Éter

El planeta es una esfera imperfecta girando en el universo silencioso. Sobre el que sólo hay abstracciones, porque la realidad como tal es evanescente; así como está, deja de estar. Vuela. Al final de las historias seremos polvo cósmico, aunque alguno, tal vez, corra la ...

El planeta es una esfera imperfecta girando en el universo silencioso. Sobre el que sólo hay abstracciones, porque la realidad como tal es evanescente; así como está, deja de estar. Vuela. Al final de las historias seremos polvo cósmico, aunque alguno, tal vez, corra la suerte dichosa de convertir esas partículas que fueron suyas en fragmentos enamorados. En el vacío. En la nada.

Si la tierra entera con sus mares y sus cielos deja de ser importante ante el abismo infinito de la sopa cósmica, ¿qué decir de los seres y de sus mitos? ¿Qué de sus terruños? Se llame Babia, Barataria o Catalonia para fines imprácticos: no hay sitio que cuente y vaya que se conversa con grandes ánimos como si se hubiera estado alguna vez en Babilonia, en Catay, en Pompeya o en La Atlántida. Son sólo palabras. Ésas que nos han dado vida, mientras se ha podido.

El lenguaje hablado, cantado o escrito es el testigo que, por lo pronto, plasma los valores y lo fútil. Lejos de Iberia hay millones de personas que nos comunicamos en español —o en castellano, que más da—, mientras que allá siguen en duda si deben seguir juntos o atomizarse. De manera un tanto absurda, con la cruz y con la espada, los soldados y los misioneros nos obligaron a usar esas palabras, pero se trasminaron también junto a ellas, las taras de una civilización tan elemental, que reconquistaba y conquistaba sin saber bien ni para qué.

Los siglos pasan y acá se trata de ir superando, a como dé lugar, el estigma fatal de ser latinos. Hispanos. Es decir, más dados a la jarana que al esfuerzo sostenido. Envidiosos. Y entre otras de nuestras actitudes sobradas de nobleza, algunas veces hasta hemos hablado de la madre patria, como si de verdad tuviéramos madre. Y patria…

Es bien sabido que a los lugares les dan forma los hombres. Entre ellos, se destaca a los que dejan huellas indelebles. A las inteligencias sublimes, a los artistas, a los líderes verdaderos o a los héroes que se van discurriendo. En el concierto de todas las actividades, hasta las más banales cuentan. Como en el deporte. Incluso, el motorizado.

¿Habrá un personaje de las competiciones que nos ponga de acuerdo a todos los de un modo de hablar igual? Sí. Fernando Alonso. Si bien esa ocurrencia española llamada la “alonsomanía” ya haya cedido. Queda en la memoria y en el pecho que, además del argentino Juan Manuel Fangio, el asturiano ha sido el otro monarca mundial que ha hablado como nosotros.

No importa quién inventó el nombre de Asturias, ni qué rayos quiere decir; si tiene príncipe o princesa. De ninguna suerte se trata de saber si Oviedo está en el mar o en la montaña. Si la nación de los españolitos será mañana también de todos ellos, o apenas de una parte.

Lo que sí, es que este piloto nos entiende y lo entendemos. Hace parte de nuestra comunidad y es distinguido. En sus horas bajas, contra la infeliz costumbre: no lo debemos de maldecir, aunque en su tierra le den la espalda.

Bien por Lewis Hamilton y por Sebastian Vettel. Pero las hazañas de Alonso no se van a dejar de lado y ojalá pronto catapulte más. Lo hecho, hecho está, y con eso vale.

En todas las medidas que cuentan para evaluar a la gente en este deporte, él es de los quince más productivos. No hay modo de tapar el sol con un dedo.

España, no apartes de nosotros este cáliz. ¡Despierta!

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