Promotores deportivos
La punta del iceberg que dejan ver las medallas olímpicas la cubre casi en su totalidad la política. Algunas instituciones se adueñan de los éxitos de los héroes deportivos y se alejan, huyen, cuando aparece la derrota, que es lo más frecuente en el deporte. Algunas ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
La punta del iceberg que dejan ver las medallas olímpicas la cubre casi en su totalidad la política. Algunas instituciones se adueñan de los éxitos de los héroes deportivos (y se alejan, huyen, cuando aparece la derrota, que es lo más frecuente en el deporte). Algunas noticias giran acerca de las becas, de los apoyos económicos, de la relación tan directa que tienen las Federaciones Nacionales, el Comité Olímpico Mexicano o la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, y con frecuencia se olvida que los principales promotores deportivos del país son los padres de familia, los que pagan porque sus hijos reciban clases de atletismo, natación, gimnasia, esgrima. La orientación de los padres, la armonía y buena relación con los hijos forman notables campeones. La sorpresa que dio Ismael Marcelo Hernández Uscanga en el pentatlón moderno el sábado 20 de agosto en el estadio de Deodoro en Río de Janeiro no fue cuestión de un día ni de apoyo institucional reciente sino a quince años de orientación deportiva en el seno familiar, que remató el año pasado con la contratación del entrenador polonés Waldemar Marek; en gran parte a los esfuerzos personales, económicos, de los padres de Ismael, ingeniero Marcelo Hernández y la médico militar Celeste Uscanga.
De 26 años de edad, Ismael Hernández logró en un día la medalla de bronce en una disciplina tan difícil y con elementos aleatorios que no dejan de sorprender. Pero decir en un día, como ocurrió físicamente, es como olvidar los 15 años de esfuerzo del pentatleta desde que se enroló en las pruebas de biatlón y en el aprendizaje de la carrera de natación, en la esgrima, en la equitación, en la carrera atlética combinada con el tiro al blanco con pistola láser.
Decía Borges en Discusión que cuando le preguntaron al pintor Whistler cuánto tiempo había tardado en pintar aquel cuadro, el pintor respondió: “Toda una vida”. E igual podría haber asegurado que había tardado siglos en alcanzar la maestría del color, del espacio, de la forma, el proceso, la evolución de la pintura, la inspiración. La suma de acontecimientos. ¿Cuántos años tardó Usain Bolt en correr los 100 m en 10 segundos, y para detener el reloj en 9.58; y Michael Phelps en romper los 50 segundos en los 100 m de mariposa? Años, muchos años.
En el esfuerzo de Ismael Hernández hay algo, probablemente, de aquella generación que ocupó el quinto lugar en Melbourne con José Pérez Mier, Antonio Almada Félix, David Romero Vargas; en la que se distinguió en Roma con Almada, Pérez Mier y Sergio Escobedo Garduño; en la presencia de Igor Novikov, en la Arena México, en la década de los 50, quien había ganado medalla de plata en Melbourne; del disciplinado trabajo de Marcel Sisniega, récord mundial de natación en los 300 m en Moscú 80, inadvertidos por la mayoría de la prensa deportiva mexicana, de Marcelo Hoyos, Horacio de la Vega, Óscar Soto, octavo en Pekín. Y tantos otros.
No deja de sorprender y admirar la construcción tan relativamente rápida del éxito que alcanzó Ismael Hernández, aunque ya se había distinguido con el oro de los Juegos Centroamericanos y la plata de los Panamericanos de Toronto.
Una construcción a la que, sin duda, edificaron el amor, la unidad y la armonía, la orientación, la responsabilidad de los padres de
Ismael. Los padres, casi siempre olvidados por el ruido ensordecedor de las campanas de la política deportiva.