Memo Ochoa vuela en Rusia, ayer en la Del Valle

La vieja canchita donde de niño Memo Ochoa tuvo sus primeros lances está aún llena de ‘herederos’ que honran su memoria

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La Unidad Miguel Alemán fue testigo de las primeras hazañas de Memo Ochoa. Ahora se mantiene como refugio de pequeños futbolistas, que como herederos del arquero del Tricolor, sueñan con llegar a una Copa del Mundo. Fotos: Especial

CIUDAD DE MÉXICO.

Al mediodía, las ventanas de los gigantescos edificios de la Unidad Miguel Alemán dan señales de vida: una chica orea cobijas, una señora sacude unas toallas y otra vecina espía lo que abajo sucede. Y lo que sucede es futbol: en la vieja canchita donde Memo Ochoa jugó de niño protagonizan un partidito los “herederos” del arquero mundialista.

Los chicos de este rincón de la colonia Del Valle driblan, rematan y atajan sobre el rectángulo de cemento que rodea las moles con departamentos. Al fin, el sol ha salido tras las lluvias: aprovechan para sacar un viejo y descosido balón celeste que con sus tenis esconden, pisan, asisten, disparan.

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En los pasillos de las torres y en las viviendas de este complejo habitacional, el mito de “Paco Memo” corre vigoroso pese a que pasaron más de 20 años desde que aquí fue portero con sus cuates.

Cuando iniciaba la Primaria, su familia heredó un negocio sobre Eje 7 Sur, Tortas Don Polo. Por eso, con su hermana Ana, su padre Guillermo y su madre Natalia, a inicios de los ‘90 emigró de Guadalajara para entonces residir en la Ciudad de México. Eligieron para vivir la Cerrada López Cotilla. Arbolada, serena, pero con un problema: estaba vacía de niños que jugaran fut. Insoportable.

Pero el chico halló una salida: si ayudaba en la tortería, su padre lo premiaba con una torta suiza -su favorita- y el permiso para jugar en la cancha de la contigua Unidad Miguel Alemán. “Se hacía la reta y decía: ‘quiero ser portero -recuerda el conserje Eduardo Corona-. Órale, se rifaba, se aventaba con todo”.

En la sala de un tercer piso con panorámica vista a la cancha, la madre de familia, Clara Chávez, se asomaba para supervisar a sus hijos y a los amigos de ellos, entre los que estaba un chiquito de pelo rizado: Guillermo. “Muy inquieto, vivaz, muy desarrollado en cuestión futbol”, ríe la vecina.

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Abajo, como desde esos días de hace más de dos décadas, el ritual diario continúa: Emilio, Diego, Mauricio y Benjamín vuelven de la escuela, se chiflan, bajan y cascarean en el campo de su ídolo. “Siento como emoción: Memo Ochoa jugó en estaa canchas”, dice Diego bajo los tres palos en los que el hoy portero del Tri se adiestró, aunque las caídas torturaban sus costillas.

Sembrada en esta área popular de la zona sur, la semilla de Ochoa germinó en un guardameta con estos valores. “Mantiene la calma”, explica Emilio. “Tiene buenos reflejos”, precisa Diego. “Predice muy bien las bolas”, dice Mauricio.

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Hoy, él está en Rusia y ellos en la Ciudad de México. No importa, pese a la distancia se unen en una misión, ahora ante Suecia. ¿El futuro de México en la Copa del Mundo? “Un triunfo nacional”, presagia el pequeño Emilio y lo secunda Clara: “Tengo fe, la verdad”.

Si lo inaudito ocurre, los testigos de los antiguos lances de Guillermo tienen derecho a imaginar. “¿A lo mejor festeja aquí, no?”, exclama el conserje cubierto de canas, sonríe, y vuelve a sus faenas.

Hoy sabremos si el sueño de la Unidad Miguel Alemán sigue vivo.

cva