Los rarámuris y el juego de la bola

La historia de Silvino Cubesare y Arnulfo Quimare se cuenta entre la sierra tarahumara y las ganas de asomarse al mundo

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CIUDAD DE MÉXICO, 25 de noviembre.- A la gente le llama la atención encontrar entre cientos de corredores a un par de competidores con taparrabos, camisas de manga larga y colores fuertes, así como pies desnudos, sólo protegidos por huaraches que ellos mismos confeccionan.

Son los llamados pies ligeros, rarámuris que poco a poco bajan de la Sierra Tarahumara para probarse entre los rivales mestizos o chabochis, como ellos los nombran.

Los que se asomaron el pasado fin de semana al Mineral del Chico, Hidalgo, son actualmente los mejores corredores de su raza. Hombres de piel cobriza, cuerpos compactos, piernas largas y un corazón con una extraordinaria resistencia para recorrer hasta 160 kilómetros en menos de 15 horas.

Silvino Cubesare y Arnulfo Quimare son reconocidos en España, Austria, Costa Rica y Estados Unidos por sus épicas y eternas carreras en las que casi siempre terminan en el podio. Irónico: en nuestro país son conocidos por muy pocos.

Silvino y Arnulfo son parientes y viven en la sierra, alejados de la civilización, como la mayoría de su gente. Arnulfo explica en pocas palabras que corren desde que tiene memoria. Acostumbrado a la siembra de maíz, a la caza y al trueque, Arnulfo Quimare es de los pocos corredores  rarámuris que se atreven a salir de su territorio para probar su resistencia contra hombres blancos y de piernas más largas, con el fin de ganarse unos pesos y llevar algo de comer a su comunidad.

De una enorme maleta saca un par de huaraches, camisas de colores fuertes, gorras con la leyenda de Caballo Blanco, así como varias pelotas de madera un poco más grandes que una bola de beisbol. “Son para vender”. Cuenta que son similares a las que sus pueblos utilizan en el llamado juego de la bola, que llega a durar noches y días sin interrupción y en la que dos comunidades apuestan sus chivos, gallinas, granos, pieles y algo de dinero. Todo se lo lleva el vencedor.

Silvino explica que “el ritual comienza una noche antes de la carrera entre corredores de dos comunidades.  Las familias en cuestión se juntan para beber tesgüino (licor de maíz fermentado), comer pozole con carne y pasar largas horas sin dormir. Al amanecer, en la Sierra Tarahumara, se asoman cinco corredores de cada comunidad y comienzan a correr en terreno difícil pateando una de estas bolas de madera (una por equipo)”.

La batalla termina cuando el cansancio acaba con todo un equipo. Normalmente, la competencia termina entre dos hombres. Los rarámuris más resistentes siguen pateando la pelota kilómetros y kilómetros, con duración hasta más de 24 horas ó 200 kilómetros.

Así comenzó el duelo entre Arnulfo y Silvino, parientes acostumbrados a enfrentarse en el juego de la bola y en la que nuestros protagonistas casi siempre terminan levantando los brazos en señal de triunfo. A veces gana Arnulfo. Otras veces le toca a Silvino.

Así los conoció Micah True, aquel gringo bautizado como Caballo Blanco entre los tarahumaras, quien comenzó a invitar a grandes corredores de otros países a probarse ante estos incansables indígenas. La idea era que fueran conocidas sus virtudes al correr y que llegara algo de dinero a una comunidad que se muere de hambre y frío.

Otro de los gringos que llegó hasta territorio casi inexpugnable fue el escritor y corredor de largas distancias Christopher McDougall, quien inmortalizó a Silvino y Arnulfo en su libro Nacidos para correr, en el que narra un poco de la vida de estos corredores naturales y la carrera en la que se enfrentan a los mejores fondistas de Estados Unidos. Dicho libro los hizo populares en otros países

Arnulfo muestra un viejo celular y comenta que es lo único que lo mantiene en contacto con el mundo. “Es con el que recibo llamadas para correr por el mundo”. Vive en la sierra, en un cuarto de adobe, con sus hijos y su mujer. Sin luz y sin muebles. Alejado del mundo.

Dejan huella...

Silvino Cubesare y Arnulfo Quimare tienen algo en común: son rarámuris. Ambos han conquistado territorios alejados de la Sierra Tarahumara, venciendo a corredores de otras razas y lenguas, en pruebas extremas que alcanzan hasta los 160 kilómetros. Ellos no utilizan tenis, ni ropa deportiva. Tampoco van con cronómetro en mano.

Ya dejaron huella en España, Austria,Estados Unidos y Costa Rica. La revista Quién los muestra entre los 50 personajes que mueven a México en 2014, compartiendo páginas con apellidos como Iñárritu, Lubezki, Poniatowska, Dresser,

Zabludovski, Cuevas y el Piojo Herrera. Han sido invitados a dar una plática en Harvard y el diario español Marca se congratuló por tenerlos en sus instalaciones.

Silvino Cubesare, de 37 años, pertenece a la comunidad de Guachochi, en el pueblo de Batopilas. Es reconocido por ganar los 100 kilómetros de dicha comunidad, los 80 kilómetros de Urique (conocida como la carrera de Caballo Blanco), los 70 kilómetros de Austria y el Ultramaratón de Costa Rica.

Arnulfo Quimare, de 35 años, es actualmente el más grande corredor tarahumara. Tres veces consecutivas vencedor del Ultramaratón de los Cañones, del Penyagolosa Trails (118 kilómetros en Castellón), los 87 kilómetros de la Volta Cerdanya (Gerona), así como el Quixote Legends con 150 kilómetros de recorrido en Albacete. Él pertenece a Sorichique, también en el municipio de Batopilas. Una vez participó en las 100 millas del Run Rabbit Run, en las montañas de Colorado, donde reparten hasta 50 mil dólares en premios. Se perdió.

Silvino y Arnulfo son familiares, pertenecen al clan de los Quimare y para visitarse en las Barrancas del Cobre necesitan recorrer a pie unos 30 minutos. Son los vecinos más cercanos entre sí y sólo bajan al pueblo a partir del mes de diciembre, “cuando el frío mata a las personas”, comenta Silvino.

El difícil acceso a las Barrancas del Cobre fue la causa por la que los rarámuris sobrevivieron como raza, desde los tiempos en que Hernán Cortés llegó al nuevo continente con la ambición y las armas al aire.

También -cuentan- fue escondite del indio Jerónimo y por esos rumbos Pancho Villa se hizo invisible ante los 10 mil hombres del general Pershing.

Al igual que otros indígenas americanos, los rarámuris sufrieron agresión de los conquistadores españoles, así como de los vecinos apaches, los mestizos y la sociedad mexicana. Actualmente existen unos 50 mil tarahumaras diseminados en toda la sierra, quienes luchan contra el hambre, el frío, las enfermedades y la desnutrición infantil.

—JC Vargas

Apuesta entre Dios y el Diablo

“Un día Dios y su hermano mayor, el Diablo, estaban sentados juntos hablando y decidieron ver quién podía crear seres humanos. Dios tomó barro puro mientras que el Diablo mezcló su barro con cenizas blancas y empezaron a formar algunas figurillas. Cuando los muñecos estuvieron listos, los quemaron para que endurecieran.

 Las figuras de Dios eran más oscuras que las del Diablo. Eran los rarámuris, mientras que los del Diablo eran chabochis (mestizos).

Entonces decidieron ver quién podía dar vida a las figuras. Dios sopló su aliento y sus muñecos tuvieron vida. Pero el Diablo, a pesar de soplar, no tuvo éxito. Se volvió hacia Dios y le preguntó: “¿Cómo hiciste eso?”, de manera que Dios le enseñó al Diablo cómo darles almas a sus creaciones.

Una vez que los rarámuris y los chabochis estaban vivos, Dios y el Diablo organizaron una carrera a pie entre ellos. Ambos lados colocaron sus apuestas, que incluían dinero al igual que mercancías, y las acumularon en la línea de partida, que también marcaba la meta. La distancia de la carrera se estableció –una corta distancia de aproximadamente diez kilómetros– y los dos equipos de corredores partieron. A pesar de que la carrera estuvo peleada, los corredores chabochis llegaron antes al lugar de las apuestas, de manera que tomaron las ganancias y se fueron. Dios estaba bastante enojado con los rarámuris porque perdieron. De ahí en adelante, les dijo: serían pobres mientras que los chabochis serían ricos y, mientras los chabochis podrían pagar a sus trabajadores, los rarámuris tendrían solamente tesgüino para darle a la gente que los ayudara”.

—Narración entre los pueblos tarahumaras