RÍO DE JANEIRO.- Entró en su casa como cuando en aquellas tardes todo el público lo ovacionaba. Arthur Antunes Coimbra Zico (Río de Janeiro, 1953) festejó los 64 años del Maracaná en sus entrañas. Zico es quien más veces anotó en este estadio: 333 goles en los 18 años que ató su corazón al Flamengo.

Curiosamente, el primer partido jugado en el Estadio Maracaná fue el de la inauguración de Brasil 1950 ante México. Una edición más se dará hoy, pero en Fortaleza, cuando ambas selecciones se vean las caras.

Zico, que siempre fue un imprevisible mediocampista lleno de talento y magia habla de futbol. Sus sentencias son totales. Después de Pelé, y con el permiso de Sócrates, es el mejor 10 que ha tenido Brasil. Cerca de él se quedaron Raí y Kaká; hoy en día Oscar quiere emularlo.

¿Le parece que un Brasil-México es tradicional en Copas del Mundo?

Sí, pero no tanto por lo futbolístico. Creo que es más bien una relación de hermanos, de países que se quieren mucho. Acá no olvidamos la hospitalidad en 1970 y también lo que vivimos en 1986.

El punto es que Brasil siempre ha vencido a México en Mundiales.

Es cierto. El Mundial es otra cosa. Recuerdo que México ganó la Copa Confederaciones en 1999 y los Juegos Olímpicos; está muy bien, pero la Copa del Mundo vale más y es diferente. Es difícil que saquen el resultado.

Las estadísticas son demoledoras. Tres juegos perdidos en Mundiales y ni un tanto a favor de México por 11 en contra ¿Cree que tiene posibilidades esta vez?

Lo veo complicado. Puede que anoten un gol, porque traen a buenos delanteros, son rápidos y no cabe duda que saben hacerlo. El problema es que aunque Brasil venga un tanto flojo, en casa se convierte en una fiera.

¿Le llega algún recuerdo de México 86?

Sí, claro, hablar de México me llena de una sonrisa. Es un país hermoso, pero en mi mente queda aquel partido contra Francia, el penal que fallo. Pudo haber cambiado todo. Creo que después de eso las críticas fueron muy duras para mí y no me pude sobreponer del todo.

¿Lo culparon a usted, aunque apenas jugó unos minutos de ese Mundial?

Sí, hubo mucha presión sobre mí. Recuerda que veníamos de España 82, todos querían el juego bonito de Telé Santana y por momentos se hizo. Jugué poco porque me lesionó Marcio Nunes, un defensa del Bangú, y tuve que recuperarme. No sabes cuánto lloré, la rehabilitación fue lo más doloroso que me ha pasado, porque yo sólo quería jugar el Mundial de México. Después vino el penal. Ya en la tanda definitiva anoté, pero quedó la huella de que tuve la culpa en aquella derrota.

¿Ese penal lo persigue?

Lo hizo por muchos años, ahora ya no. El futbol tiene que seguir y uno debe soltarlo, si no, terminas mal. Uno entiende con los años que el juego es de humanos y no puedes llevarte eso a la tumba.

Oiga, pero esa tarde también fallaron Sócrates y Michel Platini.

Su mala noche también debieron pasar; bueno, Platini no, porque jugó los cuartos de final, (risas) Lo demás es lo mismo, hay que aprender a cargar con esas piedras.

¿Considera que el juego bonito ha desaparecido de las canchas?

No totalmente, son diferentes formas ahora de entenderlo. Antes era más pausado el juego y lo espectacular era la arrancada. Nosotros empezábamos de cero, éramos como un motor de un auto deportivo. En el momento que queríamos acelerábamos, pero el secreto fueron muchas horas de entrenamiento, una locura. Lo más difícil en el futbol es ser preciso y con la velocidad que se juega ahora se duplica esa complicación.

¿Y el jugador denominado 10, el que piensa en la cancha?

Vuelvo a lo mismo, se necesita estar con el balón en calma para pensar. Vale más la agilidad mental que la de las piernas, pero se tiene que estar de frente a la portería, no en la banda ni acompañado de los medios de contención, sino en libertad. Sí creo que el 10 se ha modificado, pero siguen existiendo jugadores exquisitos.

¿Usted dónde aprendió a jugar así?

En el barrio. Me gustaba mucho ser astuto con la pelota, era como una forma de bailar. La verdad que no tenía nada de especial, era hijo de un panadero y de un ama de casa, pero me dejaron ser feliz con la pelota. Mi padre me conminaba a hacer fintas, pero en el futbol real esas deben tener un fin y el mío era el gol, me encantaba el gol. Mi zona era el medio campo porque podía ver perfectamente con espacio la portería, pero tenía la parsimonia para pensar en la cancha lo que quería hacer en un juego.