y de David Liaño, que ha ascendido el Everest en seis ocasiones y cumplido el Gran Slam, las 7 montañas continentales más elevadas. Dio a conocer proyectos tras haber corrido 250 km en el maratón de Los Sables, en el Sahara.

José María Aguayo, presidente del Club Alpino Mexicano, les hizo un reconocimiento el miércoles anterior en la Universidad La Salle.

Fueron y son deportistas de primera magnitud en el país. Son ejemplos de superación y construcción de valores morales; su autenticidad deportiva no encaja en los sistemas comerciales ni populares. Desde hace varias décadas, el valor del montañismo está olvidado por el gobierno, los comunicadores les han dado la espalda y a la sociedad no le interesan.

Podrían participar en la divulgación de programas de salud, educación, conductas sanas, de motivación. El montañista mexicano está tan solo en su país como cuando vive en la montaña.

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