Un demócrata guió a Brasil; ante Polonia, su último gol en Mundiales
Sócrates demandó en México 86 “justicia para el pueblo”, mientras repartía juego en un grupo único de futbolistas

CIUDAD DE MÉXICO.
“Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo lo digo por ellos”, fue una de las frases que mejor reflejó el pensar de Sócrates, quien fuera uno de los grandes jugadores de la selección de Brasil en su historia. Un jugador único en su tipo, de los “malditos” que incluso hacían temblar a gobiernos por su forma de pensar, que alcanzó a mostrar su calidad en el Mundial de México 1986, por fortuna.
Hijo de un funcionario público amante de la filosofía griega (de ahí el nombre: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira –su nombre completo– se desarrolló en un entorno en el que la lectura estuvo por encima del balón con la intención de que tuviera una profesión “digna”, como le recomendó su progenitor. Lo hizo, logró un título que lo avalaba como pediatra, aunque resultó mejor con el esférico en sus pies.
Se trató de un rebelde total que acabó por trasladar parte de las ideas que encontró en los libros de Karl Marx y otros grandes pensadores al campo de juego con gran repercusión gracias a la idolatría que alcanzó como jugador del Botafogo, donde debutó, y después en el Corinthians, uno de los clubes más populares en Brasil. También fue gracias al aporte que tenía con la Canarinha.
Sócrates llegó a México como capitán, un puesto que compartía con Edinho, acompañado por otra generación de jugadores de molde único como Zico, Careca, Casagrande y Branco, por mencionar algunos, para darle forma a una selección a la que sólo le faltó fortuna. Era un líder destacado, por más que pregonaba que cada persona tenía el mismo peso que otra.
En el Mundial se presentó en estado puro, primero con una cinta que decía “México sigue en pie”, en el triunfo de 1-0 frente a España, donde hizo un gol, para apoyar a un país que había sufrido un terremoto un año antes. También mostró la leyenda “justicia para el pueblo”, que repitió en los partidos ante Irlanda del Norte y Polonia.
Ante los polacos, el 16 de junio, fue el que encaminó la goleada de 4-0, al marcar el primer tanto y el que sería su último en Mundiales, antes de cruzarse con la Francia de Michel Platini. Fue la última alegría para él y una generación que mereció más y que acabó por englobar en otra gran frase suya: “No jugamos para ganar, sino para que nos recuerden”.

