CIUDAD DE MÉXICO, 3 de marzo.- Veinte años después de que la firma del Tratado Norteamericano de Libre Comercio (TLCAN) hiciera creer en un proceso integracionista, los tres países de la región parecen embarcados en una ruta de relaciones bilaterales que son trilaterales sólo cuando les conviene.

Para algunos, es un reflejo de una nueva realidad en la que se está en el umbral de nuevos interesantes avances basados en parte en factores externos, como las negociaciones del Pacto TransPacífico (TTP) en que el gobierno del presidente Barack Obama ha puesto tanto capital político.

Para otros es la consecuencia de la falta de entusiasmo real de los gobiernos componentes y por tanto la idea de una Norteamérica integrada está literalmente comatosa.

Un reporte del Wilson Center de Washington definió la situación de los tres países como una en la que hay cada vez mayores vinculaciones, producción compartida y sin embargo son “Norteamérica cuando es posible, pero posiblemente no siempre Norteamérica”.

De hecho el documento subrayó que la mayoría de los temas “norteamericanos” son ahora resueltos básicamente en ámbitos bilaterales.

Y peor aún, que aunque la región está entre los principales bloques comerciales del mundo, lo es en cierta forma por inercia...

Los tres países del continente norteamericano han tenido vínculos por largo tiempo, antes de la intencionalidad de unirlos en un acuerdo comercial. Pero después de 1994, el proceso creció de tal forma que las cadenas de aprovisionamiento o de fabricación de mercancías abarcan a los tres países.

El TLCAN, o Norteamérica si se le quiere decir así, suma una población de 470 millones de personas con un Producto Nacional Bruto conjunto de 19.2 millones de millones de dólares. Cierto que 15.5 millones de millones de dólares y 300 millones de ciudadanos corresponden a Estados Unidos, lo que evidentemente los hacen la fuerza dominante en el acuerdo y que sus actitudes definen en gran medida la suerte del acuerdo tripartita.

Y en ese sentido algunos analistas denuncian una creciente indiferencia, sobre todo de parte del gobierno Obama.

Paralelamente, el debate sobre los efectos del TLC persiste en las tres naciones, aunque en gran medida con los mismos actores y argumentos poco diferenciados que los de hace ya 20 años. El NAFTA (siglas del TLCAN en inglés) sigue siendo una mala palabra para sectores liberales y nacionalistas estadunidenses.

La falta de entusiasmo se ha reflejado en las relaciones regionales: los encuentros entre líderes que a principios de los años dos mil eran anuales sufrieron el embate de gobiernos menos entusiastas o de crecientes preocupaciones domésticas.

El ascenso de Stephen Harper en Canadá y de Felipe Calderón en México (2006), así como de Barack Obama en Estados Unidos (2008), marcó la llegada de tres políticos con más preocupaciones domésticas o en sus relaciones bilaterales que en la idea de una región integrada que al mismo tiempo parecía marchar sin mayor necesidad de atención.

De  acuerdo con el Wilson Center, habría que recordar que los gobiernos federales no están siempre al frente de los procesos. Gobiernos estatales y municipales, empresas privadas y organizaciones de sociedad civil o grupos académicos tienen sus propios esfuerzos en marcha, aunque no de forma coordinada ni por intereses comunes.

La realidad, de acuerdo con el texto del Wilson Center, es que en términos económicos América del Norte es una de las regiones más fuertes del mundo, pero una “que carece del nivel de confianza y cooperación necesarios para alcanzar su completo potencial y llenar las aspiraciones de su población”.

Esa inercia fue evidente en la reciente “Cumbre de Líderes  de América del Norte”.

Por un lado hubo críticas previas por el evidente desinterés del Premier Harper; la falta de tiempo y la indiferencia de Obama hacia una política que no inició él, y la duda estaba en el impulso que pudiera darle el presidente Peña Nieto.

Y sin embargo, el que se haya realizado marcó un hecho importante, sobre todo luego de que se han realizado de forma intermitente en los últimos años: para fines de la primera década del siglo 21, lo que en un momento se conocía como la reunión de “los tres amigos” dejó de ocurrir en 2010, 2011 y en 2013. El encuentro de 2012 en Washington terminó con irritaciones personales entre Harper, Obama y Calderón.

Importante, sin embargo, que pese a gestos de indiferencia o desatención en la cumbre trilateral, que se destacó más bien por los encuentros bilaterales, Harper, Obama y Peña Nieto se esforzaron por mostrar además un rostro de cordialidad en su encuentro del 19 de febrero, en Toluca.

Para algunos, como el embajador retirado mexicano Andrés Rozental, en ese encuentro hubo puntos importantes y la “cumbre” resultó en una serie de nuevos compromisos, bilaterales o trilaterales, “que pueden reenergizar parcialmente la idea norteamericana”.

Entre ellos, un plan de transportación regional que incluiría procedimientos aduanales armonizados y un acuerdo para la exploración conjunta de oportunidades en el sector energético.

En respuestas a preguntas escritas del grupo “Diálogo Interamericano” y publicadas en su boletín diario Latin America Advisor, Arturo Sarukhán, exembajador de México en Washington, hizo notar que tanto el PTT como el tema energético son muy prometedores para el futuro regional.

Para otros, sin embargo, el optimismo debe ser como mínimo temperado.

Norteamérica, o al menos la idea de un proyecto audaz de integración, “puede ser declarada oficialmente en muerte cerebral y vida artificial”, ironizó Carlo Dade, director del Centro para Comercio y Política de Inversión de la Fundación Canada West.

La realidad por un lado es que desde fuera, América del Norte es uno de los grandes bloques comerciales del mundo. Desde dentro, pese a sus contribuciones a la economía y la realidad de una integración que avanza a pesar de todo, “es tiempo para una agenda mas ambiciosa”, comentó Peter Hakim, del grupo Diálogo Interamericano.

Lo que se necesita, agregó Sarukhán, es que los tres países “hagan un pivote hacia Norteamérica”.

La falta de énfasis en la coordinación trilateral y el que los Estados Unidos se concentren tanto en la relación con Asia, mientras México mantiene su irritación con el gobierno Harper por la imposición de visas a viajeros mexicanos, y Canadá se molesta con Estados Unidos por su demora en torno al oleoducto “Keystone”, subrayan a su vez el carácter bilateral de la relación trilateral.

Para Dade, uno de los puntos más esperanzadores es que la creciente interrelación tiene interés e impacto a niveles locales y regionales en Canadá occidental y el oeste de Estados Unidos, así como el norte de México. “Rescatar Norteamérica del estado de coma podría no depender de Ottawa, Washington o México D-F.”, precisó

Christopher Wilson, coordinador del reporte del Wilson Center, hizo notar en todo caso que “hay un interesante caso de que, en el largo plazo, la seguridad y la prosperidad de cada integrante de Norteamérica depende en gran medida de la seguridad y prosperidad de sus vecinos.

“Y por tanto –subrayó en sus conclusiones– está la apremiante necesidad de una visión estratégica para Norteamérica”.

Pero sin ella, las formulaciones bilaterales “amenazan divergir y lentamente deshacer lo que la geografía y el TLCAN unieron”.