Ricardo Bochini; El deber de la memoria

En Avellaneda, la calle principal del estadio de Independiente y la tribuna Alta Sur llevan su nombre. El Bocha jugaba siempre para el gol, aunque otros los hicieran. Para Maradona era el mejor de todos: ‘Pase, maestro, lo estábamos esperando’. Aquel recibimiento de Diego se dio en el Mundial del 86, donde por única vez jugaron juntos

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CIUDAD DE MÉXICO.

Fueron seis minutos. Bochini (Zárate, 1954) tocó cuatro veces el balón y tres de ellas lo recibió de Maradona. Juego de paredes, gambetas y definiciones simples. Para ellos, el futbol significaba eso. Ese 25 de junio de 1986, con 114 mil 500 espectadores en el Estadio Azteca, Argentina los tuvo juntos en una Copa del Mundo.  Con el partido 2-0 contra Bélgica, Diego le dio la bienvenida al Bocha, a quien iba a ver de pequeño en la cancha de Independiente, cuando entró por Burruchaga: “Pase, maestro, lo estábamos esperando”. El ídolo y su ídolo; dos de los jugadores más talentosos en la historia de su país con la misma camiseta. Se miraban, se buscaban, pero en el deporte de las pequeñas sociedades, la posibilidad de verlos más tiempo no pudo ser.

Bochini jugaba siempre para el gol, a condición de que otros los hicieran. En tiempos de migraciones futbolísticas, eligió quedarse en Avellaneda, donde la gente lo entendía. Ahí, la calle principal del estadio y la tribuna Alta Sur llevan su nombre. Catorce títulos, una final ganada con ocho hombres y el agradecimiento eterno de Diego acompañan al Bocha, como tantas veces él acompañó a otros.

¿En Zárate es Richard, Ricardo o El Bocha?

No, no: Richard (se ríe). El Bocha me pusieron acá en Buenos Aires, un compañero que tenía en la séptima división.

¿Cuánto se hacía de ahí hasta Avellaneda?

Tenía que tomar primero dos colectivos hasta la estación de trenes. Después, subir a uno que tardaba como 2 horas hasta Retiro, en Buenos Aires. De ahí tenía que subir a un subte (metro) hasta Constitución y de ahí otro colectivo hasta Avellaneda. Prácticamente eran casi cuatro horas de viaje para llegar y practicar y, ya después, volver a Zárate, otras cuatro de vuelta.

¿Le quedaba algo para comer?

A veces no. Pero tenía amigos en la ciudad que me ayudaban para pagar. Eso fue durante un tiempo, porque después el club me empezó a costear los viajes.

¿Trabajó de pequeño?

Mi familia era muy humilde. Yo llevaba diarios a los quioscos de la ciudad. Iba a donde los repartían, los recogía y hacía la entrega. Trabajé también con mi papá como albañil y en una mueblería, limpiando pisos.

¿Y por qué el futbol?

Porque siempre fue así. No sólo conmigo, también con mis hermanos. Somos siete varones y dos mujeres. Todos jugaban muy bien; en equipos más chicos, pero eran buenos jugadores. El que más llegó, por suerte fui yo.

¿A quién admiraba?

A Pelé, Teófilo Cubillas, Ermindo Onega, que jugaba en River, Ángel Clemente Rojas, de Boca... A mí me gustaban los jugadores habilidosos, los que gambeteaban. Jugadores técnicos, con buen dominio de pelota.

Pocas veces lo vieron tirarse en la cancha o gritar un gol

No me gustaba demorar el juego. Me gustaba que la pelota siempre estuviera en movimiento, que los partidos fueran sin pausas, sin hacer tiempo, ganando o perdiendo. Yo lo que quería era jugar, que el balón siempre estuviera dentro. Y de los goles... yo gritaba los que eran definitorios, los importantes. Si por ahí íbamos ganando 3-0 y hacía el cuarto, ¿qué caso tenía?

¿Por qué el 10, el enganche, se ve cada vez menos?

En Argentina, por ejemplo, ya casi no existen. Hay un jugador que me gusta, que se llama Sebastián Blanco, de San Lorenzo de Almagro, que es el único que tiene ese estilo de juego. ¿Después? ninguno. Se juega de otra manera.

¿Frecuenta la calle Ricardo Bochini?

Es algo muy lindo. Recién va a inaugurarse una tribuna en la cancha de Independiente, con mi nombre. Ya lo tenía la platea, ahora la tribuna completa. La gente quiere que sea todo el estadio. Los dirigentes le pusieron Libertadores de América, pero les pidieron que se haga una nueva consulta para cambiarlo. Yo ahí, en ese lugar, viví mucho tiempo cuando era chico.

¿Su mayor alegría en una cancha?

Tuve muchas. Los 14 títulos con Independiente; cuando le hice el gol a la Juventus en Italia, en una Copa Intercontinental; las cuatro Copas Libertadores. Cuando le ganamos al Liverpool, en Japón, en la otra Intercontinental. Campeonatos locales... Los dos goles al Pato Fillol en una final contra River Plate, que tenía cinco campeones del mundo. Una vez logramos un título contra Talleres, con tres jugadores menos.

Ese día cumplió 24.

Fue uno de los mejores cumpleaños. Nunca me pasó por la mente que lo pudiéramos empatar. Nos hicieron el 3-1 y teníamos tres jugadores menos. Pensé que nos harían tres-cuatro goles, porque era mucha la diferencia. Talleres era un gran equipo. Hice el gol del empate y ganamos. Una cosa de locos.

¿Qué le generaba más placer: hacer un gol o dar un pase para que alguien lo hiciera?

Las dos cosas. Según la jugada o la importancia del juego. Le hice meter un gol en la final contra Gremio, en Brasil, a Burruchaga y Buffarini. Goles decisivos. Festejaban otros, pero los pases los daba yo. Mientras ganáramos el partido, para era mí lo mismo.

¿Por qué siempre Independiente?

Porque ahí crecí. En esa época, no se vendían muchos jugadores en Argentina. No había tanta diferencia económica entre lo que se podía ganar en el país y en Europa. Además, tenía a mi familia, no quería irme.

En la selección argentina tuvo a Menotti y a Bilardo: ¿dos formas diferentes de ver el futbol?

No sé si tan diferentes, ¿eh? Porque Bilardo cuando salió campeón del mundo en el 86 tenía a Maradona, Burruchaga, Henrique, Valdano, Batista… todos jugadores de buena técnica. Lo que pasa es que por ahí Bilardo hablaba más, diciendo que él trabajaba mucho en la cancha. Pero los dos lo hacían. A la hora de poner jugadores, eran todos buenos.

¿Le faltaron más mundiales?

Me tocaron épocas difíciles, porque estuve con las dos selecciones argentinas campeonas del mundo. Con Menotti pasé tres años: del 74 al 77. Con Bilardo, también. Por una cosa u otra no se dio que fuera a los dos, pero no por condiciones futbolísticas. Se daba así, a veces era cuestión de suerte, qué sé yo. Si hubiese nacido en otro país, capaz que lo hubiera hecho (se ríe).

 México 86: ‘Pase, maestro, lo estábamos esperando...’

El que más recuerda eso es Maradona. Yo lo que más quería era jugar un rato, porque era un Mundial, la primera vez que estaba en uno. Jugamos seis minutos. Si hubiera sido media hora, habríamos hecho más paredes de las que hicimos.

¿Alguna vez Diego le confesó que era su ídolo?

Sí. Cuando Diego jugaba en Argentinos Juniors, yo tenía un amigo en Independiente, que jugó con él, y un día vino a buscarme: ‘Diego quiere conocerte, quiere ir a cenar con vos. Te vamos a pasar a buscar’. Y fuimos; él tenía 19 años. Me dijo que había aprendido mucho de mí.

¿Escuchó el último mensaje que grabó para usted?

Me emocionó mucho, fue una alegría muy grande. Yo lo había llamado antes, porque fue su cumpleaños. Él desde chico me iba a ver jugar, en partidos de la Copa Libertadores, y después se convirtió en el ídolo de todos.

¿Qué es lo más valioso que le ha dicho Maradona?

Justo lo de ese mensaje: ‘Usted me enseñó a querer la pelota’. Yo jugaba a mi manera, pidiendo el balón, dando pases, definiendo a un costado. Eso no lo aprendió Diego, porque yo no se lo enseñé. Pero seguro lo imitaba. Nací queriendo la pelota. Si la tenía en la mitad de la cancha, quería llevarla al arco contrario lo más rápido posible. Después, claro, uno va aprendiendo cuándo tiene que tocar y cuándo tiene que gambetear, pero así fue.

Una vez metió un gol como él.

Contra Peñarol, en la Libertadores del 76. Fue el mejor que hice en mi vida. Me quité a siete-ocho jugadores, agarré la pelota 20 metros atrás de mitad de cancha, empecé a gambetear y el arquero se fue a un costado. Lo agarré más lejos todavía que Maradona y Messi. Es un gol que no sé si estará filmado o no, pero que quedó ahí para siempre.

¿Por qué le cuesta tanto ganar títulos a Argentina?

Porque Argentina no es el equipo protagonista que tiene que ser para ganar un Mundial. Siempre juega a esperar, a ver qué pasa con los rivales, a darle el dominio a los otros equipos. A Martino y Sabella les pasó en las finales que perdieron. Juegan más para que Messi los salve con una jugada individual, pero ¿y si a Messi lo marcan? Como en las tres finales pasadas, no puede hacer un gol. Así es difícil.

En el 2007, un accidente de tránsito casi le cuesta la vida.

Me pasaron muchas cosas por la cabeza. Perdí el control en la ruta por algún desperfecto del auto o algo que había sobre el camino. Eran las 6-7 de la tarde. Había dormido bien en la mañana, estaba lúcido. Quise pasar a uno y el auto se me fue. Hasta que no paró, supe lo que había pasado. Un golpe en la costilla y el otro en la pierna. Pensé que había muerto.

A final de cuentas, como dice Diego, ¿Bochini es futbol?

Y yo creo que sí. A Bochini le gusta el futbol. Lo jugó desde los seis años hasta ahora, que tiene 62. Y si lo invitan a jugar, juega. Siempre de la misma manera.