Luto en el periodismo, fallece Alfonso López
El cronista taurino de Excélsior dejó de existir en las primeras horas del viernes
CIUDAD DE MÉXICO, 11 de mayo.- Era la época del papel revolución, de las máquinas Remington, del olor a tinta, de los dedos manchados periódicamente con el azul y a veces escarlata de la cinta de las máquinas de escribir, de la sinfonía metálica en cascada de los linotipos, del extraordinario proceso de ingeniería, combinación de teclas y palancas, que formaban las palabras invertidas en las ardientes barras de plomo y estaño fundidos, de los lingotes que se ordenaban en la caja y de ahí al ramal a la prueba de agua, el rodillo entintado resbalando en la hoja húmeda sobre los caracteres en relieve, en la que el corrector o el redactor de guardia se esmeraban en conservar, hasta el último momento, a las dos o tres de la mañana, la idea fiel del periodista.
Aquella era la modernidad de Excélsior en la que Alfonso López Barrenquy era el corrector de deportes y, poco después, de la página editorial. Llegaba, desaparecía, regresaba entrada la noche, en atenta labor nocturna. Siempre al pie del cañón.
Su figura delgada, el rostro afilado, como un Quijote con pluma en ristre; apenas unas cuantas palabras, siempre concentrado y cargado de energía como si fuese a dar uno de sus poderosos golpes de revés que lo hicieron famoso en México, en Francia, en España, o acaso, en la imaginaria taurina, en el redondel, en un auténtico pase de pecho ejecutado con hondura y prosapia con la izquierda.
De alguna manera escribió, puliendo, dando claridad y exactitud a la prosa, con el nombre de todos nosotros. Se formó y colaboró desde aquella época del vate Campos Díaz, de don Lázaro Montes que ilustraba con la columna Gramatiquerías; tiempos de la mordacidad e ironía de Raúl Prieto, Nikito Nipongo, con sus Perlas Japonesas.
La vida y el corazón de Alfonso López Barrenquy se dividieron en el frontón, en la fiesta brava y en Excélsior. Si algo lo distinguió en los tres campos fue la seguridad y la honestidad que supo comunicar y reflejar como profesional. Fue hombre de entrega que trabajó con pasión; una persona de espíritu afable, atento, cortés, todo un caballero; un gran ser humano. Su presencia, en armonía con el ritmo del periódico, era de siempre.
En los 50 brilló como deportista. Fue campeón mundial amateur en pareja con Roberto Montes de Oca. A mediados de esa década durante la renovación de pelotaris en el Frontón México fue uno de los grandes personajes. En una actividad en la que fluía el dinero en las tribunas, recibió el reconocimiento de tirios y troyanos por su juego limpio. Jugó incluso en los albores de los 70. En la zaga, sostuvo grandes y emocionantes duelos con José Musi, padre; era garantía de coraje y honradez. Era difícil que perdiera una pelota, jugador de casta, estelarista, hábil, intuitivo, Alfonso López Barrenquy se elevó a la dimensión no sólo de ser el mejor zaguero sino el mejor reversista de México y uno de los más notables del planeta. En el círculo íntimo de la redacción, a don Alfonso le decíamos Matador y el Conde Drácula por su labor nocturna, y lo expreso con respeto y cariño.
El viernes cesó el tiempo de Alfonso López Barrenquy. A su esposa Rosa María, a sus hijos Alfonso, Rosa María y Dolores, y familiares les deseamos una pronta resignación.
Conservamos el recuerdo de su energía, de excelente hombre y profesional.
Siempre estará en la memoria
Don Alfonso López tuvo una vida llena de éxitos.
- Nació en la Ciudad de México el 3 de agosto de 1937.
- En su juventud nació su gusto por la fiesta brava y el frontón; como deportista fue campeón, con 18 años de edad, en la prueba de cesta punta del Mundial de Pelota Vasca de Uruguay 1955.
- En la década de los 70 escribió para la publicación El Redondel sobre la fiesta brava; en 1976 comenzó su trayectoria en Excélsior como cronista taurino, corrector de estilo, editorialista.
- Publicó un par de libros: De Toros un Poco, en el que mostró su talento para escribir sonetos, y Vivir del Deporte, en el que cuenta su trayectoria como pelotari.
Las cuatro grandes faenas
Cuatro faenas que gustaron mucho hubo ayer en la México al celebrarse los 67 años de la plaza, en la que se jugaron tres de San Isidro, criados por Guerra Estebanez y tres de Barralva, propiedad de la familia Álvarez Bilbao, pero desgraciadamente los realizadores de esas hermosas faenas, dos el Zotoluco, una Morante de la Puebla, y la otra, y tal vez la de más calidad, de Octavio García el Payo, los tres toreros estropearon todo con las fallas al matar.
Buena Suerte de San Isidro fue un toro extraordinario, merecedor del arrastre lento concedido y el Zotoluco ha bordado el toreo en una faena que tuvo momentos inconmensurables y empezó la historia de las fallas al matar.
En cambio, Cielo Claro de San Isidro fue el reverso de la medalla para la ganadería porque no tenía un pase y Morante no se lo dio entre algunas protestas.
El tercero, Tierra Buena, también de San Isidro, siguió con el contraste y no se prestaba en absoluto para triunfar así que el Payo se limitó también a sacarle algunos pases de valía, muy pocos.
Villa Nueva, de Barralva, y el Zotoluco, a pesar de que el toro era de bravura seca, corto y revoltoso, y sin humillar mucho brega para poner en suerte y con la muleta contrarrestó que no humillara a base de valor y oficio, y le cuajó la faena pero lo pinchó.
Cuchupeto II, de Barralva, fue debilón y mucho mejor por el derecho y Morante unos recortes artísticos para sujetarlo y luego belleza ya de pie, un quitazo hermoso y la mayor parte de los pases fueron un prodigio de clase y lentitud, sólo que hasta un aviso le sonaron y a pesar de ello fue llamado al tercio.
Ordaz de Barralva mirón, incierto, corto, con bravura mas sin humillar y el Payo los lances fueron regulares y a bregar, pero fue realizando una faena de menos a mucho más con exposición de lentitud y clase y puso de pie a muchos tres veces solamente que no utilizó bien la espada.
Así lo que pudo ser una tarde triunfal se limitó a que la gente disfrutara, y mucho, lo hecho con la capa y la muleta por los participantes en el festejo del 67 aniversario del monumental coso.
Y como se demostró en circunstancias algo adversas en un horario nocturno y en una fecha que este año, al menos, ya no es día de fiesta, porque la entrada fue de unos 20 mil aficionados de hueso colorado.
Para completar el asunto, ahora fueron cinco las pancartas y las mantas que portaron toreros y también charros y se les ovacionó en la vuelta al ruedo porque son una prueba fehaciente de que el arte de torear, la charrería y las peleas de gallos son tradiciones mexicanas de siglos .
El día 10 reaparecerá el rejoneador Lorenzo Hernández y, 17, el platillo fuerte será Pablo Hermoso de Mendoza.
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