El torero mexicano Joselito Adame salvó el festejo en España

El mexicano cortó una oreja en la décima tarde, tras una faena de gran clase, corazón y mérito

Por: EFE

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MADRID, 18 de mayo.- Se ponía la tarde sin que la corrida del Montecillo acabara de romper en ninguno de sus cinco primeros toros. Pero todavía quedaba el sexto, de nombre Adobero, que tras recibir un medido castigo en varas respondió en la muleta con un fondo de bravura y emoción en sus embestidas.

Un buen toro de Paco Medina con el que había que estar muy centrado, sin ninguna duda y muy de verdad para aprovecharlo convenientemente. Aquí surgió un gran Joselito Adame, que firmó una de las faenas más compactas de lo que va de la Feria de San Isidro en Las Ventas, pues, con base en fibra, aplomo y mando, logró pasajes bien hilvanados de notable componente artístico.

Ya con el capote se vio la disposición del torero aguascalentense. Saludo a portagayola, aunque tuvo que resolverlo echando cuerpo a tierra, garbosos lances a la verónica, galleo por chicuelinas y vistoso quite por zapopinas.

El secreto, ya está dicho, fue cuidarlo en el caballo para que no se viniera abajo en la muleta como lo habían hecho con anterioridad sus cinco hermanos. El brindis al público hacía presagiar que aquello no iba a ser un mero trámite, que allí había un torero macho dispuesto a poner toda la carne en el asador para remontar la tarde y para lograr un triunfo muy necesario para él.

Estatuarios sin enmendarse y bellos remates por abajo para sacarse al toro a los medios, dieron paso a una primera serie a derechas de mucha suficiencia.

La plaza empezaba a calentar motores, y no era para menos, ya que Adame siguió con la misma actitud, la misma quietud y el mismo mando, virtudes acrecentadas por el gusto y, en ocasiones, hasta el relajo delante de un toro que embestía como un obús, con mucha transmisión.

Faena enfibrada, de mucho corazón y notable mérito. Es verdad que faltó un punto más para que fuera de dos orejas, pero como fuere, y tras una estocada ensayando la suerte de recibir, los tendidos se convirtieron en una marea blanca en demanda de un trofeo que se había ganado a sangre y fuego. La ovación a Adobero en el arrastre fue también un digno y merecido reconocimiento.

Las lágrimas de Adame hablaban por sí mismas de la importancia de este triunfo para él, sobre todo después de que su primero se inutilizara en la primera tanda con la muleta, partiéndose la mano izquierda. Una pena.

Fuera de Adame, nada hubo en la tarde para el francés Juan Bautista; tampoco para el local Alberto Aguilar. Todo lo resolvió Joselito.