CIUDAD DE MÉXICO, 4 de febrero.- La hermana Madonna Buder, en 1977, tomó ese par de tenis de segunda mano y los shorts gastados, de una montaña de ropa donada para la gente desprotegida. Una acción que causó extrañeza en las otras monjas de la Religión Católica Romana de Spokane, Washington, quienes criticaron no sólo que la religiosa de 47 años de edad tomara unos trapos viejos... ¡sino que comenzara a correr y entrenar en bicicleta!

Madonna Buder inició su rebeldía desde que dejó su residencia familiar, a los 23 años de edad, para retirarse a un convento en San Luis Missouri. Hija de una familia acomodada, competidora ecuestre y joven actriz, Madonna decidió renunciar a la fortuna terrenal para dedicarse a la caridad y a las visitas a enfermos de pocos recursos.

Sin embargo, algo no le pareció en la primera congregación católica que encontró, pues a los 40 años de edad se reunió con 38 misioneras de diferentes congregaciones para establecer una comunidad de hermanas no tradicional. Una comunidad cristiana no canónica e independiente de la autoridad de la iglesia católica romana, la cual tiene libertad de escoger su propio ministerio y estilo de vida.

Y vaya que la hermana Buder cambió su estilo de vida. En su autobiografía The grace to race la llamada Monja de Hierro narra cómo es que un día platicaba con el padre John, en la iglesia de Spokane, sobre los dones que otorga el Creador a sus hijos y la manera de utilizarlos sin ofenderlo. Ella acostumbraba visitar a las familias necesitadas y tenía que recorrer varios kilómetros cada día, entonces se hizo común para la religiosa trotar o viajar en bicicleta para llegar más rápido a su destino.

En eso estaba pensando la hermana Madonna cuando un día llegó una pila de ropa donada para la gente pobre en la comunidad de Spokane. Recordaba que Dios le había dado un par de piernas fuertes y ágiles para moverse con facilidad y, aunque sabía que iba a ser muy criticada por la sociedad, Madonna Buder tomó el par de tenis y de inmediato comenzó a usarlos.

Tenía 48 años cuando dio sus primeras zancadas pensando en competir, a los 52 realizó su primer triatlón
y, a los 55 (en 1985) se convirtió en la única monja en completar un ironman. Para aquellos que no están familiarizados con este tipo de pruebas deportivas, un triatlón olímpico consiste en nadar mil 500 metros, pedalear 40 kilómetros y cerrar con una carrera pedestre de 10 kilómetros. Ahora el ironman, cuya mejor marca para la Monja de Hierro es de 13:16.34 horas, consiste en nadar 3.8 kilómetros, viajar en bici 180 kilómetros y concluir con un maratón (42.195 kilómetros). Madonna Buder consiguió dicha marca en el ironman de Canadá en 1992, a los 62 años de edad.

Ahora, a sus 84 años de edad, la hermana Buder se ha acostumbrado a lo bueno y malo de ser la Iron nun. Tiene en su bitácora 325 triatlones, incluyendo 45 ironman, su fama deportiva ha ayudado para que llegue más apoyo material para su comunidad y su participación en este tipo de competencias ha obligado a que se abran categorías antes no imaginadas. Hoy, gracias a su tenacidad, existe la categoría para mujeres mayores a los 80 años de edad. Con lo que ha tenido que lidiar es que muchas personas de la orden religiosa han cuestionado su fe al verla viajar por todo el mundo para competir con ropa deportiva y una bicicleta Cannondale.

Ella se prepara para las competencias de 2014, aunque no tiene tiempo de entrenar como lo hacen los atletas profesionales. Su manera de tener condición física es asistir a misa en bicicleta o correr rumbo a las comunidades necesitadas. Dice que Dios es su entrenador, además de que milagrosamente le ha sanado un sinnúmero de huesos rotos en quijada, costillas, brazos y cadera. El ser monja no la excluye de sufrir caídas en bicicleta en varias competencias. El límite para terminar un ironman es de 17 horas. La hermana Buder ha llegado, en ocasiones, a un minuto de que se apaguen las luces. Ella contesta que es simplemente cuestión de actitud. “Intento mantener la mente ocupada, especialmente durante las últimas horas, cuando el estómago no admite ningún alimento y el cansancio es tal que comienzas a vislumbrar el camino de la muerte”.

Una bici Trek para el cura Baker

Thomas Baker es un sacerdote californiano que utiliza rosarios y mantras cada vez que deja su iglesia del Sagrado Corazón de Lancaster, para sumirse en la agotadora prueba del ironman. Thomas, de 55 años de edad, puede presumir de ser cura y, como tal, haber cumplido el sueño de terminar el ironman de Kona,Hawai, con un tiempo de 13:33.36 horas, el 13 de octubre de 2012.

Thomas comenzó, a los 26 años de edad, a participar en triatlones en los Estados Unidos, cuando era seminarista en la iglesia de San Juan, en Camarillo. Sin embargo, desde la preparatoria se destacó por haber jugado futbol americano, beisbol y baloncesto. Una lesión en una rodilla lo orilló a nadar y andar en bicicleta para ejercitar la parte lesionada.

Su afición por el triatlón comenzó antes de su orden sacerdotal (1989), aunque dejó de participar durante los próximos 10 años para enfocarse a su actividad pastoral. No obstante, el reverendo Baker decidió volver al triatlón en 1999, cuando llegó a ser pastor de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en Los Ángeles.

Su clasificación para el ironman de Hawaii causó gran entusiasmo entre sus feligreses, quienes realizaron una comida hawaiana como colecta para que Thomas realizara el viaje a Kona y cumpliera los 3.8 kilómetros de nado, 180 kilómetros de bicicleta y los maratónicos 42.195 metros pedestres.

La sorpresa que le esperaba al sacerdote californiano, en la comida, fue que recibió de regalo parroquial una bicicleta de marca Trek, especial para triatlón, hecha a base de fibra de carbono.

De dicha aventura ya pasaron dos años, Thomas Baker suma 13 competencias y muchos feligreses han comenzado a entrenar inspirados en su guía espiritual. Uno de ellos ya participó en el ironman de Arizona. Clérigos y personal administrativo de la parroquia también aprovechan sus descansos para ponerse ropa deportiva y hacer algo de acondicionamiento físico.

Dice el padre Baker que existe una gran unión entre el cuerpo y el espíritu. Que hay tantas semejanzas sobre disciplina y fortaleza que él utiliza dichos temas en sus homilías y reflexiones.