Centro Cultural Bella Época, 70 años de cine y artes
El inmueble que alojó el cine primero llamado Lido y hoy convertido en un centro cultural del FCE, celebra hoy siete décadas de existencia
CIUDAD DE MÉXICO, 25 de diciembre.- El Centro Cultural Bella Época ocupa un espacio que justo hoy se convierte en septuagenario. Rescatado del abandono en el que estuvo durante años, es símbolo activo del tiempo en que existían enormes salas destinadas al culto de la gran pantalla y que los viejos cinéfilos capitalinos revisan con nostalgia aunque con agrado, pues este palacete no se convirtió en plaza comercial, estacionamiento o sex shop, como otros viejos cines. Pertenece al Fondo de Cultura Económica, sigue albergando intereses afines a las artes e incluso a la cinematografía, con la programación de la Cineteca Nacional.
El edificio original se concibió como una sala cinematográfica de lujo: el cine Lido, que abrió sus puertas el 25 de diciembre de 1942 en la esquina de las calles Industria —hoy Benjamín Hill— y Tamaulipas, de la entonces llamada colonia Hipódromo Chapultepec, ahora Hipódromo Condesa.
Hacía poco más de medio año que el gobierno de Manuel Ávila Camacho había declarado la guerra a las Potencias del Eje, corría la alerta y la cinematografía jugaba el rol no sólo de espectáculo sino también de noticiario. En ese contexto, el Lido fue pensado para dar cabida a mil 310 espectadores. Se inauguró a la par del cine Lindavista, situado en el norte de la Ciudad de México. Ambos fueron diseñados por el arquitecto estadunidense Charles Lee (1889-1990) quien además, años después, construyó el Tepeyac (1943) y el Chapultepec (1944). La víspera de la apertura, en medios impresos se anunciaba así: “El centro de reunión de todas las damas elegantes (…) ¿Por qué quiere Lupita que la lleven al cine Lido? Porque, mujer de gran imaginación, quiere frecuentar centros sociales en los que impera un ambiente que, a más de ser distinguido, eleva la mente y el espíritu a regiones de fantasía”. El evento: la proyección de la cinta A caza de novio (Her cardboard lover) (1942), protagonizada por Norma Shearer y Robert Taylor, aún en blanco y negro. El foro era anunciado como “el cine más higiénico y seguro de México”. Algunos aspectos arquitectónicos de la construcción original aparecen en la cinta Víctimas del pecado (1950), dirigida por Emilio Indio Fernández. En ella, el Lido es llamado cine Babilonia; en su taquilla —espacio que hoy ocupa un cilindro de cristal— muere a tiros la vendedora de boletos. El frontispicio original puede apreciarse en dicha escena, aunque una cinta estrenada siete años más tarde muestra varios cambios en la fachada, especialmente en los acabados. Se trata de la película El que con niños se acuesta (1957), protagonizada por Germán Valdés Tin Tan y Lilia Prado, en la que se aprecia el exterior de la edificación.
Durante sus 36 años de actividad, este cine lo mismo programó cintas destinadas al público infantil que a los adolescentes y adultos. Por ejemplo, el 22 de diciembre de 1972 eran anunciadas en su marquesina El mago de los sueños (y la familia Telerín) (1966) y El imperio submarino con Astroboy (1970): seis días después, El regreso del conde Yor. Los boletos costaban cuatro pesos.
La cinematografía nacional halló espacio en este foro. El ministro y yo, filme protagonizado por Mario Moreno Cantinflas, tuvo ahí su estreno el viernes 24 de diciembre de 1976. La localidad valía 17 pesos, precio máximo que alcanzó la taquilla de este cine hasta su ocaso total, en el primer semestre de 1978.
Bastaron algunas semanas de pausa y modificaciones; el sitio reabrió con el nombre Nuevo Cinema Bella Época en ese mismo año. La primera cinta programada en él fue Noches de Cabiria (1957), de Federico Fellini. La cartelera del jueves 6 de julio de 1978 anunció tres funciones en la “¡Inauguración!” del foro renovado: a las 16:45, las 19:25 y las 22:00 horas. El boleto llegaba a 25 pesos.
Durante las primeras exhibiciones se proyectaron filmes clásicos: Noche y día (1946), Las aventuras de Robin Hood (1938), Cantando bajo la lluvia (1952) y Doctor Zhivago (1965). Con los años, el Bella Época se volvió un referente de una colonia Hipódromo Condesa en crecimiento junto a una generación de creadores que ha dejado testimonio de sus correrías por este sitio en varias obras literarias.
En su libro de relatos Me perderé contigo (1988), Rafael Pérez Gay escribe: “El cine Lido cerró, lo remodelaron y le cambiaron de nombre; a muchos les pareció una imagen de la atmósfera que dominaba esos días, la marquesina estrenó letras luminosas: Cine Bella Época. Las tribulaciones de las familias decentes fueron más que nunca los comercios que atrajeron las estaciones del Metro, el sabor garnachero de sus calles, las colas de peseros (…) las cosas ya no son como las de antes”.
La bella época prometida fue alcanzada por una realidad que bien puede entenderse al revisar los incrementos en los precios de los boletos. Se iniciaba la llamada “década perdida” en México, con los gobiernos de José López Portillo y Miguel de la Madrid. Si en 1980 aún se conservaba el precio de 25 pesos, dos años más tarde había aumentado a 60; en 1985 la entrada costaba 200 y para 1987 el valor era de mil; un par de años más tarde la taquilla cobraba mil 200 pesos cada localidad. Esto ocurría a la par de la proliferación de otro tipo de salas y la decadencia de los palacios de la cinematografía.
Este declive ha sido reflejado por el cronista Sergio González Rodríguez quien incluso en una obra de ficción, El triángulo imperfecto (2003), da cuenta de los cambios en este sitio emblemático: “En un tiempo fue un cine de funciones familiares y películas clásicas de Hollywood, comedias musicales, aventuras, suspenso, horror. Sus amplias marquesinas y escaparates de estrenos inminentes exhibían ahora carteles de películas de alcoba, y predecibles adaptaciones de intrigas libertinas. Desde el mediodía, comenzaban las funciones que atraían a hombres con huellas de desvelo, ancianos orgullosos de su satiriasis, alcohólicos rubicundos, jóvenes en fuga de la escuela. Y muchachas que tal vez eran muchachos disfrazados, festivas por su rostro cubierto de maquillaje. Éstas provocaban el disgusto de las mujeres de edad que salían de sus oficios religiosos en el templo cercano…”
Años más tarde, las nuevas dinámicas de proyección y los cambios en la industria en y en todo el mapa cinematográfico de la ciudad. Desde el Fondo de Cultura Económica surgió la idea de convertir aquel foro en ruinas en un complejo cultural, a sugerencia de la analista política Rossana Fuentes-Berain. La propuesta, aceptada, tomó forma en 2003 y la propiedad pasó a manos de esa casa editorial. Su anterior propietario, el Gobierno del Distrito Federal, lo había comprado en 1999 con el fin de convertirlo en parte de un circuito —junto con los cines Futurama y París— que exhibiera cine mexicano e iberoamericano de calidad.
El rescate arquitectónico se asignó a Teodoro González de León con la consigna de respetar el estilo original de la construcción y adaptarla a los requerimientos de un espacio cuya operación estaría determinada por la venta de libros y actividades relacionadas con las artes. De esa manera surgió el Centro Cultural Bella Época, lugar que heredó el nombre de su referente inmediato, pero que, renovado, inició operaciones el miércoles 26 de abril de 2006. Lo integran la Librería Rosario Castellanos, la galería Luis Cardoza y Aragón y un espacio destinado a la exhibición de películas que retoma el nombre original del edificio: cine Lido, operado desde el 25 de noviembre de 2011 por la Cineteca Nacional.
Lo que antes fue la gran sala cinematográfica, con más de mil metros cuadrados, se convirtió en una de las librerías más vistosas de México, con zonas de lectura, cafetería y área infantil, así como con un decorado en el que la luz magnifica el espacio: no posee particiones que impidan la visión total del inmueble. Su amplitud en la superficie central es arropada por un plafón, obra del artista Jan Hendrix, compuesto con 256 piezas de cristal en las que parece expresarse un lenguaje de grafías vegetales; posee un mezzanine periférico mediante el que se accede a las colecciones tradicionales de libros editados por el FCE y desde el cual se obtiene una vista privilegiada de toda la edificación. Cuenta, además, con dos zonas de lectura acondicionadas, cada una con 24 sillones y mesas debajo de tragaluces.
De las mil 177 butacas con las que el FCE recibió los vestigios de la sala, según consta en registros, hoy se ha acondicionado un espacio con 144 asientos y se adecuó a las necesidades de las proyecciones de la Cineteca Nacional al convertirse en una sede alterna que esta institución comenzó a nutrir, durante su remodelación. También es un auditorio en el que se llevan a cabo presentaciones de libros, conferencias, y charlas de diversas clases —los martes y los jueves no hay proyecciones—.
De esta forma se ha revitalizado el tránsito de cinéfilos a la esquina de Tamaulipas y Benjamín Hill, identificada históricamente con el llamado séptimo arte, y complementa la oferta de un recinto setentón vigorizado que en abril de 2013 cumplirá siete años de labores enfocadas en la promoción cultural.
EL EDITOR RECOMIENDA



