El día que Uruguay se escapó con la Copa

Alcides Ghiggia, único sobreviviente del maracanazo, recuerda el suceso para Excélsior. “Sólo tres personas han callado al Maracaná: Juan Pablo Segundo, Frank Sinatra y yo”.

Ver galería
Ver galería
Ver galería
Ver galería
Ver galería
Ver galería

CIUDAD DE MÉXICO, 26 de junio.- El túnel del Estadio Maracaná es una gruta subterránea que vivió una de las historias más espléndidas del futbol. Por ahí escaparon los uruguayos que se llevaron la Copa Jules Rimet bajo el brazo y provocaron la cirrosis de Brasil, embriagado de éxito antes de tiempo. Confiados en que ese día alzarían el título del Mundial de 1950, del que eran anfitriones, el carnaval se convirtió en velorio. Sucedió el 16 de julio de 1950, en la final de la Copa del Mundo, un evento para el que los brasileños construyeron el estadio más monumental de todos los tiempos.

La entrada oficial al Estadio Maracaná fue de 199 mil 854 espectadores desorbitados que sabían que el empate era suficiente para levantar la copa mundial. Un gol  (el 1-0) de Friaça los puso aún más eufóricos. No contaban con Alcides Ghiggia, (Montevideo, 1926), igual de rápido como una liebre y la gran amenaza que jamás pudo detener el defensa Bigode, quien observó primero el gol de Juan Schiaffino y luego el tanto del triunfo del propio Ghiggia, por el que todo un país enterró a un portero llamado Moacir Barbosa. Esa final perdida se conoce como el maracanazo.

Aunque en otro escenario, el Estadio Mineirao de Belo Horizonte, a 63 años de aquella victoría charrúa, 2-1 en el Maracaná, los brasileños hoy pueden tomar revancha ante Uruguay en las semifinales de la Copa Confederaciones 2013.

Alcides Ghiggia, único sobreviviente de ese equipo charrúa, levanta el teléfono para atender a Excélsior en una tarde plácida en su casa de retiro, a unos 24 kilómetros de Montevideo.

A los 86 años tiene pulso para la plática y una memoria envidiable. Dice que su primer objetivo lo logró al ganarle en la carrera a un perro.

“A los 14 años entrenaba con los perros de mi padre, que era aficionado al turismo de caza. Tenía gran cariño por un setter llamado Dick que, echado en una esquina, lo llamaba y salía corriendo detrás mío hasta forzarme para ganarle. De esa forma agarré la velocidad que me ayudó para anotarle a Brasil.”

Ese gol echó a perder la fiesta en el Maracaná, pero fue muy parecido al primero que hicieron.

Desde Peñarol hacía lo mismo. Desbordaba por la punta y metía el centro hacía atrás. Así puse el pase a Schiaffino, que venía de frente al arco. En la otra jugada, Barbosa pensó que haría lo mismo y se abrió un poco al centro, dejando el poste descubierto. Fue cuestión de segundos.

¿Tuvo Barbosa culpa alguna?

No, hizo lo lógico. Ya había pasado una vez y trató de adelantarse, es normal. En el futbol siempre nos dijeron que un equipo no pierde por la culpa de un jugador, sino de todos. A Bigode, que no pudo detenerme, no le dijeron nada.

¿Volvió a ver a Barbosa?

Sí, en Río de Janeiro, algunos años después. Fue una casualidad encontrarlo y yo me seguía preguntando por qué le echaban la culpa. Conversamos de pie un rato y lo único que le dije es que no se sintiera más mal, la gente sólo quería un culpable.

¿Regresó a Río sin problemas, no sucedió eso de que los querían matar y los resguardaron en una caseta policíaca durante varias horas después del juego?

No hubo nada de eso. El partido fue el 16 de julio; pasó que al día siguiente no nos podíamos regresar a Uruguay porque en el avión no había cupo para todos. El gobierno de mi país mandó unos de la compañía Plura hasta el 18 de julio. Incluso caminamos por el centro de Río para comprar recuerdos vestidos con ropa de la selección uruguaya, y nos felicitaban.

debieron ser una o dos felicitaciones...

Pues sí, pero no había mala intención como ahora. Recuerdo que en Río de Janeiro la gente era muy amable. Nunca me insultaron ni amenazaron.

¿Qué tenía esa selección uruguaya que no la impresionaba Brasil?

No nos interesaba la gente que había. Claro que era impresionante, pero no hacían nada, sólo gritaban. Quedaban 11 minutos, que se nos hicieron eternos, pero nos dimos cuenta que tampoco nos podían empatar, porque se quedaron fríos. La gente se calló, fue un silenció espeso. ¿Sabe que sólo hay tres personas que han callado al Maracaná? El Papa Juan Pablo II, Frank Sinatra y yo, con mi gol. Con los años volví varias veces, pero jamás lo encontré lleno como esa vez.

Otro mito, el del Negro Obdulio Varela. Se dice que tras el gol de Brasil, tomó la pelota y le dijo a ustedes: “¡Es hora de jugar”.

No recuerdo eso. Puede que lo haya dicho. Lo que sí es que reclamó al árbitro el gol de Friaça, porque el abanderado había levantado la mano, pero al ver la jugada la bajó. Yo estaba hasta el otro lado, y pensé: “Qué reclama El Negro, si el juez es inglés y no se entienden”. Lo que debo reconocer es que Varela nos conminó a salir al mismo tiempo que Brasil, entonces desde el principio sentimos que la ovación fue para nosotros.

¿Cómo contuvieron a Brasil?

No falló la táctica de ahogarlos en el medio campo. Tenían un equipo que jugaba lindo, goleaban en todos sus partidos, éramos víctimas a los ojos del mundo, pero teníamos una gran confianza. Creo que agradecimos a Dios, porque también hubo algo divino. En el futbol las cosas pasan por algo, pero siempre hay hechos que intervienen en los partidos.

¿Qué pensó cuando se enteró de los suicidios por el maracanazo?

Una fuerte tristeza. ¡Cómo comprender que mucha gente por un partido de futbol se había suicidado! Cuando acabó el juego, nosotros nos abrazamos y miraba en las tribunas a la gente llorando sin consuelo, porque son muy fanáticos. Sentí una gran pena por ellos. Mi gol marcó a toda una nación.

El regreso a Uruguay es algo que debe recordar con cariño.

Nunca pensé que en Montevideo hubiera tanta gente. Cuando los vi en la calle era como si toda tu familia dejara las puertas abiertas de la casa sólo para recibirte. Fueron inolvidables los ríos de personas porque en mi país, demográficamente, todos son futboleros.

Pero usted también jugó para la selección de Italia, dos años...

Sí, además de hacer una carrera larga en el Calcio con la Roma y el Milán, con la selección jugué cinco partidos e hice un gol. Mi abuelo paterno era italiano y me enrolé con ellos sin problema por eso. Nos decían los “oriundos”. Sin embargo, el sentimiento era distinto. En Uruguay se sufre mucho por conseguir el privilegio de defender la celeste.

Nunca jugó contra México, ¿pero qué le parecía la selección?

Nos llegaron las noticias de que habían sido goleados por los brasileños 4-0 en el inicio del Mundial de 1950. México tenía fama de asistir siempre a los Mundiales, pero perdía mucho; era algo que no me cabía en la mente, porque siempre pensé, desde esos tiempos, que era un equipo para dar mucho más.

Temas: