Pedro Caixinha toma al futbol por los cuernos

Conoció el toro antes que el balón; el hoy entrenador del Santos de Torreón platica con Excélsior y recuerda los tiempos cuando se atrevió a enfrentar a los astados

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CIUDAD DE MÉXICO, 2 de abril.- El entrenador de Santos, Pedro Caixinha, miraba desde el burladero la espalda ancha del forcado Carlos Pegado, en Beja, Portugal. Son muchos años antes de que pensara siquiera en venir a trabajar a México, por lo que se metía a las plazas con la chaquetilla guinda y el gorro con borla verde, tradicionales de las fiestas portuguesas. El arte que corre por la sangre de estos hombres se mezcla con el valor para detener un toro de más de media tonelada.

En el público hay un estremecimiento, una respiración contenida que es el preámbulo del silencio sobrecogedor. Esto es morir por morir, por muy bravo que sea el forcado en su osadía. Entonces, el corcho que trae el burel en la cornamenta se desprende en el viaje veloz y se encaja el pitón en el hígado del forcado Pegado.

“Ha sido una impresión muy fuerte para todos los que estábamos ahí”, cuenta Caixinha una vez terminado el entrenamiento en Torreón, recordando aún con estrépito el momento. “Necesitó de muchas transfusiones de sangre y todos los demás forcados nos pusimos disponibles para darla, es una muestra de la solidaridad que tiene este arte”.

Antes de ser entrenador, Pedro Caixinha se dedicó a ser forcado en las corridas de toros portuguesas. Era un mozuelo apenas “y lo tuve que hacer por tradición. Mi padre fue forcado y yo también. A veces visitó México y yo lo esperaba en el inicio de mi calle con ansiedad a que regresara, porque le pedía me trajera un regalo que no era nada taurino, sino un balón de futbol”.

Siendo entrenador de un club en México, Caixinha retoma las cosas del pasado que le ayudan a motivar a sus jugadores. “Alguna vez les puse el video de un forcado de cara, que es el primero que agarra al toro por los cuernos y que caía sin control. Todos los demás se han tirado encima de él para protegerlo aún arriesgando su propia vida.Son enseñanzas de amistad, solidaridad y de brindar todo por el compañero sin importar nada, cosas que quiero haga mi equipo, darlo todo por los amigos”.

La primera vez que tuvo acercamiento con el mundo taurino representó una tradicional racha de valor para Caixinha que nunca olvidará y que ocupa en su vida. “Fue a los cinco años cuando en una reunión, mi padre me puso frente a una vaquilla a torear”.

A los 16 empezó en forma a ser parte de los forcados de Montemor en donde tuvo experiencias como la dura cornada a Carlos Pegado y otra más con Pedro Sotero, gente de valor que difícilmente conocía el dolor. Esa tarde pensó que Pegado echaría el hígado por la boca con tan impresionante imagen pero siempre estuvieron atentos para atenderlo, especialmente Caixinha con ese porte distinguido y cara de senador que se necesita tener ante un toro.

“Sotero, otro forcado, me dijo alguna vez en Tarragona, después de pegar al toro, estando en el callejón, ‘creo que me entró una piedra en la zapatilla’. Entonces le pedí que me dejara cerciorarme y cuando le quito la media no era una piedra, sino la mitad de uno de sus dedos”.

El espíritu forcado vive en Caixinha gracias al grupo de amigos que además de enseñarle la vida de frente como cuando se para ante el toro, le inculcaron valores que hoy en día pone en práctica en Santos. “Se dice que una vez que fuiste forcado, lo eres para siempre.”

Hay que verle el rostro para pensar en lo delgada que es la vida. Sereno y reflexivo, parece como si fuera un hombre que ha pasado más tiempo en las bibliotecas que en los ruedos, pero es todo lo contrario. Algo tiene la fiesta de los toros que inyecta una dosis adictiva que puede rozar la locura. Los forcados son un espectáculo de primer orden, peligroso y de mérito aunque no por eso deja de ser para algunas personas irracional o suicida.

“Debe tener algo de eso. Existen ocasiones en que entras al ruedo y sales sin una mancha de sangre y hay otras en que es una locura. Llega un momento preciso en que el toro deshace al grupo de ocho y por cada uno que cae, otro tiene que ponerse frente al animal, Es un principio del forcado y de la amistad, cualquiera pensaría que estamos fuera de nuestros cabales por hacer esto.”

Sin embargo, llega un momento en la vida en que todo se detiene. Caixinha conoció el amor de una mujer y de un hijo. “Por ellos decidí pensar más detenidamente en lo que hacía” y porque comenzó a estudiar ciencias del deporte. Sabiendo que necesitaba su cuerpo como herramienta principal para su desarrollo, “ya no pude seguir porque tenía que meterme a las aulas”.

De esa forma, fue un portero que se retiró muy pronto. A los 28 años empezó a trabajar como entrenador hasta que conoció a José Peseiro y su entorno en el futbol tuvo un cambio climático sobresaliente. Ya no era tan complicada la ecuación cuando le asistió en el Panathinaikos, Rapid de Bucarest y la Selección de Arabia Saudita hasta encontrar el momento exacto de tomar la responsabilidad principal en un equipo. Caixinha el forcado portugués dejó para siempre el traje del valor y miró todo desde la barrera.

Ocho hombres entran al ruedo

En 1836, en Portugal, fue decretada la prohibición de la muerte de los toros en los ruedos, y para complemento de la lidia de los cavaleiros (rejoneadores) comenzó a celebrarse la pega del toro. A los hombres que realizan esta suerte se les llama forcados. Ocho atrevidos entran al ruedo y su tarea es inmovilizar al toro, para después soltarlo, quedando sólo el rabillador quien remata la suerte haciendo que el toro se mueva en círculos. El primero  es el forcado de cara; los otros siete lo ayudan a inmovilizar al toro.

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