Nueva York, Buenos Aires
Alrededor de la hoguera que arde en el tablero de Nueva York con la lucha entre dos geniosmáquinas que juegan con la precisión de las computadoras, Carlsen vs. Karjakin, expresión de juego al más alto nivel de la historia, se respira una atmósfera muy semejante a la de ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
Alrededor de la hoguera que arde en el tablero de Nueva York con la lucha entre dos genios-máquinas que juegan con la precisión de las computadoras, Carlsen vs. Karjakin, expresión de juego al más alto nivel de la historia, se respira una atmósfera muy semejante a la de Buenos Aires 1927, con el match por la corona universal entre José Raúl Capablanca, de Cuba, y Alexander Alekhine, de Rusia. El pensamiento generalizado era: no hay ser humano que pueda derrotar a Capablanca. Durante ocho años Capa se mantuvo invicto, de 1916 a 1924, hasta que sufrió su primera derrota en el torneo de Nueva York de 1924, en la quinta ronda; la hazaña la logró el pedagogo austro-húngaro Ricardo Reti.
Afirman que Capablanca, como un genio y rey del tablero, llegó irradiando seguridad y elegancia, algunos comparaban su personalidad con la del actor Rodolfo Valentino. Alekhine nunca le había podido ganar una partida. En el teatro, lo expresan las crónicas de la época, Capa estaba más atento a ver las piernas de las coristas, en tanto que Alekhine, en el lunetario, como un obsesionado que enfrentaba el más difícil reto de su vida, movía las piezas de ajedrez en un pequeño tablero.
Y aunque Capablanca remontó el marcador, tras que perdió la primera partida, Alekhine se ciñó la corona con el score de 6-3 y 25 tablas. Alekhine nunca más concedió la revancha a Capablanca; amigos en la juventud, quedaron distanciados de por vida. Fue una sorpresa que causó un shock a la afición mundial.
Hay algo que va más allá del universo de los 64 escaques. La mayoría espera que hoy, en la décima partida, ocurra el milagro y que Carlsen derrote a Karjakin. El noruego era el favorito casi unánime antes de iniciarse el match. No es que fuera un choque rutinario sino que existe una enorme de diferencia de fuerzas y los antecedentes de Elo, la fuerza real y resultados de torneo favorecen al monarca.
Después de siete tablas consecutivas, Sergey Karjakin, con las piezas negras, un grado de dificultad más difícil que conducir los trebejos blancos, derrotó a Carlsen en la octava ronda. Y en la novena el campeón de nuevo fue puesto contra las cuerdas y la partida que parecía tender hacia el empate, empezó a fulgir al rojo vivo. Si Karjakin se ha mostrado artista en el arte de la defensa y el ataque, Carlsen, que camina por el borde del abismo, demostró su enorme capacidad de lucha e igualó, no sin sufrir angustias ante el espectro de la derrota que lo habría hundido irremisiblemente.
Por décima ocasión Magnus Carlsen saltó ayer a la palestra con el deseo de romper la coriácea defensa de Sergey Karjakin. Es la sexta Ruy López que se dibuja en el tablero.
Multitudes, a las que se suman no pocos comunicadores, esperan la reacción como un acto milagroso. Lo esperan movidos por un sentimiento de idolatría, no desean que se apague la poderosa y carismática imagen de Carlsen, tan poderoso como Thor, el dios mitológico.
En el ajedrez, en el deporte, en la vida misma, ser el mejor no garantiza el éxito ni la victoria. Una partida de ajedrez es una pugna de ideas feroz, cruel; duelo de conocimientos, de teorías individuales, de tenacidad, de voliciones y matices de fuerza síquica. El desarrollo de la competencia muestra que las condiciones de lucha han cambiado y que Karjakin, en este momento, se proyecta en un plano ligeramente mejor a Carlsen. El ruso ya resolvió parte del algoritmo del noruego.
Carlsen derrotó anoche a Sergey Karjakin. El match se igualó. Restan dos juegos.