'No voy a la guerra'; la batalla más dura abajo del ring
Hace 50 años Muhammad Ali se negó a ir a combatir a Vietnam, por lo que el gobierno de Estados Unidos le arrebató el título de campeón del mundo y lo envió a prisión

CIUDAD DE MÉXICO.
Aquel corpulento hijo de esclavos negros se quedó como estatua. No dio un paso al frente, tal y como se lo pidió en tres ocasiones el teniente Clarence Hatman, aquel 28 de abril de 1967. Muhammad Ali, el campeón olímpico en Roma 60 y campeón de los pesados tras derrotar a Sonny Liston en el 64, había sido trasladado a la base de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos en Houston, Texas, para ser reclutado e ir a pelear a Vietnam.
El teniente Hatman, un duro militar de piel blanca, lo había llamado tres veces Cassius Marcellus Clay Jr., un nombre de esclavo con el que también bautizaron a su padre, al abuelo y otros más antecesores en Kentucky. Así se llamó el hombre blanco que compró a esos esclavos negros y Muhammad odiaba que le repitieran el nombre en su cara. Basta recordar la paliza que recibieron Floyd Patterson y Ernie Terrell, que antes de enfrentar al Más Grande lo llamaron Cassius y en cada roud, tras cada golpe, Ali les preguntaba airado: ¿cómo me llamo?
Esta vez no hubo golpe, pero Muhammad Ali se negó a dar el paso al frente en el reclutamiento, lo que le traería serias complicaciones, pero a la vez lo convertiría en un icono en el deporte universal. “Yo no voy a pelear con el Vietcong. Ningún vietnamita me ha llamado negro de mierda”, diría un Ali rebelde, además de: “¿por qué tengo que viajar más de 10 mil kilómetros para matar amarillos por culpa de los blancos?”
El teniente le había advertido que se enfrentaría a una sentencia de cinco años de prisión y una multa de 10 mil dólares. Ali ni siquiera lo miró. Al salir de la estación de reclutamiento, el campeón del mundo argumentó, en conferencia donde abundaban los reporteros y fotógrafos blancos, que no estaba arrepentido de negarse a pelear por el Tío Tom. “En el ring hay un juez y aquí sólo veo bazucas, tanques y gente inocente”.
Una hora más tarde, la Comisión Atlética de Nueva York canceló su licencia de boxeo y le privó de su título. Diez días después, Ali fue acusado por un jurado federal y quedó en libertad con una fianza de cinco mil dólares. El 19 de junio, el jurado de hombres blancos necesitó solamente 20 minutos para declararlo culpable, con un castigo de cinco años de cárcel y otros 10 mil dólares.
Los abogados del Islam no tuvieron problema alguno en sacarlo de prisión, pero al campeón le quitaron también la visa para que no intentara pelear en el extranjero. Entonces Ali, acostumbrado a hablar más de la cuenta, comenzó a cobrar por ir a universidades a dar discursos. Hablar irónicamente de la guerra, el color de la piel y la religión musulmana. No le iba mal, pues cobraba mil dólares por cada presentación.
También probó en el teatro, interpretando el papel principal de Broadway , Buck White. Además, consintió tomar parte en el documental AKA Cassius Clay y le pagaron 10 mil dólares por participar en un combate por ordenador con el gran Rocky Marciano.
Muhammad Ali no se rendiría. Regresaría a los cuadriláteros y volvería a ser el Más Grande y el Más Bonito. Respondería a los blancos que no se acostumbraban a mirar a un negro, hijo de esclavos, tan rebelde: “Yo soy América. Soy la parte que ustedes no reconocen, pero acostúmbrense a mí. Negro, seguro de mí mismo. Engreído; es mi nombre, no el de ustedes. Mi religión, no la de ustedes. Mis metas, no las suyas. Váyanse acostumbrando”.
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