‘El boxeo tiene múltiples lecturas’, dice Hilario Peña
El escritor mazatleco publicó recientemente “Juan Tres Dieciséis”, novela policiaca ubicada en Tijuana e inmersa en el mundo del pugilismo

CIUDAD DE MÉXICO, 7 de octubre.- El boxeador de esta historia, un católico fanático, principal sospechoso de asesinar a su novia, está escondido en un refugio secreto. Aunque se dice inocente, no se entrega a las autoridades, podridas de corrupción, ni solicita los servicios de un abogado. Confinado, escribe en un cuaderno un extenso relato sobre su vida y sus delirios teológicos. El caso y el manuscrito le llegan a Malasuerte, un detective de la fronteriza Tijuana, creación del escritor mazatleco Hilario Peña (1979). Malasuerte funge como narrador de un relato vertiginoso y como lector del pugilista Juan Tres Dieciséis (así se llama y así se titula esta novela), cuyo nombre surgió de ese versículo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Novela policiaca y boxeo, dos temas para gustos refinados, son el contenido neto de esta novela. Hilario Peña combina en ella tensión y humor, misterio y aventura.
“Creo que la escribí en un género que a mí me parecía novedoso en el sentido que se relacionaba con el tema del boxeo”, señala Peña vía telefónica desde Tijuana, donde reside; “entonces para mí fue como un maridaje interesante: una novela policiaca con el realismo propio de un relato del boxeador Juan Tres Dieciséis.
Pude echar mano de las convenciones de un género tan difícil para mí como el policiaco y al mismo tiempo encontrar una historia, pero ayudándome del hecho de que es algo muy ameno para leer. Cuando uno avanza quiere descubrir el misterio detrás de un asesinato”, refiere.
Juan Tres Dieciséis es dos novelas en una (la narración de Malasuerte y el texto de alguna manera profiláctico del boxeador). Exhibe los resortes más absurdos del crimen aderezados con la política y sociedad tijuanenses.
Las letras y los golpes
México ha sido un productor permanente de grandísimos pugilistas, tierra de campeones e incluso de campeones sin corona, pero, cosa rara, la literatura en torno al boxeo no abunda.
Hay desde luego ejemplos notables como “Las glorias del gran Púas”, de Ricardo Garibay, “¡Pelearán diez rounds!”, de Vicente Leñero, o “Muerte en el ring”, de Fernando Medina Ruiz, o algunas piezas de Ramón Márquez y Alejandro Toledo. Hilario Peña se suma a esa lista que en Estados Unidos, por ejemplo, tiene muy destacados exponentes.
“El de Garibay, que es crónica, es mi favorito. Pero hay un relato que es muy oscuro y poco conocido. Se llama “His Brother’s Keeper” que escribió Dashiell Hammett y es un pequeño relato muy bueno, probablemente eso me hizo escribir “Juan Tres Dieciséis”. Se me ocurre Por un bistec, de Jack London, pero el de Hammett quizás es el mejor, de calidad comprobada”.
Además de Hammett, la raíz de esta obra de Peña está en ciertos ambientes que le han sido cotidianos: gimnasios y rings próximos.
“Vengo de una tierra de grandes boxeadores, cuna de leyendas como Julio César Chávez, para empezar, y me acuerdo también de otros locales. Recuerdo haber ido a unas peleas del “Cachetes” Angulo o el “Chango” Peña o el “Chino” Lizárraga. Más que nada recuerdo sus peleas porque de niño acompañaba a mi papá al club deportivo y mi abuelo era boxeador y juez de boxeo, entonces había esa afición en la familia. Tengo el aroma de los gimnasios, de donde se llevaban a cabo estos pleitos, y eso como que me regresa al terruño”, indica.
Peña de alguna manera se basó, en el mejor sentido, en uno de los lugares comunes más recurrentes del boxeo: la vida es como un inmenso ring… y arriba de él, el hombre se proyecta como una bestia contradictoria.
“Decidí escribir acerca de algo que me hiciera sentir muy bien como el boxeo, al que veo como una metáfora perfecta acerca de la vida en la medida que este deporte puede ser capaz de mostrarnos actos muy bellos y a la vez muy crueles. Y creo que eso ocurre con el ser humano, que es capaz de cometer actos terriblemente crueles y cosas muy conmovedoras. Creo que esa dualidad está tanto en el boxeo como en la vida, por eso me pareció pertinente escribir una novela que estuviera insertada en el boxeo”, señala, convencido de que los poderes de seducción de los grandes combates.
Competencia sin reservas
“El boxeo tiene o se presta para múltiples lecturas de un mismo encuentro. Cuántas veces no hemos visto Ali-Frazier, o Ali. Foreman, o Carlos Monzón contra Mantequilla Nápoles, todas estas peleas clásicas”, señala. “Creo que no ocurre lo mismo con un partido de futbol. Cuántas veces puedes ver un Chivas-Pumas. No digo que un deporte sea mejor que otro, pero una sola reyerta lleva al límite a estos atletas en cuanto a valentía, cansancio, garra. A veces incluso se presentan momentos de cobardía. Por ejemplo, Víctor Ortiz, que a veces da la espalda en un combate. Eso nos muestra un gran panorama de reacciones del ser humano puesto en situaciones límite. A la hora de competir no suele haber reservas”.
Llegado a este punto, se diría que los golpes que se intercambian sobre una lona hablan no sólo de boxeo, sino de la sociedad. El subdesarrollo pactado en determinado número de asaltos. En ese sentido, Peña dice que no quiso escribir una novela clásica de asesinos y de un personaje que alcanza el éxito gracias a sus sacrificios.
Por el contrario, Peña ve en el peleador que se inventó a un hombre de los que pueblan el “paisaje del boxeo”.
A ello obedece la dedicatoria, a la vez una suerte de epígrafe de la novela: “Beautiful losers como Glen Johnson, Jim Thomson y Manuel Changuito Vargas aportaron la carne con la que construí a Juan Tres Dieciséis”.
La dignidad de la derrota
Si el boxeo es una actividad para bestias pura sangre, Glen Johnson y Manuel Changuito Vargas son dos ejemplares de raza, y si la literatura tiene un cruel apartado para aquellos escritores a los que el éxito nunca tocó a su puerta, Jim Thomson es un caso. Son tres hombres, señala Peña, que en la derrota perdían elocuentemente.
Al Changuito Vargas siempre le tocaban rivales mucho más pesados que él. Él, siendo un minimosca natural, peleaba con supergallos como Nonito Donaire, que yo creo que ya está por encima del peso supergallo y ya es pluma. Se me hizo muy interesante cómo estos hombres se entregan a una derrota segura, pero siempre con toda la pasión. Igual tengo esta anécdota de Jim Thomson en su lecho de muerte diciéndole a su esposa: ‘Sabes qué. Viví jodido, morí jodido, pero por favor no vayas a tirar mis manuscritos, porque te aseguro en diez años esto va a valer’. Y Glenn Johnson, que a sus 45 años peleó con un chavito. Obviamente regresó al boxeo por el puro billete, pero dio una gran pelea, le ganó a ese joven prospecto y le robaron. Me acuerdo que estaba sentado con los comentaristas de la pelea con los hombros caídos, diciendo: ‘¿Por qué a mí? ¡Necesito que sean justos conmigo!’ Cuando hice la dedicatoria decidí poner a esos personajes que de alguna manera me inspiraron a escribir a Juan Tres Dieciséis”. Acaso una novela ganadora, surgida de la derrota de otros.
Al final queda la certeza de Borges: La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce.
ald
EL EDITOR RECOMIENDA



