Vera, emblema del 68
La cauda y los Juegos Olímpicos de 1968 provocaron el asombro como nunca antes ocurrió en México. Al través de la radio y de los noticiarios del cine los aficionados al deporte conocían a los grandes astros. Ya se había recibido la imagen de Abebe Bikila en la ...

Arturo Xicoténcatl
El espejo de tinta
La cauda y los Juegos Olímpicos de 1968 provocaron el asombro como nunca antes ocurrió en México. Al través de la radio y de los noticiarios del cine los aficionados al deporte conocían a los grandes astros. Ya se había recibido la imagen de Abebe Bikila en la pantalla de cristal, durante los JO de Tokio. La imaginación jugaba un importante papel en la formación y en el ideal de los héroes deportivos. Cuando se les conoció de carne y hueso en los escenarios deportivos el impacto fue de lo más singular. Los dioses olímpicos en el altiplano de Anáhuac. Ron Clarke, Don Schollander y durante los Juegos la proyección de tanta figura cimera como Zabotinsky, el Hércules soviético que desfiló cogiendo de un extremo el asta bandera de la hoz y el martillo, Bob Beamon con su 8.90 en longitud, Dick Fosbury y su salto vertical hacia atrás revolucionario, Burton, Spitz, Jim Hines, Lee Evans y, con ellos, una estrella rutilante que se identificó como ninguna otra con México, la checoslovaca Vera Caslavska, considerada como la última romántica en la disciplina de gimnasia. Ningún atleta, hombre o mujer, alcanzó tal grado de comunicación e identidad con el pueblo mexicano al través de su encanto, gracia y habilidad.
Nacida el 3 de mayo de 1943 en Praga, Checoslovaquia, Vera venía precedida de una luminosa trayectoria que se inició, cuando menos, diez años antes; apareció con un octavo lugar en el Campeonato Mundial de 1958, en un escenario en la que la reina dominante era la rusa ucraniana Larysa Semiónovna Latynina, la máxima ganadora de medallas olímpicas (9-5-4) hasta la llegada de Michael Phelps (23-3-2).
La gimnasia la practicaban mujeres plenamente desarrolladas, a diferencia de la actualidad y, sobre todo, en el periodo posterior a México, cuando despuntaron, con el dinamismo, con ejercicios acrobáticos de mayor riesgo y rapidez, las niñas o adolescentes como Olga Kórbut y Nadia Comaneci. La figura de Vera anidó por siempre en la memoria de los aficionados.
En su primera intervención olímpica en Roma 60 finalizó octava individual y medalla de plata por equipos. En Tokio, el arte de Vera supera a Larisa Latynina. Ocupa primeros lugares en el salto de caballo, en las barras asimétricas y en la viga de equilibrio.
Los siguientes cuatro años fueron de éxito. Triunfó en Sofia 65, en Dortmund 66, Checoslovaquia, vence por vez primera a Rusia en gimnasia. Con estos antecedentes representa uno de los grandes atractivos de los JO del 68. Brilla en caballo y asimétricas y finaliza segunda en viga y en los ejercicios en tierra. En sus actuaciones en 64 y 68 logra siete oros y tres platas. Es mujer de lucha y superación.
Un día después de la clausura de los JO Vera Caslavska se casa en la catedral de la Ciudad de México con el atleta Josef Odlozil, plata en Tokio en los 1,500 m después del neozelandés Peter Snell. La vida de Vera es difícil. Sufre persecución y humillaciones durante la intervención soviética. Es una mujer de lucha en el plano deportivo, social, en el político. Afronta problemas. En la década de los 90 es presidenta del Comité Olímpico de Checoslovaquia. El matrimonio rompe y en 1993 Odlozil es muerto a golpes por su hijo y sus amigos en una pelea.
Vera Caslavska, una leyenda ligada a México, desapareció físicamente el martes pasado.