CIUDAD DE MÉXICO, 29 de mayo.- Era más que un partido de despedida. Cuauhtémoc Blanco tomó color y forma por última vez como seleccionado nacional. En la tarde de ayer en el Centro de Alto Rendimiento, el consejo que les dejó a los que van a Brasil 2014 es que nunca dejaran de correr, porque siempre que el futbolista advierte que está entero físicamente, intimida al rival. Es uno de los preceptos con los que se enfila al fin de su carrera y comenzará su proceso de director técnico. 

A los 41 años ya no existen contratiempos para Cuauhtémoc Blanco, y todo el mundo le regala arrumacos y caricias. Llegó como siempre fue su estilo, sentado hasta atrás en el camión y con las cortinas abiertas, para ver a la gente y el entorno.

Salió como capitán y jugó 38 minutos. El futbol siempre fue su motivo de supervivencia. Por paradójico que resulte en un equipo premundialista que por primera vez juega junto con una alineación especial por el partido de homenaje, fue el mejor en el campo. Se vio al Cuauhtémoc intenso, parlanchín, exigente en el pase y al movimiento del compañero, fauleado y al que le encantaba presionar al árbitro.

El estadio coreó su nombre hasta tres veces por puro instinto, sin necesidad de que el sonido local lo requiriera. Es el Temo del barrio, de la gente, “nuestro Cuau, pedote y todo, como sea lo queremos”, dijo Javier Aguirre en 2010.

Se fue sin hacer gol ante Israel, porque apenas pudo mandar un disparo por encima del horizontal y salió entre aplausos y reconocimiento. Rafael Márquez, con quien se enfrentó alguna vez, le dio el botín de oro por parte de la Femexfut y el estadio vibró con la repetición de sus goles.

Dio la vuelta olímpica junto a sus familiares que siempre lo han reconocido como un chillón empedernido. Su madre, Hortensia, dijo de él una vez: “en las fiestas de Navidad nunca para de llorar”. También le acompañaron amigos como Ángel la
Coca González, quien lo descubrió en Tlatilco, y su representante José Manuel Sanz.

Seguro que al volver al vestuario una fina película de lágrimas cubrió su rostro, ese que volvió a ser la alegría del Tri.