Europa, adicta al ajedrez
La trouppé se alejó del olor salino, del mar metálico, de las grandes chimeneas, con los densos penachos de humo negro de la siderúrgica y de los sabrosos chowders en la pequeña y bonita zona comercial, que hubieran hecho las delicias de Queequeg, de las dunas y ...
La trouppé se alejó del olor salino, del mar metálico, de las grandes chimeneas, con los densos penachos de humo negro de la siderúrgica y de los sabrosos chowders en la pequeña y bonita zona comercial, que hubieran hecho las delicias de Queequeg, de las dunas y matorrales del pequeño y helado puerto de Wijk aan Zee, y reapareció en las montañas nevadas de Suiza, dentro del murmullo metálico de las áncoras y la seguridad casi hermética de sus bancos, en Zurich, con tres pistas estelares situadas en el lujoso hotel Savoy y la conjunción de seis luminarias del tablero. Carlsen, Aronian, Anand, Nakamura, Caruana y Gelfand.
Zurich, como las grandes ciudades de Europa, cultiva una pasión por el juego de ajedrez del que la mayoría difícilmente puede imaginar. Desde el martes organiza el torneo más fuerte de la historia, con un promedio de dos mil 801 puntos de coeficiente Elo y la presencia del prodigioso noruego Magnus Carlsen, monarca mundial, con el Everest histórico de dos mil 872 puntos, que refleja potencia mental en el comparativo con el Argos, Gari Kaspárov, con dos mil 851 como cima, y el dos mil 780 que alcanzó el inmortal Bobby Fischer.
El ajedrez ha resistido la prueba del tiempo. Es un juego milenario. En la Edda de Snorri Sturluson —nombre que algunos conocimos a través de Jorge Luis Borges—, se cita la pasión por el juego de ajedrez de los reyes noruegos e islandeses a fines del primer milenio y en los albores del segundo, o algo misterioso como el hnefatafl, que llegó, incluso, de acuerdo con algunas leyendas, a provocar la muerte entre los personajes de la realeza. Un “¿Puedo retroceder la pieza?” provocó ira, manotazo, persecución y muerte.
Actividad tan sencilla y tremendamente difícil en relación con el propósito. Si sólo se trata de nadar en su corriente lúdica, hay miríadas y miríadas de hermosísimas combinaciones. Si el propósito es competir en la elite, si el ajedrez es lucha, para jugarlo hay que convertirse en su esclavo, poseer un talento especial y el instinto dominante del animal depredador. El ajedrez es una de las expresiones más crueles en el campo de la competencia.
Los científicos afirman que hay más combinaciones en una partida de ajedrez, de 40 movimientos, que átomos en el universo. Algunos maestros aseguran que cada partida plantea un problema diferente, de tal manera que las posiciones son tan inasibles como una imagen en el agua. Una vida larga de las antorchas intelectuales no posibilitaría descubrir los misterios del juego. Los engines, los motores más potentes como Houdini Pro x64, el cíclope del cálculo, capaz de escudriñar con su ojo electrónico más de diez millones de combinaciones en un segundo, no pueden asir el algoritmo del ajedrez.
Acaso en esta obsesión por perseguir el infinito, en forma independiente de su belleza, o combinada, estribe la poderosa fascinación y emoción que ejerce en la mente humana.
Entre los torneos que dejaron un legado de partidas importantes figura Zurich 53, del cual David Bronstein y Miguel Najdorf, con sus escritos, le dieron un enfoque ilustrativo e histórico.
Acaso Zurich 2014, con un Elo promedio de dos mil 801 puntos, se convierta en una referencia universal con paralelismo, por la clase de grandes maestros que reunieron con Hastings 1895, Nueva York 1924, Nottingham 1936, Avro, en los Países Bajos, en 1938. Europa, adicta al ajedrez, mantiene viva la hoguera de la pasión en el planeta.
